Siempre quiso Pereira dirigir una orquesta. Fuera del trabajo no se miraba al espejo. Los días de franco ponía la radio. Pereira disfrutaba del programa de conciertos en vivo. Para ocupar las manos Pereira ojeaba una revista de la mujer. No fumaba Pereira. Un toque personal, decía la nota sobre decoración. Fueron a una pausa cuando Pereira buscó la tijera. Van a ver el colectivo, dijo Pereira. Cortó retratos de los maestros. Le costó el contorno de peinados revueltos. Los pegó sobre el espejo tallado por las iniciales de la familia. Total, dijo Pereira. Del retrovisor colgó una zapatilla de punta olvidada en el primer asiento. Aquel fue un gran día, dijo Pereira. Iba a forrar los respaldos con terciopelo pero Pereira no tenía novedades del aumento. Tampoco le arreglaban el equipo a Pereira. Y la música pasaba por su cuenta hace un tiempo. Usaba los pedales como un pianista que vio en la tele y la palanca de cambios como una batuta. La palanca de cambios tenía un dado verde en la punta. Un dado tan grande que no entraba en ningún cubilete. Pero no se animaba a quitarlo Pereira.
A Pereira le gustaba el turno noche de semana. Andaba por las calles vacías. Hace rato que la gente no salía un martes. Cuando Pereira aceleraba pensaba en timbales. Los sentía sobre el fondo del colectivo, donde un ex amigo hablaba del motor. Durmió poco ese sábado para empezar el recorrido en punto. Siete pasajeros roncaban desde anoche. Iba a bajarlos Pereira pero mejor empiezo con un poco de público, dijo Pereira. Mucha mierda, le había dicho la mujer, y con ese tono. En marcha, algunos pasajeros se despertaron y tocaron timbre. ¡Todavía no debían sonar! ¡Los trombones van después!, dijo Pereira. Se calmó Pereira cuando dos hombres de la parada usaron el brazo como una barrera. Les abrió la puerta: ¡adelante, adelante! Los hombres subían mirando el techo y las ventanas. Saludaron a Pereira. Buen día, le dijeron. Y soltaron las monedas en la boca de la cajera. Se llama Irma, les dijo Pereira. Irma era azul, de lata. Tragaba las monedas con ruido y escupía un boleto. Es la entrada, les dijo Pereira. A todos los pasajeros les decía lo mismo. Los trataba como espectadores, incluso a una pareja de gorra y auriculares. No conocían a Pereira.
Los asientos estaban ocupados. El hall quedaba libre. Pereira no llevaba gente parada. Si se ponen de pie será porque les gusta, dijo Pereira, delante del semáforo en rojo. Pereira se acomodó el cuello de la camisa, estiró los puños y se alisó el pelo. Llegó a la parada del teatro. Mientras bajaba la velocidad se frunció el ceño de Pereira. Debía subir una bailarina, pero no ella. La bailarina mantenía el peinado recogido de siempre, tensándole las sienes. Una malla de natación le apretaba las costillas y ocultaba la comba del pecho. Pereira vio las manos callosas por los pasamanos. Y se indignó Pereira por el tul en caderas de tantos años. Pereira había sido delegado gremial de segundo orden. Me la mandaron, dijo Pereira. Sospechó de un viejo ajuste, o escuchas telefónicas. Cosas que pasan en las películas, diría la mujer, y con ese tono.
Pereira miró el público a través del retrovisor. Comparó la zapatilla de punta con las de la bailarina. La bailarina le mostró la credencial de jubilada. Esperó que le dejaran el asiento. Se miró las piernas sin calzas, con lo que se usan ahora las calzas. Tomó aire la bailarina y trató de avanzar. La pareja de gorra y auriculares fue la primera en bajar. Los timbres de nuevo, dijo Pereira. La bailarina vio los asientos libres. Estaban al fondo, cerca del ventanal y los timbales. El semáforo se puso en verde. Ahora van a ver, dijo Pereira. Tosió feo y simuló insultos a la calle, Pereira, todo para frenar dos veces, sacudiendo a la bailarina. Ofendida la bailarina le dijo: ¡Chofer, usted, chofer! Pereira tomó un lomo de burro y la bailarina saltó un par de escalones. Fue hermoso el salto y Pereira estuvo cerca de la compasión. Pero metió otro freno para arrojar a la bailarina hasta el hueco libre, los timbales sonaban cada vez más altos, se confundían con los trombones de los pasajeros que querían bajarse. Pereira logró un suspenso y la bailarina sintió el desplome final de espalda, la bailarina atajada por el respaldo.
Otro silencio se preguntaba si era el final. Despeinada la bailarina, logró erguirse sobre el asiento cuando una niña del pasillo aplaudió. La bailarina cerró las piernas. Algunos pasajeros jugaban con los celulares. Los más confundidos pensaron en los nietos de la bailarina. Acompañaron a la niña. Y dejaron monedas a la bailarina antes de bajarse. Pereira les abría la puerta. Había sido un viaje de domingo y no había sido peor que otros viajes de otros domingos.
miércoles, 10 de febrero de 2010
La galletita de la mañana

(Por Hipotálamo, claro)
Usted despierta un buen día, un buen día porque despierta, de hecho el cuerpo es un hecho, bufa un poco porque acaba de bufar un poco, encima a la noche no acaba, y la mañana empieza con otro dolor, un inadvertido puntapié al inadvertido zócalo camino a la cocina. Pone el agua y como algo tiene que hacer el dedito tira la costra de almíbar del párpado, ojo dedito abuso, refregás como si no hubiera ojo. Silba la pava como silban los pavos amortiguando el chirrido por un dolor en aquel pie, un dolor de calor hasta el empeine, bienvenida de los sentidos, remolones hasta la hornalla, fuego y tuy la puta cuando el primer amargo le infla la lengua. Amortiguada la palabra usted piensa en el corte de cintas sobre ese puente que lleva lo exterior (agua, tanque de agua, caño, pava, mate) hasta su interior (boca, lengua, tráquea, tuy, panza). A simple vista usted chupó un mate caliente con un poco de polvo y esta bombilla que hay que cambiar pero no ahora que hurgó la alacena y desnudó un paquete de celofán, y encima anoche, así que cébese otro, pase la absurda galletita de la mañana, y ahora la miga se mete en el relato por lo que vamos a esperar que tosa, eso buen hombre, tosa porque la bombilla no es el único cambio del día y necesitará claridad fonética para la gran decisión gran seguida del gran insulto gran. Después del vasito de agua (gracias, querida) le quitará la percha a la camisa ni enterada del cambio de porte, frente al espejo acomódese el nudo, por favor, piense el desenlace, tirite, otro mate caliente, vamos.
El lunes de decisiones llega por otro puente a la altura de una calle donde ya no se gira tan fácilmente, así que aplausos. Usted sabía que debía estar a las ocho en Talcahuano y Lavalle pero calló cuando el taxista siguió hasta Córdoba y Suipacha. Quiso dejarse llevar pero le paró el entusiasmo por tanta radio y bocina, deténgase en la esquina, deje, camino. Pateó el cordón de la banquina y esas cinco cuadras de arrepentido. Saludó con las cejas al portero, el boludo de Omar, ningún boludo, claro, qué culpa tiene de San Lorenzo y de la sonrisa de cada mañana, anfitriona planta baja, preámbulo de lo siete pisos arriba. Las cuadras y el hermetismo del ascensor lo guían derecho al baño, antesala del gran discurso gran, coma, insulto. Antes sáquese el sudor con agua y jabón, reniegue de las toallas de papel, siempre tan distantes, siempre hilo húmedo en la quijada, toque la puerta, tome aire, permiso sin adelante y mire la mano del jefe, apurada sobre el mouse que no cierra esa ventanita y el quién se cree éste que pasa sin preguntar. Entonces todo se vuelve un qué querés, Heredia, un renuncio, hijo de puta, un qué decís, un lo que escuchaste, hijo…, tose, un hijo de… tose de nuevo. El jefe le acerca el vaso, se calma la garganta, recupera el aire, se seca el agua de los ojos, ajusta el nudo tironeado, y el desenlace es un haceme el favor y terminá lo que te pedí, vamos.
La camisa extraña la tensión de la percha, flota en su hombro arqueado mientras pasa al escritorio y usted abre el excel pensando en qué fallé si el espejo le había devuelto confianza. Habrá sido la respuesta del jefe, sobre todo la segunda, será un problema cuando lo tutea, cuando lo ningunea, ea, qué pasa acá, mejor abra un documento en blanco y hágame un breve repaso del día que empezó anoche, recuerde el bufido, anote el pie, el mate, la tos, la galletita de la mañana, eso, anote la galletita de la mañana.
viernes, 22 de enero de 2010
Tucumán

(Por Hipotálamo)
Tucumán, murmullo de pocillos; Tucumán, puñetazos a las mesas; Tucumán, camisas a cuadro; Tucumán, ausencia de eses; Tucumán, sobredosis de diminutivos; Tucumán, grandes blusas violetas; Tucumán, tinturas de vecina; Tucumán, bolsas de regalo con camisas a cuadro; Tucumán, mensajes de texto bajo naranjos; Tucumán, sobres de cuero, papeles en mano, las correas empapan; Tucumán, gaseosas de manzana, pequeñas; Tucumán, cruces a mitad de cuadra, trote hasta la vereda; Tucumán, mangas cortas, cuarto botón desprendido, pelo en pecho; Tucumán, bicicletas encadenadas a los árboles; Tucumán, panchuques y helados de máquina; Tucumán, Dyango en la radio; quieto, Tucumán, dos sorpresas: un oriental cincuentón y el hombre sin eses reta a su amigo porque te amo, culiao; Tucumán, camisetas de fútbol, pantalones de rugby; Tucumán, exceso del verbo remar, una luca, dos lucas, Luquitas; Tucumán, otra sorpresa, el chofer de la convy del ministerio de salud viste de negro, amas de casa se acercan a preguntar qué regalan, escuchan condiciones para una maratón a beneficio; Tucumán, detrás de mi ventana se cuela el amigo puma de Sandro; Tucumán, dos motos, tres cascos; Tucumán, otras mesas, otros diálogos, gaseosas grandes, sánguches de ternera en pan negro para ella, ya viene la playa; Tucumán, voyalale, no, falta una letra que convierta una palabra en una frase, voy a la Ale, ¿no?; Tucumán, bombos y tamboril, una pancarta, una mujer de dos parantes, rostro de tela amarilla, torso de sábanas; Tucumán, bajen las armas, clama el centenar; Tucumán, niñas de una murga cantan y saltan dentro de sus fracs azul lentejuela, cinco estudiantes de ciencias sociales, mozos de un bar cultural (?), acompañan la marcha en orden para que se lean sus cinco remeras, ba-jen-las-ar-mas; Tucumán, el tránsito se reanuda; Tucumán, banderines rojos y oro, coronas verdes disfrazan postes grises de luz; Tucumán, las camionetas vidrio oscuro; Tucumán, un ciclista espera qué hará el taxista, siguen por calle San Martín; Tucumán, las narices y las mandíbulas se secan con las mangas cortas de las camisas a cuadro; Tucumán, algunas caras se repiten por calles que se repiten; Tucumán, una empleada pública; Tucumán, lapicera bic; Tucumán, camiseta blanca; Tucumán, saco rosa; Tucumán, rodete de lapicera bic.
miércoles, 20 de enero de 2010
Ejercicio

(Por Hipotálamo)
La sombra de la mano sobre el papel se detiene cuando un estribillo me gusta aunque no me gusta escribir me gusta más allá de que esto es una escritura sin filtros de una mente sin mejores palabras en ese momento que me gusten. Evidentemente qué palabra larga es evidentemente. La pausa que generan los puntos seguidos insinúa que este atisbo de ejercicio puede estar llegando a su fin y el dolor en el arco de la mano derecha me acerca al punto final hasta que encuentro la manera de agarrar la lapicera. Tampoco me gusta decir agarrar y de repente construyo una pequeña frase con dos palabras que no me gustan y acá va otra más porque me gusta ver la pelota que tengo bajo mi camisa y cómo la luz y la redondez, por no decir circunferencia, amén de esas palabras que se callan para no repetir un concepto y se busca la forma creíble de generar el sinónimo de idea.
No tenía demasiadas intenciones con esta lapicera negra pero como seguí mi apuro por escribir las palabras, el pulso es distinto en cada una de ellas, por ejemplo con las que tienen m y que serán comentadas por el impulso y la confianza de que luego serán leídas y cortadas aunque no servirán como manuscrito en manos de un editor y eso cuestiona mis ambiciones y mejor pienso en las imágenes que cubren edificios sobre la principal avenida de Buenos Aires (¿por qué no decir 9 de Julio a secas?), imágenes que ocultan lo que pasa detrás de la fachada casualmente de un banco y, peor aún, levantan la mirada de los transeúntes así eviten las familias de indigentes que duermen y viven y duermen bajo esa gran fotografía que destaca los rituales de la ciudad como la picada y el vermut del domingo, la pelopincho de un Gardel de entrecasa, y el musculoso de la espuma, vecino de los acobijados bajo la lente de Marcos López, Marquitos, a quien vieron una noche y le pidieron una moneda, cara de circunstancia, sombra.
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