lunes, 27 de abril de 2009

Los domingos un travesti no se afeita


(Por Hipotálamo)
Shulay caminaba sobre el espléndido pabellón de alfombra roja, donde las embajadas presumían sus publicaciones. Los libros de autoayuda saltaban sobre el pabellón de alfombra verde, pero antes un poquito de luces, así, como las estrellas, ¡ah! Tomado del brazo de dos amigos taconeaba sobre sus sandalias y envidiaba las botas de la cajera de Países Nórdicos. Acorralado por autores con diéresis intentaba quitárselos como si de tenistas se trataran. A la derecha y a la izquierda, quijada para acá, quijada para allá, uh, ah, uh, red, alarido en suspenso, aplausos para ellos, celos, desaire, vamos, chicas, ¡vamos! Pero el guarango de Pupé le movió el escote al de vincha que había perdido el punto del set. Cuando la pelota quedó de su lado, estremeció la raqueta contra el suelo y eso enloquecía al círculo de Shulay. El, en cambio, buscaba un hombre de ideas, un productor que lo llevara a los teatros de Corrientes, como al ex compañero de rondas que ahora salía en las revistas, en esas páginas que construían su archivo visual. Vio a un hombre canoso entre los estantes de Suecia. Era un perfil familiar, el traje de marinero, el cuerpo sobre la pierna izquierda, la derecha flameante y un libro en las manos. Si supiera quién era Beckett se le hubiera acercado. Escenas de ese tipo hacían a la obra de Shulay, con la incertidumbre de la continuidad, y de un final abrupto, o no. Como cuando dos alemanes tomaron grandes helados de frutilla. ¿Ordenaron esos gustos por elección o por ignorancia del idioma? O como cuando a un hombre se le cayó una moneda y no se agachó inmediatamente a recogerla. ¿Esperó que terminara de repiquetear sobre el suelo? ¿La levantó? O como cuando lo atormentaba el canje de favores al parrillero de la costanera y salía a bajar la panza con auriculares a todo volumen. ¿Lo piropearían los gendarmes?
Shulay era Shulay desde el viernes a la tarde hasta el último turno del sábado. Los domingos eran su día de descanso, con el pelo recogido, a veces escondido por una boina, el explotado rostro lavado con jabón, cabos alrededor de la mandíbula, la pupera firme en no ceder, los jeans que confirmaban que se llamaba Julio y las sandalias de goma, ah, una bendición después de una noche de mala muerte. Fue Pupé el que lo invitó a caminar por las calles de Palermo, con ropa atrevida, así no, nena, que parecés una abuela con resaca, así, dejame a mí, un poquito más subida la pollera, ¿pero no te afeitaste? No podía haberse pasado la maquinita hasta que no renunciara. Hacía calor durante la semana en la obra. Recién iban por la segunda semana de trabajo, el arquitecto había sido cruel con los plazos, y la transpiración de los muchachos corría como el rumor. En la presentación, Julio pidió que lo llamaran Juli. Se trataba de una letra, sólo una, pero entre albañiles era un mundo. Las sospechas del tucumano empezaron a tomar cuerpo cuando el sol golpeaba fuerte y el raro cayó con los shorts muy shorts. El patrón pedía armonía y no atendía observaciones de gente grande, che. Se cumplió el primer mes de trabajo, algunas mucamas del barrio ya coqueteaban con los muchachos, y la mayoría esperaba el gran asado del viernes. El perfume a madera y carne olvidaba el del ripio cuando empezaron a llegar bidones de gaseosa, soda y algunos vinos escondidos. Lluvias de sal caían sobre los cortes y la bolsa de pan se vaciaba. Julio se espantaba por la voracidad, pensaba en la presión, pobre mamá, se le iba por las nubes, así que voy a pedirle un poco más sequita, le quito la grasa cuando nadie me vea, y listo. Quedar bien parado después de un asado entre albañiles le recordaba a la vez que lo mandaron al arco. Aquel enero se torció un par de falanges; esta vez llegó Betty con las verduras recién enjuagadas y pidió ayuda sin esperanzas. Shulay levantó las manos. Acá, Betty, vení, vení que armamos la ensalada.

miércoles, 15 de abril de 2009

La boluda




(Por Hipotálamo)
Desfila por un hall a gas. Naranjas cuelgan del bolsillo. Capas de glacé parchan pliegues. Tres colores y dos salpicones coronan la inspiración. El living cerró a las 2. La heladera se deprime. El bronce sostiene la luz. Tachos para un mural, gorros de papel, pinceles explotados. El mural se va con la lluvia (la heladera lo envidia). ¿Chocan las rodillas? ¿Hola? ¿Chau? Al fondo del fondo no llega señal. Bata de leopardo, cutículas torcidas, bastones de humo: ¡tenemos un collage!

miércoles, 1 de abril de 2009

Insomnio


(Por Tálamo)
Las zapatillas no tenían una suela demasiado alta y todo charco de agua que pisé humedeció mis plantillas y mis medias. Igualmente caminé en la madrugada de una noche anaranjada y llorona.
Contaba con un paraguas, y aproveché el desierto de un martes de madrugada por las calles de un San Miguel de Tucumán mojado y de ventosidad fría.
Eran los primeros días de un otoño caluroso en sus días primeros, aunque esa noche pareció instalarse en la atmósfera. El único hombre que vi en más de diez cuadras, dormía dentro del taxi que conduce, acaso, resignado a una noche sin trabajo.
Me agaché para atarme los cordones de una de mis zapatillas y un perro se acercó festivo tal vez creyendo que bajé al suelo con el fin de regalarle algo para comer o una caricia a la que accedí darle.
No había mas ruido que el de gotas precipitándose en el suelo y el de chorros de aguas que por más angostos, en el conjunto de los muchos de una sola cuadra, imitaban el sonido de una pequeña cascada.
Miré las vidrieras y allí estaban inmóviles los maniquíes en su eterna tarea de vender la ropa que no eligieron a gente que ni siquiera los mira. Volví la vista a mis espaldas y ví al perro que acaricié siguiéndome y comportarse alrededor de mí como si ya me hubiese adoptado como nuevo amo. Detrás de él, otros nueve hacen lo propio. El seguimiento me hace sonreír y me doy cuenta que no estoy tan solo como creí.
Sí, a veces me siento un fantasma que vaga en una pampa, y últimamente me comporto como eso que creo y salgo a vagabundear por las calles, y como era vagabundo, diez perros me seguían. Salir a vagabuendear, es una forma de decir que salgo a pensar en “ella”, la “ella” que no está.
En ese momento fue que pensé que el indicativo “ella”, cuando una “ella” a partido, se convierte en adjetivo calificativo.
Cuando la mujer amada está junto a uno, se la llama por su nombre. Cuando se ha ido, se le dice “ella”.
Sin embargo, acaso motivado por el deseo de su retorno, me propuse no llamarla nunca más de esa manera. Porque mi vagabundear tiene fundamento, el de recordarla, el de sufrir, y el de cansarme para poder dormir sin dejar de pensarla, sin dejar de evocarla y sin dejar, claro, de hablarle. Sí, mientras avanzo por las calles, por momentos, voy hablándole. Casi siempre del amor que podríamos proyectar si su distancia no fuera tan decisiva, otras veces, me transporto a un deliberado futuro y “charlamos” de cuestiones que son el presente de ese porvenir.
Volví a casa y dejó de llover. Ya las gotas no se escuchan y la noche parece una nada. Así es que olvidé por ese instante lo mucho que le gustaba la lluvia y las cosas que le provocaba.
El acolchado de mi cama parecía invitarme a su refugio y, suspiro mediante, mis ojos se cerraron. No obstante, vencido el insomnio que se alimenta de su recuerdo y finalmente rendido en mi lecho, ninguna de estas noches, la dejo de soñar.

sábado, 21 de marzo de 2009

Sábado

(Por Hipotálamo)
Un sábado perfecto empieza al mediodía, con el pelo revuelto por la noche del viernes. Sigue con un disco de Lou Reed y la ducha caliente. El placard está cercado y hace falta un mensaje de texto para pedir un boxer, bermudas y remera. Las gotas gordas rebotan en el cuello y se pierden con un poco de jabón. Una vez que llega la ropa, entra una orquesta de pingüinos. El sábado perfecto es perfecto cuando el guacamole del viernes resiste en cada plato y ¡a lavar! Mi buen vecino, ¿algún cenicero que enjuagar?
Un sábado perfecto es de teléfonos fijos: una mano para los números y la otra (¡tengo dos!) para el tubo y cuatro llamados: a mamá, al padre de un amigo que cumplió años, al amigo que cumplió años, y a un amigo que cuenta sueños. Entre besitos para la familia y saludos a los que me conocen, se confirman los tickets para el recital del martes. Nos juntaremos en un barrio que no conocemos, beberemos e iremos a pie. Radiohead y sus casas de naipes nos invitan a pasar. Es sábado y ya tengo un plan genial para el feriado de la semana que viene. Mi buen viajante, ¿una manta extra?
Un sábado perfecto baja a las calles. El ipod ha sido cargado con música de sábado perfecto y la bicicleta fue inflada por un muchacho que hasta llegó a sonreírme. ¿Soy yo o no hay bufidos de subte? Una selva perdida estuvo siempre a dos kilómetros de mi casa, pero sólo se la encuentra en un sábado perfecto. Abundan ruedas, campanitas, canastos, tetas masculinas, mujeres venciendo al tiempo, unos besitos en el escondite de la primera vez y yo, ya manejando con una sola mano, tarareo California Girl de los Beach Boys. ¿Es el año 88, querida?
Un sábado perfecto no tiene rutas ni mapas. De alguna manera volveremos. O no. Quizás no había que volver. Quizás no había que ir. Y como el libre albedrío sólo vale bajo techo, un cartel inunda un campo de césped recién cortado: “prohibido los juegos de pelota”. ¡Cuidado, ahí viene una! Alcanzo a esquivarla y bajo a otras plazas aunque las bocinas se escuchan más fuerte después de tanto silencio (un mosquito me picó en la pantorrilla, me parece). Y mientras el regreso se pone rancio con la voz de Cash, descanso. Viene el heladero: un bombón, por favor. Dijo gracias. Y hasta luego.

lunes, 16 de marzo de 2009

Domingo


(Por Hipotálamo)
Un taiwanés (al que el policía rebautiza chino) come el helado al revés que el policía: abre el envoltorio por la base, ignora el palito, lo toma por la punta y masca la base. Nunca absorve, am, am, am. Una ventana de lata encuadra un campo de llamas azules y naranjas. Las gotas tibias esquivan los pelitos del pecho hasta que besan la tetilla, am, am, am. Un hombre duerme en el asiento sin cinturón de seguridad del Peugeot 504 modelo 94, que está a la venta (llamar al 15-49777064). Una camioneta de músicos vuelve a la ciudad y el plot que invita a escucharlos flamea sobre una punta, la que está despegada desde hace rato ya que abunda la tierra y otro pelito. El taiwanés lava sus manos, pegoteadas por el colorante, con agua fría. La bañera comienza a cubrir las rodillas y el jabón dibuja un lago de hule y bajan ninfómanos desde la cima de la cortina y la espuma del shampoo choca contra el rincón de moho. El conductor del coche despierta asustado. Sonaba el celular.

martes, 24 de febrero de 2009

Sifones de vidrio antiguo


(Por Hipotálamo)
Sólo quiero que se vayan. Hace días que no duermo. Es mi lengua que sangra. Creo que es una ampolla así que le pediré socorro a Flora. Pasamos la noche del sábado juntas y sus caderas como colchón no compensarán mi cálida compañía. No me quejo de sus atenciones (sé que fue sábado). Mi molestia pasa porque esta noche no voy a limpiar el borde del anís que mi señora destila. Al primer sorbo va a nacer la llaga y volveré a esa tarde en la librería, después de buscar los autores del último anaquel. Era una pareja de estudiantes que tocaba los relieves de cuerina. Ella hurgó su espalda (le encantaban las porosidades) hasta vencerle su masculinidad en puntas de pie y me rozó con la pana gastada. Cada vez que me tocan sin mi permiso me irrito hasta el deseo de oler la tintura de las permanentes, de orinar los primeros diarios del domingo (lo hago), de desinflar a mordiscos las bolsas de consorcio, de rayar los techos de los largos coches negros. Cuando me relajo, pienso en alguna anécdota, cuento la de la librería, pero el tiempo pasa tan lento como ellos, que ahí vuelven, debatiéndose el nombre de sus hijos, que serán tres, dos mujercitas y un varón, en pocos años, para que crezcan juntos, mi amor.
Mi madre me escupió una noche de agosto después de jurarme calor. No me esperaba que por un techo permitiría nuestra venta (la mía y la de mi hermano) y sólo la veríamos cuando nos retara por no sonreír en la plaza, los domingos, porque no dábamos volteretas para que las niñas, las dos mujercitas, lloraran si no nos llevaban con ellos. Una, la más fea, quiso tocarme a través de las rejas y bastó que le rasguñara la palma para que me dejara en paz. El castigo no fue tal: me patearon el lomo y huí entre las sandalias de los turistas (ya era septiembre) hasta la fuente abandonada de grafitis, de cartones de vino y de sostenes colgados en el corazón de Recoleta. Admito que con el tiempo me acostumbré a presumir mi lugar de residencia hasta que los amantes comprobaron la realidad (uno dejó dinero para que arregláramos las baldosas y ese fajo generoso se convirtió en una fiesta de la que poco recuerdo). Esa madrugada, el chisme sobre mi promiscuidad había llegado hasta los oídos de Flora, que se quitó la bata de lunares amarillos y persiguió el ronroneo de Rocha bajo la resolana de Libertador. Ahí estaba yo, despatarrada, con las uñas carcomidas porque estaba segura de que no me había cuidado... Mis muslos me recordaron mi ayuno forzado desde el último espionaje a los encargados de los edificios. En algunas cajas habían sacado libros, en otras témperas; ninguna guardaba una lata entreabierta (cuidado, la llaga). Así que lo primero que hizo Flora fue destapar la petaquita y rociarla sobre un arroz con leche y limón. Sentí el juicio mientras comía pero si habían venido a buscarme no era por mis ademanes públicos. Fumaron hasta mi último sorbo y me despidió el insulto de un artista sin pulso para el aerosol.
Un círculo pintado en azul firmaba el vientre de la primera estatua donde descansé. Había sido esculpida en mármol y representaba el IV tiempo de la VI sonata de Beet… (otro rastro de azul). Estaba rodeada de árboles empapados de agua y verde, de troncos tallados y ladrillo triturado, de plantas escritas en latín y apellidos de músicos que no escuchaba desde que fui parida. No podía pedir más o eso pensaba hasta que la elección de la clientela me nubló como este cielo y me dio impunidad y manejo sobre el precio de otras compañeras. Habían sido las primeras en llegar con sus tazones de aluminio y quién se creía esta para venir con sus aires de barrio caro para que la señora Flora nos deje acá tiradas y la invite un sábado a su falda, cuando sabe que es la noche de más trabajo porque los turistas beben todo lo que les permite la devaluación y si despiertan llevarán grandes botellas de agua en sus grandes mochilas cargadas por sus grandes espaldas. Justo él, cuando vio que su mujer anunciaba el escándalo, la sacó del bar. Soportó los insultos en inglés y el portazo al taxi. Se bajaron a las seis cuadras y subieron dos pisos. El llanto entre columnas de baba se produjo porque él no quería hijos y por los golpes que motivaron la burla de su virilidad. A la mañana, luego de dos tazas de café, dolorida en el pómulo izquierdo, había tomado el pasaporte pero no se fue hasta que él despertara. Demoraba cada acción, cada sorbo, cada garabato de despedida, cada juego de medias. Iba por los regalos que habían comprado juntos (unos sifones de vidrio antiguo) cuando le sacudió el talón y le dijo que se iba para no verlo más. Prendió un cigarrillo y la despidió. La resaca alteró la seguridad de la escena y se tiró sobre su torso, implorándole perdón, tragando una pastilla anticonceptiva, tarareando a Brahms, con planes trillados, como visitar tumbas en Hungría, pero que no la deje, que sola no puede, que sabe que tiene un problema, pero que sin él nada tiene sentido, ni el nombre de sus hijos, que serán tres, dos mujercitas y un varón, en pocos años, no, cuando vos quieras, mi amor.
La reconciliación fue patética, con besos incómodos (la menta no había aplacado el vaho de tónica) y abrazos largos, siempre con ella sin resistencia en las rodillas, en puntas de pie, aferrada a sus hombros, como un peso. Hasta que vinieron a visitarnos ella tragó su orgullo, le cocinó, le quitó las medias, le sonrió como le sonríe cuando señala la cama, se desnudaron, la trató como Rocha me había tratado la primera noche y se vistieron para aprovechar las horas de la tarde. Cerrábamos a las seis, faltaba poco, ya se habían ido los escritores que nos analizaron y el abuelo que todos los días empezaba la misma novela. Nadie solía entrar cerca del cierre y creí que Flora había sido clara al respecto, pero ahí venían, corriendo, de la manito. Habían convencido al estúpido de la puerta para que los dejara pasar. Le pedí a Flora que le revisara los bolsillos, pero no me hizo caso. Si son turistas van a llevarse algún recuerdo, un árbol o la estatua, qué importa, si ya está pintada y tiene la nariz borrada por los vándalos que nos asaltaron una madrugada. Todas dormíamos y nunca hubiéramos pensado que nuestra leche iba a ser tan buscada. Rocha vino con la novedad de la falta de lácteos en la ciudad. A partir de ese momento empezaron a darnos agua (imploraban que los turistas dejaran un poco) y el atún era un lujo relegado a los cumpleaños. De alcohol ni hablábamos: pusieron tope horario a la venta pero no al precio. De repente el anís de Flora era lo mejor de la cena y quienes bebíamos compartíamos el gusto entre incómodos besos con lengua. Fue cuando Mortimer se tiró sobre mí hasta doblegarme. Trataba de quitármelo de encima cuando sentí el crujir de las hojas. Se avecinaban como notas de piano, escuché el nombre de la primera hija, una risa, el rumor del viento, se levantó la pollera y el puntapié salpicó mi tapa con leche, tibia, para calmar este insomnio.

domingo, 22 de febrero de 2009

E

Había llovido toda la noche en Buenos Aires y las luces descansaban sobre el reflejo de los adoquines. Cuando dejé de preocuparme por mi sobretodo negro a rayas encontré una E. Era roja, de goma. La había perdido un nene de la cuadra por la yo ahora caminaba. No buscaba nada, quizás el amor. Estaba en Uriarte al 1300, no porque esa calle me llevara a alguna parte sino por el rumor de las hojas. Fui fácil porque no tenía planes para el domingo (el próximo también estoy libre). El sobretodo estaba abotonado y me gustaba llevar las manos en los bolsillos, especialmente en el derecho, donde comencé a deformar la E. Como el rojo de la goma combinaba con los ojales del sobretodo y la costura de la remera, me gustaba sacar la E para jugar en el camino y presumir el nuevo juguete. Si tengo en cuenta que elegí las calles con hojas verdes, empapadas y libres de caca, estuvo bien que una chica que paseaba el perro mirara mi cara y luego, sin resistencia, envidiara la letrita. Habitual en mí, pretendía ignorar el interés que causo como si el celibato fuera una elección y empecé a manipular la goma: simplemente acostando la E formaba una m como esta, de molde minúscula; más complicado era deprimir las puntas con dos dedos y con uno de la otra mano levantar la parte del medio para lograr una W; con un poco más de presión sobre la base de la E, la alargaba para generar una F. Había un cuento que quería terminar esa tarde y lo hice cuando encontré un pasaje sin umbrales, despoblado para sentarme sobre el cordón, correr mis pies cuando pasó el único auto con la familia que regresaba del campo, y reparar de costado en la chica que llevaba pan casero en una canasta de mimbre casi diseñada para su piel. Una vez que el viento dejó de colarse por mis mangas (las había sacado de los bolsillos para leer) me fui. Antes de subirme al colectivo de regreso había una bolsa de residuos con ladrillos de plástico de distintos colores sin el encanto de la E, o la W, o lo que sea que el nene perdió y no recuperó porque su mamá lo quiere mucho y le da muchos besos en la calle, pero en el ademán de devoción le hizo soltar la letra y él le avisó con un grito que fue inútil porque algunas palabras no sabe pronunciar.

jueves, 12 de febrero de 2009

El cuarto

(Por Hipotálamo)
No recuerdo si era de madera, de metal, ni si estaba pintada, la puerta que se abrió para que pasáramos y recién cuando el otro se quedó afuera me di cuenta del abandono y sentí el ruido del encierro. Antes de entrar alcancé a verlo de reojo y noté que nunca nos siguió el paso y cuando movió sus brazos sólo fue para buscar un cigarrillo en el bolsillo izquierdo de su camisa. No llegué a ver el fuego porque yo ya estaba adentro. Creí que iba a lamentar no estar con nosotros, los hombres que pasamos en fila porque la puerta (si es que era puerta) era muy angosta, alta como las de los departamentos de las calles perdidas de los barrios viejos. De algún modo sentimos lo que los escolares cuando van a conocer el cuerpo de una mujer. El valiente o el ignorante pasa primero y el resto se mueve porque el de adelante lo hace y quedará mal quedarse afuera, del otro lado, aunque sea grande y ya fume y los padres no le digan nada o fume tranquilo porque nunca tuvo padres ni una familia ni una prima, esa persona lejana, sólo vista para las fiestas del nuevo año, pero cercana en la identidad sanguínea a quien la sociedad acepta como la noviecita y hasta como ahorro del descubrimiento. Nunca supe qué pasaba si se tenía un hijo con una familiar, si sería aceptado por los clanes integrados por familias ricas de las localidades alejadas de la mugre de las calles pequeñas o de las avenidas acaso más grandes de la ciudad, si generaba una auténtica malformación en alguno de los sentidos del nuevo ser como un labio leporino o algo que el abuelo sospechara para dejar a los corruptos sin herencia. Lo que supe cuando se cerró esa puerta o lo que fuere era que habíamos entrado meneando nuestras mentes y recién levantamos la vista cuando un foco a través de unas rejas ya oxidadas se encendió, y no al instante como la expectativa por qué estamos entrando a un lugar que a ciencia cierta no sabemos qué es, ni siquiera si tiene mujeres que después de dejar nuestro documento al confidente portero del edificio les brinde seguridad a ellas y nos alerte sobre que cualquier mano que no se pague será un crédito abierto al golpe del hermano del portero que es quien regentea a las mujeres que no, que no están, que nunca estarán, a menos de que se abra esa puerta donde desde el otro lado sólo el humo del cigarrillo del que se quedó afuera se cuela por el ojo del picaporte.
El cuarto era ínfimo como el hall donde descienden las personas que toman el ascensor interno del edificio de familias que ocupan el piso y sólo deben preocuparse por los vecinos de abajo salvo que vivan en el primero y puedan golpear el parqué con estatuas de mármol que hayan quedado sin defensa porque los padres se fueron de vacaciones y no avisaron cuándo iban a volver. De una de las tres paredes del cuarto salía un banco de yeso incrustado, blanco, raro como todo lo que empezamos a descubrir a medida que la intensidad de la luz fue alumbrándonos. En lugar de la cuarta pared estaba sí una puerta, abierta, sin picaporte, de madera inflada por la humedad y partida por un puntapié cerca del ángulo. Las costas de la puerta generaban una ola de astillas contorneadas como si hubieran seguido el ritmo de los agudos y no de los graves. Eso si hubiera un enchufe o algo que diera más pruebas de que acá, donde estamos, alguna vez vivió alguien que no tenía un lugar más amplio, le robó el colchón al séptimo inquilino de la plaza y lo dejó dormido en el mismo lugar que lo encontró porque para qué matarlo si ya está muerto desde que las gomas de la bicicleta se pusieron duras y salpicaron restos de goma y de carbono porque la fábrica de cuchillos ya había cerrado y la gente no tenía tiempo para cocinar y todo lo hacía con la mano aunque los humores del tren los llenaran de migas y cuando intentaran convidarle un bocado a la pasajera bonita de la ventanilla que sé que quiere saber lo que estoy leyendo pero todavía no le voy a dar con el gusto aunque insista con mirarme y yo no la mire pero lo sepa porque otra cosa no puede transmitir su respiración, profunda y caliente como si durmiera en la caja de una camioneta con vacas que el matadero las espera y que seguirán el mismo camino que nosotros, en fila, porque el ancho de la entrada no permite otra cosa que avanzar a medida que la de adelante lo hace y sólo habrá descanso cuando la llegada al círculo de tierra y maderas blancas, puestas como si fueran tres cuerdas de un ring de boxeo, permitan el alivio de la salvación y el mazazo a la nuca que desplome las ilusiones y las quejas ya no conmuevan al hijo del dueño del matadero que cuenta el ingreso de cabezas para exportar y luego se sentará en el umbral para hacer cuentas y saber que si vende todo en dos años podrá dedicarse a arrendar tierras y casarse con la heredera del pueblo vecino que nunca, ni esa noche que hizo todo por primera vez para llamar la atención de los padres que estaban en otro continente y cancelaran la última excursión y volvieran en el primer vuelo para correr a terapia intensiva y jurar que nunca más la dejarían sola y pensaran en una empleada por si llegara la invitación al resort al que fue la pareja amiga y generó tanta envidia que mueren por conocer. No, ni ella hubiera pasado al cuarto donde estábamos nosotros. Pero nosotros, en cambio, confiamos en nosotros, tres amigos desde la escuela, acompañados en las largas mañanas que se hacían al escaparse en los recreos o en las eternas madrugadas que fueron esos regresos de bailes lejanos a los que había que ir aunque no supiéramos cómo volver porque una mujer en esos lugares podría significar la salvación económica y una vida dedicada al círculo de finanzas íntimo del padre salvo que la madre no interrumpiera la primera noche que nos quedáramos a dormir; en cuartos separados.
¡Ah, las casas! Esas cajas separadas por concreto, selladas con cartulina y letras gordas escritas con líquido corrector y ositos hasta la primera menstruación y el cambio a las cruces y al silencio después de que algo pasó a la salida; el aroma de la cocina, los licuados de banana, las dudas al sentarse en el almohadón del perro, las desinencias de la radio, la campana que avisaba que alguien entró y la expectativa por saber si aprobó. A nosotros no hizo falta que nos esperaran con los brazos abiertos, que la música subiera y el perro nos lamiera en cámara lenta; hubiera bastado que no estuvieran los otros dos, nuevos vecinos del que estaba afuera que atendía el kiosco que nos permitía pagarle cuando tuviéramos dinero pero que nunca planeó cobrarnos la deuda como a cualquier ama de casa sino con este juego que ya había empezado desde que la puerta, sí, basta, la puerta se cerró, desde que la luz confundió las sombras. La situación fue lo más parecida a una elección para ponerse de pie y darle un beso a esa compañera que hubiera codeado a la compañera con cara de asco aunque nunca fuimos feos y si soportamos el acné fue un costo político que casi todos debieron pagar. El no. El nunca jugó con nadie, siempre debe haberse escudado en la impunidad de su madre, la conserje, que lo escondía bajo su gran falda verde cuando los más grandes buscaban venganza porque les había tirado naranjas. Ahora sacó la navaja con la que las pelaba y generó los primeros choques de torsos. Como si preparara su broma pasaba el filo sobre el pantalón y le quitaba las pelusas que su madre, pobre, ya no alcanzaba a limpiar cada vez que subía la ropa a la terraza (la última vez debió pedirle que tomara el canasto antes de subir los primeros escalones). Jugaba con la cuchilla y supimos que lo hacía en serio cuando su amigo se quitó la remera y lloró por lo que parecían marcas de una enfermedad venérea o sarpullidos con testes y círculos blancos cerca de las tetillas que no cicatrizaron a tiempo y que con esa triste exhibición le daba autenticidad al malhechor pero también era un pedido ayuda. Eramos cuatro contra uno cuando el cuarto se quedó sin luz.

lunes, 2 de febrero de 2009

Ellos


(Por Hipotálamo)
Hoy el mundo es una nena sobre el borde del balcón. Se despide de la abuela con la vocecita distinta a la de la radio del taxi, a la del televisor y a las cuatro del bar. Al lado de la abuela que le sopla besos pasa una mujer con las compras para la cena. Llevaba dos bolsas infladas de verduras y paquetes. Debiera sonreír por la tierna escena que supone el amor entre generaciones.
Hoy el mundo es el último chorro de soda. Cuando el gas le suelta la mano al agua, el pico exhala un quejido. Como si el sifón fuera un cuerpo alquilado, el cliente desconoce piedad y lo golpea contra la mesa. Hunde la yema del pulgar sobre la palanquita (casi la rompe) y el resultado sólo se altera por un estornudo de gotitas y por un pedido: "no doy más".
Hoy el mundo es la pareja que quiere cruzar la calle tomada de la mano. Visten ropa barata pero caminan decididos hasta que el giro de un auto importado los intimida. El automovilista les cede el paso y la pareja sigue sin devolverle el gesto. El automovilista cruzará muchas calles más hasta su destino y otra pareja lo insultará porque no frenó.
Hoy el mundo son dos amigos que pagaron la cuenta y no se van. El mozo se había acercado a la mesa, pero tuvo que disculparse marcha atrás a la barra porque el amigo que aun no termina de hablar contaba los billetes que costó un par de cervezas. El otro amigo jugaba con la correa de la cámara de fotos con las que esperaba retratar algunas esquinas si la luz se lo permitía.

jueves, 29 de enero de 2009

Mapas


(Por Hipotálamo)
Apenas el talón del continente de hojas descansa sobre las croquetas de cielo. Algunas manchas, unas cuantas venas y otros tantos lunares dejan breves espacios turquesas, rendidos ante la desventaja del otoño. Algunos vecinos espían desde la frontera con el silencio cómplice. Tres ojos ofendidos apenas proyectan la sombra de sus córneas; cada tejido de acero pintado a mano coordina las direcciones: suroeste, norte y sureste. Sobre el primero, duerme el gendarme de aduana, abrigado por el frío del interrumpido interruptor de cables y cobres. Sobre el segundo, dos soñadores debaten si la calma de la frontera es genuina o si algún vecino tendrá contactos en el ayuntamiento. Sobre el tercero, más cerca de la boca de entrada, una señora de plumas se percata de las cicatrices que deberá escupir si elige ese país creado por sus siestas.
En todos los casos, la decisión es inevitable: la tomarán ellos o lo hará el tiempo, es decir, las seis o siete horas que demora el intendente del parque en tomar el tren. Los tres dudan. No descansaron como el gendarme. Debían llevar ropas pero el temor al abismo fue más. Si alguien sacudía ese mapa construido por el viento, ¿quién atestiguaría el cambio de texturas? Si el camino no hubiera sufrido pozos ante la imagen, ¿quién hubiera reparado en ella? ¿El cuarto de oscuros jarabes sería una ilusión del olfato? Las frentes se alisaron al llegar el intendente. El gendarme se exaltó y el cromado blanco, prolijo pero artificial, continuará impune. Las ronchas del semáforo durarán mientras los pulmones exhalen quietud. Sólo resta esperar cuándo la lluvia alterará el mapa y el rostro de uno o dos protagonistas.

martes, 20 de enero de 2009

La Perla del Once (Primera parte)


(Por Hipotálamo)
Las paredes muestran sus venas, así, con los brazos extendidos y los puños apretados. Su revoque se descascara, clama a gritos una caída digna que lo haga polvo y que el viento lo despeine hasta Miserere. En esa plaza de paso duermen los habitués del 60, años en los que la sangre llegaba a los adoquines si uno miraba demasiado tiempo un escote ajeno. Era brava Perla, brava y tetona. Cada noche bajaba del tranvía sobre Rivadavia, entraba como la reina que era, y mientras le acomodaban sus ligas, las pastillas ya jugaban con el hielo de su primer trago. Y del segundo y del tercero, hasta que se velara el rollo. Gambas para mascar, si el pretendiente pecaba con ajillo, alpiste, mi amor. Si supiera Perla que ahí, cerca de lo que ahora es la boca del subte que invita a Primera Junta, Roberto la contempla cada noche, llora su nombre...
Fue su sueño desde la noche que gastó su primer sueldo. Ahí estaba, con un vestido escamado de lentejuelas, brillante entre el decorado de papel glacé. Ahí estaba él, frotando sus manos luego de la última paleada a la pista del Palais de Glace, listo para disfrutarla sobre el escenario que tan cerca le había quedado por el bueno del Flaco, ascensorista y compadre de pensión.
Perla cantaba como sólo lo hace una mujer. En ese castellano neutro. A medida que su pierna derecha se rajaba por el tajo, los boleros detenían el tránsito de la barra, lugar de paso obligatorio para el boleto de salida. La velada en cuestión muchos se levantaron indignados cuando intentó cantar en francés. Le había llegado un tapado de piel a la recepción y la pobre se imaginó entre la burguesía ascendente. Todo fue un fiasco. Como si Edith Piaf cantara “mi Dios, mi Dios, mi Dios”, o como cuando Cat Power entona Angelitos negros y en siete minutos da fe de que alcohol arruina el rouge. Nat King Cole, negro, pero hombre, se salvó hasta ahí nomás con Aquellos ojos verdes, como los de Perla, mi botellita de gin, como pedía que le dijeran antes de hacerlos sentirse únicos por una noche inolvidable (a veces la recordaba un mes después).
Así como el tiempo desnuda paredes, transforma piedras en aplausos. En el hotel Marcone sólo había botellas. Y rumbo a la pecadora volaron una, dos, tres, hasta que fue polvo de astillas. Roberto, más cerca que nunca, se quitó el saco y la protegió detrás de la estufa de hierro. El gesto le valió el susurro: “habitación 20, mi amor”. El puño de la camisa blanca ya era bordó. El Flaco, mientras lo llevaba al cuarto piso, le dijo que el manager de Los Hechiceros le había alquilado una pieza: “la 46, Robertito. Tomá, cambiate y hacé lo que tengas que hacer, pero con cautela”. El héroe amagó con aclarar las instrucciones cuando recibió un guiño, ese que se hacen los hombres si de mujeres se trata.
Pero Perla, dicho está, no era plural. Además de manejar el escenario, regenteaba comisiones por las estudiantes de enfermería que curaban a padres de familia. Un cliente célebre era Edelmiro Lonardi, Lona para todos, un gordo peligroso con el juego, pero fiel hasta que entró al hotel por primera vez. Ahí conoció a las primeras bandas de melodías latinas como Los Caimanes Santiagueños. Koli, el líder, se había refugiado en las vías porteñas después de un par de robos en Aguas y Energía. Los muchachos se llevaban bien hasta que repararon en el escote. Koli lo invitó a la calle. Lona arrugó, tapó las escupidas con el sombrero, y salió una mañana con ganas de volver. Lo haría con un plan. Y el Flaco, antes de cerrar la puerta del ascensor, prometió ayudarlo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Reflejos


(Por Hipotálamo)
Las persianas se levantaron el martes y el vidrio no había pegado un ojo. Parado, como siempre, lo estrellaba una idea, como nunca. Faltaba la semana que esperaba todo el año, pero eso era cuando todavía creía en el espíritu festivo, apenas unos días previos al primer feriado de diciembre, de ese lunes.
El calvario empezó con el adiós al domingo. Un grupo alterado de brasileños bajaron sus cierres y salpicaron orina contra su torso. Batallaba contra el vaho, mientras esperaba que el maestranza de las galerías lo oliera, que le acercara la manguera, nada más. Pero el buen hombre afronta un conflicto con el consorcio por las horas extra y nunca apareció.
Hace unos años las piedras lo dejaron sensible al tacto. El compañero había ligado balas de goma y la familia, acostumbrada al neón, le rogó que pidiera un traslado a una zona más tranquila que el Congreso. Tozudo, creyó que así terminaría dándoles la razón a los canallas de sus clientes. Mal que mal siguió al frente hasta que pasaron los brasileños, se borró el portero y llegaron algunos chicos contentos por la comunión. Después de esas biblias al viento, de los billetes simbólicos, todos los que caminaban cerca empezaron a mirarlo: los dueños del súper mercado lo hicieron de costado, una chica que no llegará a las playas se tapó la cara con la revista, los chicos que limpiaban parabrisas bajaron la voz, el cielo se hizo sepia y una señora grande (quien pertenecería a las abuelas de los comulgados) se creyó poseída cuando no encontró el reflejo de su imagen.
La humedad de la siesta le dio una tregua porque se encendieron los aires acondicionados del primer piso y un surco de agua trajo alivio. Cuestionó el rechazo de los ciegos, a algunos insultó, deseaba no volverlos a ver, reflexionó que los canallas no eran tan desagradables, que cuando la chica sin playas cumplió la dieta se llevó su piropo, que un ratito cerca suyo no le hacía mal a nadie, un comentario y chau, nada más, como la manguera que no llegaba. De repente sonaron villancicos, las luces titilaban, otras se encendían hasta que un empleado lo notó: el viernes, mientras cerraban la caja, la nueva se olvidó de ceñir el pantalón del traje de Papá Noel. Para escándalo, el maniquín era el que usaba lencería nocturna en la liquidación de noviembre. La nueva no volvió más. Y el vidrio pidió el traslado.

martes, 25 de noviembre de 2008

El Negro


(Por Hipotálamo)
La humedad mató al Negro. O eso creía la chusma. Todos los vecinos lo conocíany todos le temían. El que hablaba de sus negocios, flotaba a la mañana siguiente. Se metieran en su barril, irritaran su bigote, osaran con robarle la ración o circularan cerca en un mal día, adiós. Claro que ahora sabemos que los crímenes fueron obra del Negro. Ahora que el sol de diciembre le jugó una mala pasada, iluminó su zona impune y ventiló el olor podrido del último que se hizo el guapo. Hacían días que no caían pedacitos de surtido tropical cuando el jefe del Negro se acordó de alimentar a la barra y la batahola fue brutal. El Negro fue golpeado en el suelo, pero lo dejaron vivo. Airoso, pecó de fanfarrón y al dueño no le gustó. Lo pasaría a mejor vida.
La humedad de diciembre pegaba las ropas cuando el dueño salió a correr con una excusa. El operativo estaba planeado, sólo debía esperar a que el Negro se durmiera, meterlo en una bolsa con agua y llevarlo a oscuras al río de Puerto Madero. Según testigos, las prostitutas del Negro casi rompen los vidrios cuando se lo llevaron. Sus maridos, en cambio, se metían al barril, lo destartalaban y salían ebrios de la libertad. Diez cuadras abajo, la suerte del Negro estaba echada, pero su vida corrió serio peligro en el traslado, cuando la bolsa se pinchó y el Negro empezó a saltar hasta la manija. Fue cerca de la orilla cuando sus ojos se pusieron blancos. El dueño del Negro vigiló la zona. Nada raro: los estudiantes se besaban en los bancos. Se abrió la bolsa y el Negro debía caer al agua. Pero no iba a entregarse así nomás. Mordió con furia los bordes plásticos y sólo el tercer sacudón lo mandó al fondo, con botellas, más bolsas y viejos enemigos. Mientras el dueño del Negro empezó a trotar, el Negro empezó a transpirar: el Gordo le afeitó el bigote y el Rubio le rozó la vértebra. Bastó que se confundiera en la oscuridad para perderse con una promesa: “tengo que volver”.
Durante la ida, el Negro disimulaba desesperación pero en realidad giraba la cabeza contra el abdomen del que lo transportaba. El Negro siempre supo el día que intentaran descontar de sus servicios y por eso se aprendió el camino. Antes de que anocheciera, habló con la banda del Riachuelo que lo trataba como a un héroe por la batalla ganada contra María Julia. Los actuales capos quisieron ofrendarle un asado y la correspondiente merluza, pero el Negro sólo quería saber la canaleta que lo devolvía a San Telmo. “Agarrá la que desemboca en Azopardo y dobla en Estados Unidos. Acordate, es antes de desviarte por las de la facultad de ingeniería”, le dijeron. El Negro nunca fue a la universidad pero la calle la conocía como ninguno. Aplaudido por los muchachos, limpió sus pulmones con un catarro de flema, se embarró un poco el lomo y llegó hasta la esquina indicada. Antes de entrar a su casa, esperó que su contacto de la cuadra le gritara cuando tiraran la cadena así aprovechara el cambio de agua. Justo el dueño del Negro volvió de correr. Elongó antes de meter la llave y fue directo a la heladera en busca de agua. La casa era un horno y mientras ventilaba la sala, el Negro apareció en el inodoro, sin bigote, pero con los ojos amarillos de siempre. El cruce de miradas entre los dos inundó de temor el baño y el Negro volvió a la pecera. Prometió venganza por el barril.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Puntos


(Por Hipotálamo)

. Trebuchet acompañará estas líneas. No le gustaba el punto: menos los dos, uno encima del otro. Pero son puntos. Y punto. Pasan muchas veces desapercibidos. Hasta sufren humillación, tal cual es el caso de los suspensivos… Uno, dos, tres, no dos, cuatro o seis. Un poco de respeto para ellos, o para él, capaz de ser seguido o de ser final, según el humor de quien lo hunda. Gustaría un punto de inicio, como el que figura cinco líneas arriba. Nótese que debe aclararse este ítem, este punto. Podría confundírselo con un recurso estético, con un síntoma de orden, según la lectura de él, quien pensó que recibía los últimos movimientos de la tarjeta de crédito y lloró. Estaba limpio de culpa y cargos, y lloró. Ese sobre no traía números: apenas 96 palabras y un punto, final, final.
Usó la carta como posa tazas, retiró el saquito de té, exprimió las últimas hebras y esa lágrima de siempre se coló hasta sortear la barrera más dura, la del grueso papel de sobre. La teína acelera corazones en estado de paranoia del protagonista que nunca leyó sobre eso ni eligió el diván. Mal no hubiera hecho, aunque iba a pagar en cuotas, optimista, sin interés. Ya era madrugada cuando la taza dejó un círculo marcado, invitándolo a entrar, a releer lo que le escribió. Luego del seco suplicio “Leé esto, por favor”, el punto ya no estaba. Se lo había llevado el sorbo que cayó de la cuchara. Lo buscó de un lado de la hoja, del otro, corroboró fecha y bar de escritura, bajó en pantuflas hasta el diarero de la esquina, el único despierto a esa hora. El punto no estaba. ¿Y ahora? ¿La llama? ¿Va? ¿No? ¿Dormirá? ¿Sola?
Así paso su vida pasó. Entre signos. De puntuación y de interrogación. De certezas y de incertidumbres. Los puntos los recibía, los signos de pregunta los paría. Entró en penas, comenzó a beber, le agregaba pastillas de edulcorante al té, tantas que sintió manzanas en la espalda. La sábana fría le recordaba lo solitaria que era la vida. Un día puso una bolsa de agua caliente, sin quitarle el aire lo suficiente como para esa explosión en los pies, alterando la forma de uña y meñique, bailarina pareja al son de Miguel Bossé. Todavía vendado, ya sin su té adulterado, destapó un vainillín. La metamorfosis del galán de gamulán llegó. Una cucaracha lo llevó en subte. Lo invitó a subir. Lo infectó con una aguja crochet. Ya era otra mañana, ya era otra sombra, cuando buscó una escoba para quitarse los dolores. El mareo lo tumbó. Esa noche recibió la carta. Cuando el punto estaba ahí. O no.

jueves, 20 de noviembre de 2008

¡Felices Fiestas!


(Por Hipotálamo)
Ahí va el chico de las hamburguesas rápidas con su combo navideño. Antes del ruido a trueno que hace la persiana, se detuvo sobre el mostrador del almacén: había una botella de sidra, algunos confites y una maceta de pan dulce envueltos en celofán. Sin margen en la tarjeta de crédito, la visita a los chinos valió el día. El chico de las hamburguesas rápidas no tomaba sidra ni comía pan dulce, pero le gustó la idea de apurar el año. Faltaban cinco semanas para la gran semana y el combo ya estaba ahí, listo para inaugurar la vigilia. Con el paso apurado llegó al balcón porque anoche no hacía frío y, mientras la botella jugaba con la explosión en el freezer, arrancaría a tirones las frutas secas. Lo haría como la maestra que tiraba de sus patillas, cuando los años eran de mañana. “Ah, la señorita Olga…”, contempló. Pensó en llamarla si tuviera el teléfono. Con la época como excusa, le daría las gracias. Ese reto era lo que entonces conocía por dolor. Ahora minimizaba aquella caminata carcelaria a la dirección; destacaba la lección que lo preparaba para las condenadas noches de la adultez.
El chico de las hamburguesas rápidas no recuerda la peor noche de su infancia. Fue cuando sus padres se divorciaron después de la primera hamburgueseada y de que soplara las velitas. La gota que rebasó el matrimonio fue que el payaso les había cobrado una fortuna. El accidente que este trago de sidra fría que casi se congela no olvida es el de la pelota de gajos celestes, blancos y negros, sólo pateada dos veces, una para iniciar el juego, la segunda para la esquina donde el colectivo la mató. El complejo de Adidas Tango le dura hasta el presente, por eso corre poco en el trabajo. Eso no le gusta al jefe, un ex amigo que de tanto sonreír ahora grita. El chico de las hamburguesas rápidas no pensaba en un despido con indemnización hasta ayer a la tarde, cuando el jefe le tiró una cajita feliz, armada, con el juguete adentro. Por eso mordía con odio el turrón mientras definía los pasos a seguir. Quería quitarse el olor a aceite de encima pero lo pagó una pelota que estaba en el balcón, olvidada por el desuso. Ya desinflada, la tiró a la avenida.
Sin aire para el alivio, pensó en los protagonistas de los días que se venían. Una vez destapada, la sidra sólo podía terminar en la sangre; abierto, las migas del pan dulce sufrirían calambres; el turrón, aunque pegajoso, aguantaba un poco más, quizás hasta Reyes. El milagro era que por una vez no hubiera torta helada, tan irresistible que la dieta pasaba a la segunda semana de enero. “Esto de las fechas”, magullaba, descreyendo de que las hojas del almanaque se llevan todo, de que el comienzo de la semana es el de una nueva vida, ¿y de que el sábado y domingo es el fin de?
La primera sidra del fin de año fue un éxito. Exquisita si se tiene en cuenta el precio y generosa por las sonrisas cuando las burbujas colapsaron en la garganta. Es cierto que no le provocó otros cosquilleos como antes. El chico de las hamburguesas rápidas recordó cuando, tímido, tomó un sorbito extra a la hora del brindis y se creyó mareado. Luego reflexionó sobre el paso de grado etílico en séptimo, donde pedía el paso del vino que se vino la pachanga. Una vez la señorita Olga lo escuchó y así le fue. Anoche estaba solo, sin nadie para retarlo. Los platos tan sucios que fue a lavarlos no sin antes llenar dos botellas de agua y mandarlas al freezer. Iba por las cucharas cuando las sacó, listas para tirarles un jugo en polvo. Esa fue una inteligente planificación y no le demandaba tanto tiempo como ponerse los pins después de planchar la camisa. Vestido para atender, el chico de las hamburguesas rápidas viajó al trabajo esperando que la noche llegara para otro combo navideño. Era el sentido de su días. El despido sin indemnización era inminente. Eso era lo que nunca leía en el diario gratuito: las cifras del golpe económico escondían las del afectivo. La mamá lo llamaba de vez en cuando y había insinuado invitar a la chica de las hamburguesas rápidas para el 24, pero no iba a ir porque al jefe se le fue la mano con ella y a ella le gustó. Otro posible ausente era el tío, que dirige a un equipo de la Liga que pelea el campeonato. Tampoco estaría el notable primo, tan ágil para los negocios como para las mujeres. ¿Y él? ¿Iría? Cuando llegara la cita tan esperada, se harán las nueve y el boludo él todavía seguirá sin bañarse. Luego de 32 noches de sidra, deberán despertarlo, tirarle un poco de perfume y que sonría hasta saludar a la tía del postre helado. Chocadas las copas será lo mismo de siempre: la noche donde todo está permitido para dar paso al despertar con la foto del primer bebé del año, la disputa de las madres por quién lo parió antes y el móvil desde la playa.