miércoles 25 de noviembre de 2009

Todos los fuegos, el fuego


(Por Hipotálamo)
Si abrís la boca se te cae el cigarrillo. Un Commander, ¿verdad? ¿Por eso no hablás? Si lo pensás bien, serviría para pedirme fuego. No, no me vengás con que qué vas a hacer, que sos como tu vecina, una mujer de satén rojo llegada desde un museo de Madrid. Podés contarme sobre qué hablan cuando me duermo. ¿Le susurrás el capítulo siete? Algo te conozco así que entre los dos puse un mapa de Londres con letra de Nadia, encantada con la transcripción de tus viajes en ascensor hasta que olvides la hipoteca y la religión. “Oh, hazme una máscara”, citabas al inicio de aquel relato. ¿Eso es? En todo caso, necesitás una máscara de espejos así profundizás sobre Johnny. La que usás en blanco y negro no me convence. Apenas se destaca tu rostro gris cortado por el cigarrillo que sigue sin caerse (un Commander, ¿verdad?) Ahora que te miro bien, me gusta la arruga entre tus cejas, como un tajo de interrogantes. Algo parecido me pasa con tu mandíbula lampiña, tan París, tan no Nicaragua.
Dale, che, abrila. Mirá si perdés el gusto a fruta madura. ¿Te alcanzan tus ojos? Ya viste que los míos crecieron por el tiempo según Bioy. Cuando hablabas dijiste que querías ser Bioy. Lo hiciste con esa voz de audiolibro, la historia de siempre: gotas, escaleras, rounds y mañanitas. Si me apurás te digo que hace dos meses, en la terraza de la vieja galería de Defensa, tenías la raya del otro lado, a tu derecha, a mi izquierda. Si acerco las lupas que descansan bajo tuyo (cerca para que sigas el deterioro amarillo de las páginas de Poe) te contaría una, dos, más pecas de lo pensado. Será el sol de San Telmo por el que transpiraste como si te faltaran clavos y yerba. Nunca colocaría una cámara que siguiera tus movimientos cuando no estoy. Aunque me intriga cómo te quitaste el sudor de la frente sin que el ademán echara a volar tu nombre y el de la fotógrafa que tan juntos reposan sobre la solapa de tu lado derecho (izquierdo mío).
La pregunta en cuestión (¡redundante!) es qué hay más allá. El encuadre de la cámara y la guillotina de la imprenta no pueden cortarte los brazos. Tal vez la corbata, de nudo tan elegante, por cierto. ¿El resto del cuerpo? Vivimos en una casa de techos altos, tus piernas entran en las paredes, tus zapatos caben en las mesitas de luz. ¿Convenciste a tus amigos de disimularlo en pintura blanca? ¿Los cronopios salpicaron sin pincel y un esperanza compró aguarrás?
Te llamo a la reflexión. Se va haciendo tarde y cierra el bar de la esquina. La mesa del ventanal me espera con un café y, si no llega, un coñac. Mataré la espera pensando en lo de la otra noche, cuando apagué la luz para ahorrarte mi intimidad, ella se fue y yo me disponía a dormir. Antes, una tos. La radio hace rato que no funciona. El ruido venía de tu lado, que ahora es el mío, con la raya hacia la izquierda, preguntándome si te convido fuego, si el papel de la fotografía será de confianza.

martes 3 de noviembre de 2009

Diario de viaje


(Por Hipotálamo)
Aquí estoy, echada como quien dice, asiento 30, ventanilla, todavía tibio, una pensionada, camisa rosa, 15 horas sin moverse. Pasamos los carteles de la panamericana, guardó las galletitas, la primera en bajarse. Después del último pasajero vino Rubén, me tiró un beso, alisó su delantal tan azul, tan él, se lamió el pulgar y sopló una frase: “hice 20 pesos, dale, aceptame una cerveza”. Este Rubén… se me tiraría encima si me viera así, con las piernas abiertas, el punto corrido de lycra, sin zapatos, la nube de talco. Es bueno Rubén, pero se piensa que una nació para mirarlo. Es maletero Rubén, bastante picaflor, o eso contó una compañera que se agarró con la de encomiendas. Tilingas. Héctor también es un divino, sobre todo cuando está sobrio. Si no maneja, me cabecea para que le acerque una medida de whisky; si está jodón, una copita de champán. El tema es que nunca es una medida ni una copita y a veces me manotea la falda. Lo dejo pasar y lo mando a dormir. Es compañero Héctor, una vez me defendió de los susurros de un guarango mayor, camisa crema, asiento 17, pasillo.
Cuando conseguí este trabajo (corrí a casa, qué felicidad) nunca imaginé un diario de viaje. Será que necesito salir de la rutina Retiro-Tucumán, Retiro-Salta o, dios me libre, Retiro-Jujuy. Si son los primeros días del mes, el coche se llena de comerciantes de ropa. Suben cansados, huelen a Once, cenan y roncan hasta mañana. Antes de arrancar, la bodega colapsa, Rubén se queda con la boca seca de propinas y alguna que otra prenda. Los fines de semana largos cambia la posición de los asientos: estudiantes santiagueños justo acá se despiertan y hablan sobre música de fm y se toman fotografías con el brazo extendido y se fijan inmediatamente si salieron bien y nunca salen bien y el que está sentado sobre el apoyabrazos vuelve a apretar el flash y hasta que la foto no sale bien, por favor, chicos, que necesito pasar. También están los de los miércoles, breve equipaje de mano (en la derecha), una foto (en la izquierda) y el sollozo porque era tan joven. Luego, por fin, vienen los que viajan sin que una sepa por qué, como él, um, a ver, quién sos, um, me acomodo las hebillas, repaso mi sonrisa, viene todo serio, despidió a la mamá, suegra, qué lindo el nene, voy a ofrecerle un caramelo, agito el bol, así me agarre uno de miel, quiero un beso de miel.
Con el tiempo aprendí que en un micro de larga distancia se potencia todo lo que pasa en un colectivo de Buenos Aires. Cuando corrí como sea que corro hasta la parada del 59, él me esperó que llegara y que subiera antes. Agitada, puse las monedas y oí cómo el chofer se burló de tanta caballerosidad. También pidió un boleto de 1,25, venía hacia mí, pero se sentó del otro lado del pasillo, una lástima.
Durante el viaje por Las Heras pensé en decirle gracias. Cuando doblamos tan fuerte por Santa Fe se me acercó como si tambaleara y yo me alejé como si tambaleara, volví a sentir su silueta cuando Suipacha se hizo Tacuarí y me aceleré del todo cuando bajamos en la esquina de Carlos Calvo. ¿Cuántas señales más hacían falta? Si yo no corría a contar la noticia se hubiera ido en esa ventana que me pasaba por delante. Nos subimos en el mismo lugar, él después del trabajo y el mail de último momento, yo después de la entrevista y un café con Mariano; el gesto tan amable, la cercanía de los asientos, el destino común; y el silencio cuando me agaché a limpiar la lengüeta limpia, se quedó a mi lado, lo miré, la luz se puso roja, y se me fue, chau, rumbo a la costanera.
Anoche, cuando dejó que le cortaran el pasaje, lo recibí bien peinada, sin sudor, de uniforme, ¿me habrá reconocido? Después del caramelo de bienvenida, confirmé que estaba al fondo del piso superior, butaca 26, individual. Con el tiempo también aprendí que quienes sacan un asiento individual son precavidos, solitarios, inseguros, soberbios y que, en una de esas, escriben por las noches sobre alguien que genere su atención. Antes de atenderlo, dejé que llamara a los amigos que ocuparon sus días o, dios me libre, balbucee las promesas de siempre a una ex futura ex.
El tonto de Héctor no sabe cómo funciona el dvd y tuve que sacarle el control remoto para callar al león que había empezado sin mi recepción. Como no quería que butaca 26 extrañara el avión, acomodé mi voz con un sopapo al caramelo de miel (quiero mi beso) y dije por micrófono: “buenas tardes, señores pasajeros (hola, butaca 26), este es el servicio suite premium de Transfer Line (es cama, cama, butaca 26), le damos la bienvenida a bordo del servicio con destino final a la ciudad de Buenos Aires (esperame ahí, otra vez), a sus costados tienen las salidas de emergencia (o rompé la ventana y saltemos). Mi nombre es Silvia (pero vos decime Sil) y soy su asistente de abordo, en un instante comenzaré el servicio (¿tres veces digo servicio?) de cena, recuerden que durante el mismo el baño permanecerá cerrado (pero tengo las llaves, bombón)”.
El celoso de Héctor no quiso mostrarme los datos del pasaje así que le diré señor. Tendremos la misma edad y el trato es ficticio. Si nos viéramos fuera de mi trabajo nos tutearíamos y no nos diríamos gracias cada vez que nos respondemos. Así que el señor se va a servir Sprite. Me gusta eso. Champagne en copa de plástico es champán, no combina. Elige una gaseosa que acompaña el gusto de las bandejas de comida. Se nota que tiene hambre (y pancita, pero apenas). De la entrada sólo dejó la lechuga y un dado de ciruela. Supongo que el plato caliente está vacío porque es tan considerado que después del último bocado puso la tapa de aluminio (como un techito, cree en el hogar, en la familia, qué hermoso), envolvió la bandeja en papel film y no se me derramó nada. Así que tanta amabilidad se lo merecía: me fui pisando los tacones, moviéndole mi cintura. Lo mismo hice en el desayuno, pero dormía, todo vestidito, sin las botas, cubierto por la frazada. Me gustó despertarlo, quiero hacerlo todas las mañanas, que sea lo primero que vea, ofreciéndole agua a esa boca sin beso, conmovida por el sueño, balbuceando a la señora de rosa si soy una continuidad onírica o qué.
Entrábamos a la panamericana, el viaje se terminaba. Algo debía hacer. No me importó que mi postura rígida, condición como imagen de la empresa, volviera a tambalear. A la hora del café, le ofrecí azúcar o edulcorante, me respondió café, café, se acaloró por la confusión, y me aclaró azúcar, azúcar. Su sonrisa nerviosa, el desvío de la mirada, todo me dio ganas de comerlo. Iba a tirármele encima pero sólo le pasé el perfume de mi escote con la excusa de retirar la frazada. Llegamos a Retiro y el señor, último pasajero en bajarse, buscó su equipaje. Iba a dejarle unas monedas a Rubén. El desubicado le reclamó un billete. El señor le preguntó para qué era. Rubén me señaló. Fue grande la decepción cuando diez pesos se arrugaron en la palma de Rubén, que venía para aquí, tirándome un beso, alisándose el delantal, tan azul, tan él.

viernes 23 de octubre de 2009

La Negra

(Por Hipotálamo)
Mercedes no necesitaba más amigas. Apenas había tratado con dos vecinas recién mudada al barrio. Blanca y Esperanza le dieron la bienvenida con esa generosidad que nace de la rutina. En la cuadra no pasaban colectivos y los accidentes sólo llegaban por radio. Así resulta lógico que el arribo de Mercedes fuera el comentario común mientras se barrían las veredas de la mañana. Cuando la música de la escoba se apagaba, las vecinas cuchicheaban con nariz fruncida. No era bien visto que la vereda de Mercedes fuera un mar o un desierto de otoño según los humores del viento. De hecho, Blanca y Esperanza habían echado a correr el rumor de que la nueva fumaba tabaco negro y que una vez en la despensa su aliento se confundió con el del kerosene. Claro, al cabo de unas semanas, ya nadie las escuchaba y quedaron solas en la causa. Realmente habían sido gentiles desde el primer día, indicándole dónde conseguir telas de liquidación, cuándo afilar los cuchillos y qué botón de la camisa bastaba para un buen corte del carnicero. Mercedes agradeció la compañía pero cuando se ofrecieron a cuidar los niños, digo, por si necesitás ir al centro, querida, se metió puertas adentro, sin respuesta.
Pese a algunos incidentes vecinales, nadie podía afirmar que algo raro pasaba detrás de esa fachada. Si hubieran bajado el picaporte, sorteado el bargueño del comedor y doblado a la izquierda, sin pisar a Canela, hubieran entendido que Mercedes ya tenía una amiga, acostada sobre la repisa, entre frascos de legumbres. Era la Negra, una General Electric que le hacía compañía con la luz como única condición. Era la Negra, que comenzaba su día con los primeros mates y subía la voz hasta despertar a los niños con la misma copla de las siete. Ellos renegaban de las coplas, pero ni se les ocurría cuestionar a la Negra. Cama sin postre, bajar la ropa, pedicuría, quién sabe qué castigo les tocaría. En el fondo, sabían que su Mercedes vivía en esa cocina, rodeada de los aromas al oporto para el bizcochuelo, al vainillín para los barquitos de dulce de leche o al de la carne a punto si esa mañana había usado camisa. Pero era la música de la cocina la que confirmaba el aire de cada día. Después de las coplas, la Negra se movía hasta el informativo, donde el chico de la moto no había llevado casco, el precio de la leche generaba el escándalo, pero la inmediata chacarera cambiaba el humor y Mercedes silbaba el estribillo hasta ahogar el tintineo de la canilla abierta. Ese hilo de río inconstante siempre llamó la atención de los niños, quienes nunca sintieron las manos de Mercedes, vestidas en harina o lamidas por cebollas, abiertas de par en par como si esa madre que los recibía de la escuela fuera un mimo de jazz.
Esas manos ahora estaban entrecruzadas sobre el vientre de Mercedes. Ningún dial callaba el pésame de consuelo por una vida plena, con los niños ya grandes, él doctor, ella artista, unidos desde que las recetas y los turnos con el doctor Guerra fueron cosa de todos los días. Había resultado difícil reemplazar el vainillín por los barbitúricos o la canilla por el ascensor del geriátrico, pero lo complicado del adiós fue guardar en cajas los objetos que acompañaron a los niños hasta sus casamientos. Las botas de plástico con sorbete para el desayuno, los cuatro tomos del diccionario Códex, la bicicletita condenada a la mesa de luz, los vinilos de Yupanqui, la espátula del merengue, la Negra.
Hasta el momento, nada fuera de lo común había pasado. El aire cambió cuando el nieto de Mercedes viajó a despedirla. A la mañana siguiente del beso en la frente, comentó sus deseos de descubrir el mundo de la radio. Lejos de la familia, se sentía solo y los vecinos bien podrían ser los nietos de Blanca o Esperanza. Entonces no pareció una mala idea escuchar un poco de folklore los sábados a la mañana y otro tanto de fútbol los domingos a la tarde. Así fue que la Negra viajó en la misma caja junto a una pequeña biblioteca, un pullover, salames de Córdoba y quesos de cabra. Recién a la noche, volvió a encenderse. Como si el silencio hubiera guardado tanto, los primeros sonidos fueron ruidos. La antena no era el problema ni la rueda del dial, pese a que giraba como si volviera a aprenderse la ruta entre el 88 mhz y el 1600 khz.
Cuando la barra naranja del dial se clavó por la mitad empezaron las sospechas del nieto de Mercedes. El lamento que salía de la cantante se cortaba con la furia del bombo, se escuchaba el murmullo del público, una tos desde la tercera fila, y un silencio. Un silencio que no era de la grabación, simplemente la Negra que se apagaba antes de los aplausos. El nieto de Mercedes tomó la radio, subió el volumen, otra Mercedes ahora silbaba el estribillo, ahora otro silencio. La Negra fue sacudida como si fuera una cosa. Una lluvia de insectos mudos cayó a través del parlante. Según la intensidad del sacudón eran larvas como cabezas cobrizas de alfiler, cucarachas como semillas cubiertas en almíbar. El zócalo de pinotea comenzó a parecerse a un cementerio, sin cruces ni lápidas. El destornillador abrió a la Negra por primera vez desde su creación, hace siete décadas. Los tornillos se marearon por la salida a la luz. Cuando cayó el del cuarto vértice, se pobló el segundo zócalo. Al mirar dentro de la radio, el nieto de Mercedes descubrió la vida que se había formado ahí dentro. Todos descansaban con sus manos entrecruzadas, sobre el vientre. Los locutores de publicidad lo hacían en el compartimento de las pilas, los programadores entre los transistores, y los protagonistas del radioteatro en la ventana del dial, es decir, con la única vista de todo el aparato. El nieto de Mercedes desconocía algunas licencias de su abuela, tomó la escoba y disfrutó el barrido de esas voces que habían acompañado a su familia. Ese cementerio iba en pala hacia la bolsa de residuos cuando un caparazón se agitó con una voz conocida, era de una cantante que caía con las patas intactas, ágiles para bordear el plástico y huir de la cocina.
Luego de un baño largo, como los de un sábado a la mañana, el nieto de Mercedes probó la radio. Sonaba la última zamba, caía el telón, algunos ramos de violetas, pañuelos blancos, por fin los aplausos, el público de pie, excepto por esas dos mujeres en la tercera fila, sentadas, de nariz fruncida.

lunes 7 de septiembre de 2009

El Tío Enzo


(Por Tálamo)
"La mentira y la lucidez tienen la misma capacidad de palabras. Pero la mentira tiene mayor capacidad de convencimiento...". La frase se estampa sobre su remera naranja, que trajo a Tucumán y de la cual sabe, atrae “minitas”. Las firma como Sir Uja.
Un sms anunció su llegada y era inevitable no irse a tomar con él. Humahuaca lo contiene desde hace 11 años. Humahuágica, la bautizó.
“Es el Tío Enzo, es el Tío Enzo”, dicen las chichis ni bien entramos al bar tucumano. Todos lo conocen, el país entero.
Acaso sea porque fundó el club Defensores del Refumatorio de Villa Carmela bajo el lema “saquen afuera los cadáveres que nosotros lo cremamos”. O tal vez porque en Humahuaca esa pulsión inaugurosa lo hizo cortar la cinta del “Loquito Fútbol Club”, una sociedad de camaradería en la cual no se puede jugar si el dopping no es positivo.
Todo empieza en una ronda en la que se lleva a cabo la “chala técnica” en donde la damajuana corre y en sentido contrario cada uno de los porros de cada una de las personas.
¿Porristas? Sí, hay. Son las encargadas de armar durante el partido. Porristas propiamente dichas.

Detrás de los arcos las damajuanas nunca esperan, son desagotadas con frecuencia y más de un gol se pierde cuando algún centrojá se detiene, prende la tuca y los demás se acercan también a probar.
Cangura se llama su perra y cuando no lo encuentra sabe bien que debe buscarlo borracho en el “Ahicito”, taberna humahuaqueña llena de vinos y quebrada.

Se acercó con el paso borracho hasta una chica sentada con un perro callejero. Eran noches de carnaval. Miró al animal que ya lo apuntaba y al estirarle la mano para acariciarlo el animal atacó. Los reflejos inútiles del Tío Enzo retrotrajeron su mano con la lentitud de un abuelito aunque con la suerte de no ser mordida. La acción se repitió una y otra vez. Yo salté de mi silla al grito de “¡te va a sacar una mano, boludo! Lo empujé hacia a mí. Con gesto de circunspección alzó los ojos hacia los míos y dijo: “este perro es un paranoico, y a la gente paranoica hay que entenderla…”.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Me provoca un tilo


(Por Hipotálamo)
Lo confieso, tía: lo que usted encontró se conoce como lectura nocturna. Claro, tía, debajo de la cama, donde va lo que uno oculta. Tampoco exagere, tía, sólo es una colección de revistas. Herencia de Manuel, su viejo vecino, quien resultó un amante del otoño y de todo lo que oculte una hoja. Exótico nombre la publicación: Provocator tiliae, algo así como El tilo provocador. No, no hablo latín, tía, pero recuerdo algunas desinencias. Respecto de los cuerpos, qué quiere que le diga, tía, ilustran la idea, ojalá pudiera arrancarlos. Es más, algunas páginas están pegadas, pero baje el tono, tía, cuestiones del desuso. Qué sé yo si valen mucho. Ya se lo dije, me las pasó Manuel, preso del temblor de sus manos. Me contó que las conserva desde la cárcel, donde lo llamaban Jardinero. ¿Se acuerda de eso, tía? Al parecer, algunas fotos publicadas lo perjudicaron. El pobre conservaba cada ejemplar en su respectivo folio, mitad transparente, mitad amarillo. Vamos, tía, no se haga la tonta: contenido adulto, imágenes explícitas, polinización, una sección de servicios y esta lámina desplegable de Flora, la polen star de junio, sin saquito. Si no va a animarse a quitar el plástico, le cuento que aprendí mucho con esta nota sobre tallos, y mire qué producción sobre el río Tamur, el viento revuelto sobre Flora, y sus ocho bracitos salpicados de rocío.
En todo caso, antes de cuestionar tanto, tía, lleve la nariz hasta la cola del encuadernado. Ese aroma, perdón que se lo diga, me enseñó a romper el hervor. Ahora que me descubrió sabrá por qué rendí siete materias en diciembre, por qué dormía tanto, por qué Agosti anunció tiroides. Tía, si su regio doctor conociera a Manuel, hubiera cambiado mis costumbres. Después de cada tirón de lectura, con la yema húmeda y los párpados secos, soñaba con un colchón de hojas y no quería despertarme. Hasta que usted, tía querida, corrió a contratar una mucama, a Virginia, para que me quitara las legañas con té, mojando un pañuelo en el dedal de tilo que yo le dejaba la noche anterior. Pensar que la taza quedaba debajo de la cama, tan cerca de las revistas y yo, como un ciego, sin darme cuenta. Linda la misionera, con esa lengua de tierra colorada, generosa en los desayunos, habituada a mis gustos, a los del señor, pese al acné, con un poquito de limón, así, cómo toma todo, el señor. Y usted abajo, tía, en la confitería de la esquina, haciéndole una c al mozo, molesta porque no llegó su amiga, el cortadito de un sorbo, cóbreme, las escaleras a paso mudo, y la escena con Virginia, exprimiéndonos, sin bajar el tono, tía. Así que vamos, tía, no sea tan mala, ya que la dejó en la calle, le recomiendo que me devuelva las revistas. Y sáquese la idea de venderlas. No sea cosa que se entere Manuel, tía, y usted, grande ya para el desvelo en la cocina, no llegue a calentar el agua.

miércoles 26 de agosto de 2009

Juego de manos


(Por Hipotálamo; viejo y peludo, nomás)

Porque a mí me gustan las cosas claritas como el agua. Desde el ajedrez de parque Rivadavia hasta la pecera del living. Si el alfil no estaba ahí será asunto del rival. En esos casos me quito la suciedad de la trampa con un paño amarillo que remueva la explosión de la pomarola. Cuando las manos se blanquean de lavandina, abro la canilla. El ronroneo de la ducha empaña los primeros azulejos. Corrida la cortina de hule, la soberbia del torso centra el agua entre las tetillas. Se formó una cascada que olvidó los lengüetazos hacia las piernas, crispó la piel de los muslos y erizó la pelusa de las caderas. La ventana del calefón, como una jaula de gatos, parió azules. Basta mi vueltita de bailarina para que desaparezca la marca del jabón. Ya sin los relieves del estreno, esa extensión de la mano empieza a engordar de espuma sobre el pupo. El baño terminaría ahí si fuera como los de la mañana. Pero el vapor de la lluvia sin pausas prolonga la estadía en este cuarto de paso, donde surge la confusión por un cuerpo que no es el mío, por las pompas sobre pliegues olvidados, por las zonas sin nombre como sea que se llame detrás de las rodillas, o de otras desconocidas para el aseo como papada, codos, muñecas y dedos del pie.
Cuando terminó la sobremesa y se sorteó el lavado de platos, un chorro helado cortó el clímax del estribillo y aceleró los pasos para la mudanza en soledad. Se perdería el rumor familiar de la cena, pero la pluralidad del arroz permitiría el ahorro para los vinos que acepten las muchachas. Me gustaría que leyeran en los trenes, cargaran un discreto neceser y alabaran mi pulcritud. Ibamos bien con la compañera de trabajo, aunque sonó precoz al querer enjabonarme la espalda. Suspiré profundo al quitarle las botas. Había pocas luces, el libro abierto en el capítulo siete y un piano para confundir a los vecinos. La besé hasta ponerla en celo cuando agitó su nariz y estornudó. Frunció la cara, exploró mi cuerpo tibio aún y renegó del cuello de la camisa, de las uñas de las manos y de las aureolas. A mí, que me gustan las cosas claritas como el agua, me habían cambiado las costumbres de la higiene. Le expliqué que la boleta del agua me dejaba poco margen para perfumes, que ya bastante tiempo le había dedicado a la superficie en que se basa la primera vista, que hoy quería una novia para toda la vida, que en todo caso vuelva la semana que viene, en una de esas, quién le dice.

miércoles 19 de agosto de 2009

Cambio de nombre

(Por Hipotálamo)
Me llamo Alfredo Aráoz. ¿O me llamaba?
Unas noches atrás acomodé las copas de la mudanza, les quité el papel de diario y leí la noticia de pie de página: luego de 20 años echaban a la secretaria del Registro Civil de Tucumán, lugar donde yo nací. Las nuevas autoridades justificaban el séquese esas lágrimas, por favor, a través de un breve comunicado: reincidentes problemas en la salud de la señora Bazán, Blanca, habían afectado la recepción de datos en nacimientos y decesos.
Colgué los viejos sacos en el amplio placard, tiré las corbatas de los egresados, encimé las prendas de color marrón que seguiré sin usar, hasta que hice un llamado a la distancia. Mi abuela conocía a Blanquita, si es que se llamaba Blanquita, porque con esto quién te dice, Alfredito, que no haya sido genético, que además del cargo haya heredado la sordera tan disimulada por décadas, qué sabe una, Alfff, sí, claro, vos, Alfredo, Alfredito.
Durante el relato había vuelto a la cocina y terminé con toda la vajilla, pero bueno, abuela, qué sabe uno, viste cómo es el cambio de autoridades, está bien, calmate un poco, abuela, escuchame, no me escucha. Así que agarré el tubo por el auricular y le grité sobre el micrófono. Pero si yo no soy la sorda, alelí. Me curé de espanto desde que tu papá fue al Registro y se lo tragó la tierra. Pensamos que te había puesto su nombre como es costumbre. Pero ahora que esto sale a la luz, que recuerdo la carta del abandono…
Colgó mi abuela con besitos y promesas de dinero, que sí, me abrigo, que no, ni una me quiere, chau, chaucito. Adiós.
Abrí la última caja embalada, con papeles personales y los servicios del antiguo dos ambientes. Otras mudanzas se habían llevado la tapa a lunares del cuaderno de primer grado, se conservaban intactas las páginas del segundo trimestre, pero luego del hoy es lunes, día de sol, apenas distinguía las primeras letras del nombre y un garabato: Alf… Alf… Busqué hasta la paranoia los diplomas del bachiller en lenguas modernas y el de la tecnicatura en periodismo.
Salvo por el documento verde tapa dura, la ausencia de títulos de identidad y aquel silencio que terminó la conversación me llevaron de vuelta a la escuela. Mis compañeros se burlaban: hola, Alf; no hay problema, ¡Alf!; ¿sos tucumano, Alf? ¿no serás de Melmac, Alf? Por lo que respecta a los desconocidos mi nombre se perdía entre las fm de picnics y los valses de 15. Ellos nunca retenían mi instante de presentación, la única vez que abría la boca, y me bautizaban Alfonso.
El mejor amigo de mi padre se llamaba Alfonso. El doctor Alfonso Piedrabuena decidió la cesárea. ¿Por qué no figura mi domicilio en Palermo? ¿Quién aprendió a hablar en el barrio Don Bosco? Los servicios del antiguo dos ambientes figuraban a nombre del dueño. ¿Por qué no aceptaron el cambio de titularidad? Intenté crear una cuenta de mail seria y me resigné a aleli89@yahoo.com. Hubo ventajas como las intimaciones de pago. ¿Y si a la vecina que no le gustaba mi nombre le cuento todo?
Sea como sea, que el tiempo enfríe las cosas. Empiezo por poner a funcionar el calefón. Al firmar el contrato de alquiler obviaron cierta fuga de gas. Unas noches atrás acomodé las copas de la mudanza, les quité el papel de diario y leí la noticia de pie de página: joven de 20 años fallece por monóxido de carbono, en Palermo. El nombre me resultaba familiar. Llevaré rosas rojas, nunca están de más.

jueves 6 de agosto de 2009

Redactores de provincia


(Por Tálamo)
Por más que tuviera un auto él preferiría ir en colectivo, porque ahí hay aventura, porque es el más íntimo de los lugares masivos. Cada mueca de la gente la representa tal cual es, sea hablando, o con el sublime momento de paz que se vive al mirar ciegamente por la ventanilla.
La parada da justo a un kiosko, donde compra un atado de cigarrillos, pero de 10.
Camina unas pocas cuadras y fuma. Mira a las más jovencitas, “ésta está buena”, “ésta no”.
Desvía en la vereda y entra al importante edificio en el que se encuentran los más importantes Holdings de abogados de la región. El portero (de corbata) lo saluda con solemnidad y hasta le llama el ascensor.
Llega a la redacción y alguien lo espera, alguien de mucho poder que esta vez está sumiso ante el contrapoder que tiene un diario de papel.
Escribe la nota apurado. De vuelta en la calle la casa de gobierno lo espera. Lo conocen, entra, pone el grabador cerca del que ocupa el histórico sillón. Cuando termina se acerca a la mesa trasera en la que un cóctel se reserva para ellos. Otro funcionario le otorga boletos de avión para un viaje al Calafate, todo pago, mientras devora los sanguchitos. Come todos los que puede, con fervor.
Vuelve a la redacción y un compañero le pude un pucho, y otro, otro. Enciende la computadora de última generación de su escritorio y tipea.
Llama a las fuentes, las locales, las del país, y también a las de afuera. Sus contactos son de los que influyen y en serio.
La gente que lo conoce lo felicita por la calle por la última nota escrita. Como nunca, desde que firma las notas cientos de mujeres lo adulan vía mail, y aquellas que conoce personalmente lo tildaron de “buen partido” aunque sin explicación lógica, él se les aleja.
Mira los diarios del mundo. Lee las notas de los periodistas estrella y sueña, con El Mundo, La Nación, New York Times.
Pasa el día entero. Tiene hambre. Termina su trabajo y camina hasta la parada. Pero no sube a la línea de colectivos que lo trajo. Toma otra. Llega hasta la zona de destino, camina dos cuadras, hace de tripas corazón y mira su pero reloj para constatar la fecha. Apenas día 15. Siempre, pero siempre, antes de poner un pie adentro, mete la mano en el bolsillo para ver cuanto dinero tiene. Y no tiene. Sólo cospeles de colectivo que se aseguró a principio de mes. Respira hondo y el saberse periodista en Tucumán, lo conmueve. Toma asiento en una mesa con el rostro inclinado. Una mujer se acerca con un plato de guiso. Él siente vergüenza, aún después de un año de asistir. La mujer lo mira, le sonríe, le frota el hombro y le dice “siempre será bienvenido en este comedor barrial”.

lunes 27 de julio de 2009

A la cama con Fernando


(Por Hipotálamo)
A las seis y veinte de la tarde del tercer domingo del mes la cama extraña horrores a Fernando. Fue abandonada al mediodía, apenas reconstruida, con el apuro de quienes no salieron anoche y se visten y perfuman para que el fin de semana no sea tanto jogging, medias y diario, diario. La cama esperó que Fernando eligiera ese pantalón que luce cuando los amigos del golf se lo llevan a la Costanera, lejos, a una hora, para comenzar a chuparse como si el colchón tuviera un embudo y la goma espuma fuera de arena. La succión asustó a la almohada que saltó hasta quedar del lado frío, la sábana trepó desde abajo hasta la frazada y juntas generaron una comba en el cubrecama, un paréntesis tan logrado que daba la sensación de que la pierna derecha de Fernando descansaba en lugar de acompañar el swing contra el hoyo nueve.
Los sueños de la cama eran insoportables, sólo se hacían realidad cuando Fernando caía en mocos y sudor, con tres días de reposo y una pastilla cada ocho horas. Pero Fernando estaba tan contento con su golf que siguió de pie para preparar la merienda, se sentó para buscar departamentos, volvió a pararse para ir a comprar la cena y buscó el sillón para unas partidas de generala. Cuando se acordó de ser horizontal ya era de madrugada, giró la almohada (me vengaré, maldito), pateó el ángulo de la punta para quitarse las medias y, como si el colchón hubiera perdido peso, recién se durmió por un libro que esconde la fórmula del primer millón (secuela de Padre rico, padre pobre, Piedra roca, Podré ¿podré?) Luego de tres páginas, cerró los ojos con llave, apoyó la mano derecha sobre el pecho y dejó caer la mandíbula para dejarme oír de su boca los rumores del sueño, ronquidos pausados si pensaba en la novia o acelerados si se perdía otra vez en las liquidaciones de las tiendas San Juan. Cuando el locutor dio aviso de que aquel niño, Fernandito, cinco años, esperaba a su mamá en la administración y ella lo recuperaba en llanto, el pecho de este hombre, Fernando, veinticuatro, recuperó el zumbido.
Bajo el picaporte de la vigilia Fernando respira un mundo único que hierve desde debajo de su pelo hasta adentro de sus pies (ya sin medias). Si ahora lo miro es porque el insomnio me gobierna. No quiero asustarlo, pero cuando me acerco él cierra tanto sus ojos que la sien se le llena de pliegues y su boca se estira como si su remate hubiera besado el poste. Casi gol de San Lorenzo. Fernando desconoce que sólo yo veo esa imagen (y la de la pelota que pasó muy cerca). Hasta que camine con un espejo por delante, nunca sabrá cómo mira a una mujer, cuál pie pisa mejor, sol o sombra, tarareo o silbido, caca de perro o qué linda la mesita del balcón. Cuando esté dormido, tampoco será espectador de su cuerpo. Sólo basta que yo tome una navaja y le separe los párpados, despacito, con pañuelos de limón, para que no llores, hermano de mi alma.
A las ocho menos diez de la mañana del cuarto lunes del mes la cama volvió a sentir el abandono, Fernando sacó la llave, despegó la espalda y abrió el celular-alarma de música pop. Ya despierto, se lavaba los dientes y canturreaba el estribillo.

martes 21 de julio de 2009

Flash


(Por Hipotálamo)
He decidido abrigarme sin ropa. Reniego de las pieles de la madre y de las corbatas del padre. Este viento siempre se cuela entre las mangas y altera el jopo de cenizas. La sesión de fotos está por empezar y cuando la vestuarista insiste si posaré así mis ojos le responden. La lente de la cámara irrita más mi mirada hasta pedir un cuarto intermedio para entrar a la óptica: no preciso más aumento, doctor, sólo engrose los marcos de carey.
Fiel a la copia masculina familiar, soy lampiño, lo cual es una ventaja con mujeres coquetas, pero una desgracia en estas decisiones de revista. Apenas un manojo de pelos cubre la quijada y otro tanto la mandíbula. Con el jopo revuelto queda bien, o al menos así me consuelan cuando pinto algo desalineado para el living. Mis problemas de pulso comenzaron cuando compré unos guantes de hule. El vendedor juró que el uso cotidiano los amoldaría al tamaño de mis nudillos, pero una vez llovió y los dejé cerca del horno.
Para probar mi valentía he decidido cambiar la bufanda de rombos escoceses por columnas de humo azul. Braman los pulmones, lo sé, doctor, pero cada pitada es calor. Ahora que lo pienso, nadie atiende a los fumadores sociales que giran en las esquinas, acostados bajo el baúl de los autos. Mientras cambiaban de rollo chocaron a un abogado y huyeron. Al juicio lo ganó desde la cama: bastó que comprobara las marcas del neumático. A mí, por lo pronto, no hay caucho que calme el crujir de los tobillos. Así que ando descalzo, despreocupado de los vidrios del fin de semana. En las pantorrillas la tinta negra de los tatuajes se convirtió en un cuero verdusco y la cara de mis padres quedó como la de mis abuelos.
Pasearse desnudo por las calles, por más que la medicina me ampare, no es tan cómodo como parece. Ni siquiera un amigo del Caribe me entiende. Por eso antes de completar mi decisión, les dediqué un tiempo a la zona de las caderas. ¿Hojas de parra? Confusiones bíblicas. ¿Polleras de cartón? Clases bajas. Pensé en cáscaras de alguna fruta. Será porque el recuerdo de una tía, acostada para que ceda el oxford, vuelve seguido con sus insultos a la celulitis o, como indica la tapa de la revista, a la piel de naranja. Claro que probé naranjas, algunas mandarinas, pocas veces un pomelo. Nada tienen que hacer contra un sorbo de coñac. Supe que faltaba un trago seco cuando me cubría ante cada disparo. Vencida la inhibición, llegó el policía. Simpático el hombre, escuchó mi historia. Comprendió quién era Luis Uzcategui, amigo de la familia, psiquiatra de profesión.

jueves 18 de junio de 2009

Invierno


A Kiss, Kiss;
y al vino, Toro.

(Por Hipotálamo)
Somos los viejos de la ciudad y el frío nos pertenece. Ya en abril nos abotonamos el cuello y las mangas de la camisa. Pero es en el mes de mayo cuando comienza nuestro reinado. Arrancamos la primera hoja del almanaque, y nos encargamos de las bolitas de nylon de las bufandas. Las pocas horas de luz que nos acarician nos alcanzan para poblar las calles. Yo, como los muchachos del billar, voy acompañado por un bastón de roble barnizado y una mucama de delantal turquesa. Una boina gris cubre mis lunares, una camisa de rayas crema flota en mi torso, un pullover rojo, otro saco a botones, un pantalón de pana, y esos zapatos que muevo como autos en hora pico. Nosotros, los viejos, suspiramos por el nuevo día, chequeamos la respiración, las puntadas ya no asustan, ponemos la pava y encendemos la radio, testigo del despertar (son las seis en todo el país, arriba) y del frío (ocho grados, abríguense).
Las brisas del verano enemigo gozan del aplauso del cine porque remiten a faldas arqueadas, pero se ignora al viento del invierno, burlón contra los encajes de algodón. A mí esa clase de apetito se me fue cuando Pablo tramitó el pasaporte. Aún recuerdo (aún recuerdo) el llanto de Nora en Ezeiza. Y yo, que había cargado una valija con el humor de febrero, recibí un adiós, papá, convencé a la vieja y vengan a visitarme cuando les envíe los pasajes. Después del sello en la tapa dura, quedamos solos, como cuando Pablo era un Pedro o un Jorge. No pasó tanto para que nuestro fiel matrimonio perdiera los fósforos entre botiquines, desvaríos (en Barcelona, Nora, Pablo vive en Barcelona), colas de la caja rápida, y los ceniceros del billar cerrado. Ya los muchachos iban poco. Los puños de tiza; el destino del dominó; lo de siempre, Flaco; todo resultaba una excusa para jugar con el café en la boca y teñir de ocre nuestras uñas. Hasta que el café llegó desde Paraguay y nos mandaron a fumar a la vereda.
El frío nos pertenece pero como dueños que somos decidimos cuándo y dónde aceptarlo. Supimos que no volveríamos al billar cuando el Rengo metió la bola negra y nadie miró el perchero. Otra vez tanto abrigo para amucharse en la entrada, otra vez tanto reojo para que no nos ocuparan la mesa (los del verano no respetan nada), qué vergüenza, vamos. Así fue que encontré a Nora dormida en el sillón de terciopelo, con el canal de deportes, víctima de un síncope. Inútil era que Pablo volviera a la Argentina cuando se habían despedido hace dos semanas y cuando sus papeles no estaban del todo en orden que digamos. Fue un velorio breve, con un poco de vino y todo el humo prohibido, con algunas palabras en servilletas, con el tiempo suficiente para que los sobrinos me dieran el brazo a torcer, para que desde hoy empezara a caminar al lado de esta mucama de delantal turquesa. Se llama Rosario y de vez en cuando me ayuda con los botones.

sábado 6 de junio de 2009

El asiento

(Por Hipotálamo)
Ocurrió un día como hoy, pero fue ayer. La ciudad corría hacia la calma. El 59, como el 60 y el 61, estaba apretado de cuerpos abrigados. La incomodidad de los apuntes, las mochilas sobre el pecho, los portafolios entre las piernas, las bufandas de la herencia, los exagerados de guante. Subí en la parada de Las Heras y empecé a bailar con los pasajeros cuando cayó la última moneda. Cada vez que el chofer marcaba el freno, una vuelta para acá, otra para allá. Rugió el motor sobre Santa Fe y cerca de la iglesia se despejó el pasillo. Un colectivo repleto después de las seis de la tarde no llama la atención como un asiento libre, al lado del señor de sombrero. Cerca había una mujer con las compras del fin de semana, un poco encorvada. El resto era juventud, pero bien recuerdo que todos parecían cansados. Consulté entre permisos si no ocupaban el asiento. Nadie respondió. El asiento era de plástico, apenas escrito por los estudiantes, nada fuera de lo normal. El señor de sombrero parecía un hombre de trabajo, apenas inquieto, pero cómo no entenderlo. Antes de sentarme a su lado, traté de percibir algún riesgo en esas manos. Su inquietud pasaba por llevar tantas cuadras en la soledad de un doble asiento. Noté que la solapa del sombrero le cubría la mirada hasta que se lo quitó para masajear su nuca. También había jugado con las bolitas de lana y hundió la nariz entre los botones. Confirmé que olía bien cuando corrió sus piernas y me dejó pasar al lado de la ventanilla. Las miradas empezaron a centrarse en mí, no por el jopo ni el bigote sino por la decisión. La hija de la mujer que hizo las compras no se contuvo y al gritarme sufrió el chirlo corrector. Juré que si giraba hubiera visto al resto de los pasajeros perpetuos en mi nuca. Antes de dormir un poco pensé en mandar a todos al carajo. Puse música para tapar las bocinas (una moto, cuando no) cuando el señor respiró aliviado y se paró. Todos empezaron a gemir. Bailaban y gemían. Mi pequeña aliada lloró cuando quedé solo. Nadie más pensó en sentarse a mi lado. Traté de conservar la calma y cerré un poco los ojos. Mi jopo empezó a pegarse en la ventanilla. En cada freno le daba golpecitos con la frente. Cuentan que el vidrio crujió.

lunes 18 de mayo de 2009

American pie

(Por Hipotálamo)
Una cara viste ese pie. Son veinte pirámides de goma con el casco fundido. De las rutas que conducen a las pirámides, la del medio ha resultado tan dañada que quisiera besar una pelota de agua. Son veinte rutas separadas por polvo entretenido en los márgenes. Mientras que la ruta del medio es la más usada porque lleva a la pirámide más alta, la distancia del resto disminuye hacia los costados en relación con las pirámides. Esto genera un caparazón que cubre cuatro dedos y la mitad del meñique. Donde nace el empeine comienza un terreno de lona cuyas hilachas se mantienen imperceptibles. Esto se parece a una gran frente de un joven de clase acomodada ya que no presenta arrugas horizontales. Desde las pirámides que nadie visita (se mantienen honestas al taller del calzado) nacen dos cordilleras de tela reforzados por brazos, cabecitas, brazos y cabecitas. Hasta el tobillo se forma una cadena donde habitan los ojos de la cara: son dos y de cada uno caen siete lágrimas. El llanto es evidente porque un gran cordón los conecta hasta llegar al moño. Este llanto suele producirse cuando una estrella llega a Ezeiza, recibe saludos por la simpática tira de estudiantes y anuncia su primera biografía.

domingo 10 de mayo de 2009

Ambiciones de una migaja

(Por Hipotálamo)
Una migaja de avena quedó quieta, sola, lejos de la manifestación. La imagen es apenas distinguible por el contraste entre el marrón de la avena con el blanco del mantel. Hace unos minutos, el hombre comía con la boca cerrada. El éxtasis por el sabor de la avena le hizo perder los modales y de su boca cayó la migaja. Como suele suceder cuando los picnics asaltan las siestas de San Telmo, el sol iluminaba el tronco de la bombilla del mate. La bombilla se erguía sobre un campo de trocitos de yerba. Acorde a vísperas electorales, los trocitos estaban apretujados para escuchar a la bombilla, aunque opositores explicaron el fenómeno en la humedad del primer mate. Los trocitos del fondo esperaban un chorro que los reacomodara hasta la primera fila así juzgaran si la bombilla, verdaderamente, era de plata o de alpaca. La ilusión gobernaba a estos simpáticos seguidores del partido Verde. La migaja, quieta, sola y a lo lejos compartía ese tipo de sensaciones. Pensaba cómo podía sumarse cuando el hombre tomó otra galleta de avena. Luego del primer bocado, el aire comenzó a oler raro: otra migaja se había aferrado a una rugosidad de la garganta y el hombre necesitó toser dos veces para hacerla volar en una preciosa comba, derechito hacia la manifestación. El estupendo plan de la otra migaja produjo brotes de llanto en la migaja. Faltó tiempo para pañuelos porque el agua del párpado (no entraban dos en tan breve rostro) infló su pequeño cuerpo. Como dos manitos encascaradas y unas patitas de paréntesis se deslizaron hacia los costados, con un poco de entusiasmo saltearía los lunares del mantel. El temor por ser descubierta duró hasta que trepó por la cuerina del mate. El hombre, ya sin sacudones en el pecho, había puesto toda la atención en lo que escribía. Mientras la correa del perro de un vecino dejó de ceder y tres señoras pateaban el viento, la migaja llegó a la cumbre de la bombilla que saludaba a la multitud. Inesperados abucheos de los trocitos de yerba obtuvo como respuesta. La migaja era quien ahora movilizaba a las masas mientras crecía el rumor de la hazaña. Los trocitos de yerba esperaron unos minutos más de sol para cambiarse de color y fundar el partido Marrón. Pasaron esos minutos, la migaja de avena subió al borde de la bombilla y el rugido amagó con desviar la mirada del hombre. La migaja alzó sus manitos. No habló porque era una migaja y, acorde al slogan en el que trabajaban publicistas, entró en acción. La primera medida fue zambullirse al hueco de la dolida bombilla. Allí esperó con ansias que el hombre disfrutara del segundo mate de tan agradable picnic.

lunes 27 de abril de 2009

Los domingos un travesti no se afeita


(Por Hipotálamo)
Shulay caminaba sobre el espléndido pabellón de alfombra roja, donde las embajadas presumían sus publicaciones. Los libros de autoayuda saltaban sobre el pabellón de alfombra verde, pero antes un poquito de luces, así, como las estrellas, ¡ah! Tomado del brazo de dos amigos taconeaba sobre sus sandalias y envidiaba las botas de la cajera de Países Nórdicos. Acorralado por autores con diéresis intentaba quitárselos como si de tenistas se trataran. A la derecha y a la izquierda, quijada para acá, quijada para allá, uh, ah, uh, red, alarido en suspenso, aplausos para ellos, celos, desaire, vamos, chicas, ¡vamos! Pero el guarango de Pupé le movió el escote al de vincha que había perdido el punto del set. Cuando la pelota quedó de su lado, estremeció la raqueta contra el suelo y eso enloquecía al círculo de Shulay. El, en cambio, buscaba un hombre de ideas, un productor que lo llevara a los teatros de Corrientes, como al ex compañero de rondas que ahora salía en las revistas, en esas páginas que construían su archivo visual. Vio a un hombre canoso entre los estantes de Suecia. Era un perfil familiar, el traje de marinero, el cuerpo sobre la pierna izquierda, la derecha flameante y un libro en las manos. Si supiera quién era Beckett se le hubiera acercado. Escenas de ese tipo hacían a la obra de Shulay, con la incertidumbre de la continuidad, y de un final abrupto, o no. Como cuando dos alemanes tomaron grandes helados de frutilla. ¿Ordenaron esos gustos por elección o por ignorancia del idioma? O como cuando a un hombre se le cayó una moneda y no se agachó inmediatamente a recogerla. ¿Esperó que terminara de repiquetear sobre el suelo? ¿La levantó? O como cuando lo atormentaba el canje de favores al parrillero de la costanera y salía a bajar la panza con auriculares a todo volumen. ¿Lo piropearían los gendarmes?
Shulay era Shulay desde el viernes a la tarde hasta el último turno del sábado. Los domingos eran su día de descanso, con el pelo recogido, a veces escondido por una boina, el explotado rostro lavado con jabón, cabos alrededor de la mandíbula, la pupera firme en no ceder, los jeans que confirmaban que se llamaba Julio y las sandalias de goma, ah, una bendición después de una noche de mala muerte. Fue Pupé el que lo invitó a caminar por las calles de Palermo, con ropa atrevida, así no, nena, que parecés una abuela con resaca, así, dejame a mí, un poquito más subida la pollera, ¿pero no te afeitaste? No podía haberse pasado la maquinita hasta que no renunciara. Hacía calor durante la semana en la obra. Recién iban por la segunda semana de trabajo, el arquitecto había sido cruel con los plazos, y la transpiración de los muchachos corría como el rumor. En la presentación, Julio pidió que lo llamaran Juli. Se trataba de una letra, sólo una, pero entre albañiles era un mundo. Las sospechas del tucumano empezaron a tomar cuerpo cuando el sol golpeaba fuerte y el raro cayó con los shorts muy shorts. El patrón pedía armonía y no atendía observaciones de gente grande, che. Se cumplió el primer mes de trabajo, algunas mucamas del barrio ya coqueteaban con los muchachos, y la mayoría esperaba el gran asado del viernes. El perfume a madera y carne olvidaba el del ripio cuando empezaron a llegar bidones de gaseosa, soda y algunos vinos escondidos. Lluvias de sal caían sobre los cortes y la bolsa de pan se vaciaba. Julio se espantaba por la voracidad, pensaba en la presión, pobre mamá, se le iba por las nubes, así que voy a pedirle un poco más sequita, le quito la grasa cuando nadie me vea, y listo. Quedar bien parado después de un asado entre albañiles le recordaba a la vez que lo mandaron al arco. Aquel enero se torció un par de falanges; esta vez llegó Betty con las verduras recién enjuagadas y pidió ayuda sin esperanzas. Shulay levantó las manos. Acá, Betty, vení, vení que armamos la ensalada.