miércoles, 1 de octubre de 2008

La otra cara de la moneda


(Por Hipotálamo)
Fue en Corrientes y Suipacha, antes del monedero electrónico. Volvía de la panadería cuando ahí estaba, dormida, plateada como una sien. Valía cinco pesos, era enorme, más grande que las actuales de cincuenta. Llegué con la novedad y mi abuela, coleccionista de boletos capicúas, puso la cara que imaginaba si Susana alguna vez llamaba. A pesar de los envoltorios de pan Fargo y los sobres a Oca, nunca sonó el teléfono. Y esa moneda fue lo más cercano a la fortuna que estuvimos.
Pasó el tiempo, se fueron los australes, llegaron pesos, patacones, Le Coq Sportifs. Y las monedas ahí, firmes como soles y escudos y monumentos. Frente a la iglesia San Francisco está el templo de los panchos, con tantas cazuelas como liras, shekels, pesetas, níquels y los primeros euros. Billetotes de otros mundos en vivo. Pero a mí siempre me gustaron las monedas, de las cobrizas y de las ocres. Por eso le canjeé sin drama a mi abuela la plateada por un bono con la firma de Ramón Ortega. Hoy no lo haría. De hecho, pienso en esa señora eterna que al frente de los panchos y antes que irrumpa el mimo (ya lo atropellaron, ¿verdad?) clama por una moneda que la ayude; y en los pequeños vueltos que se quedaron los taxistas luego del acto de demora; y en el chancho de loza que trajo mamá de Perú; y en mi compañero de cuarto que llenaba una Coca de dos litros con las de un peso y estrenaba look en Olivos; y en el sapo de bronce, compadre retro del pingüino de vino.
Fue en Estados Unidos y Calvo, después del hit "P.I.M.P.". Volvía de tramitar el DNI cuando ahí estaban, dormidos, oscuros como el hollín. Me preguntaron si tenía una moneda para la birra. No tengo ni para el colectivo, sonreí, palpándome dramáticamente la campera. Y ellos entendieron, a pesar de la penuria. Otra suerte tienen los mozos. La propina mínima es un billete, cuando por una lágrima que pronto será llanto corresponde el quince por ciento, unos noventa centavos que valen. Porque no son pocos los que juegan con el café en Palermo Hollywood (hoy vi a Julio Chávez) y luego parten a pie hasta plaza Italia para subirse a la realidad. Una vez arriba, es como cuenta Cortázar: somos dueños si encontramos libre un asiento doble y nos ubicamos del lado de la ventanilla. Descanso, pabellón. Una batalla ha quedado atrás. La aureola en sus axilas los delata. La frente suda como cuando rendía matemáticas, sacaba Muy Bien, y era premiado con un polvorón. Ahora, no hay fórmula para obtener monedas que pueda con los quiosqueros. Hasta los cigarrillos que son garantía de pulmonía, pero primero de vuelto en monedas, tienen una nueva norma: abone sólo con cambio. Otra es bajar al subte, comprar un boleto de noventa con dos pesos, guardarlo para alguien sin fobias, y volver a la luz, con monedas, brillantes, listas para perderse en el Laverrap, el patovica de este emporio que sólo acepta a las de uno. A las de veinticinco plateadas, depende el humor; a las de veinticinco doradas, sólo si están en la lista.

3 comentarios:

Lina Masaki dijo...

Acá están todas las monedas.
¡No a la verificación de la palabra!

Tálamo e hipotálamo dijo...

El 7 de octubre de 2008 a las 11:31. O la nada.

*GEORGINA* dijo...

sencillamente, precioso.
tiene mucha consistencia! mucha calle el texto!
saludos cordiales
georgina