miércoles, 20 de octubre de 2010

Siempre quiso Pereira dirigir una orquesta

Siempre quiso Pereira dirigir una orquesta. Fuera del trabajo no se miraba al espejo. Los días de franco ponía la radio. Pereira disfrutaba del programa de conciertos en vivo. Para ocupar las manos Pereira ojeaba una revista de la mujer. No fumaba Pereira. Un toque personal, decía la nota sobre decoración. Fueron a una pausa cuando Pereira buscó la tijera. Van a ver el colectivo, dijo Pereira. Cortó retratos de los maestros. Le costó el contorno de peinados revueltos. Los pegó sobre el espejo tallado por las iniciales de la familia. Total, dijo Pereira. Del retrovisor colgó una zapatilla de punta olvidada en el primer asiento. Aquel fue un gran día, dijo Pereira. Iba a forrar los respaldos con terciopelo pero Pereira no tenía novedades del aumento. Tampoco le arreglaban el equipo a Pereira. Y la música pasaba por su cuenta hace un tiempo. Usaba los pedales como un pianista que vio en la tele y la palanca de cambios como una batuta. La palanca de cambios tenía un dado verde en la punta. Un dado tan grande que no entraba en ningún cubilete. Pero no se animaba a quitarlo Pereira.
A Pereira le gustaba el turno noche de semana. Andaba por las calles vacías. Hace rato que la gente no salía un martes. Cuando Pereira aceleraba pensaba en timbales. Los sentía sobre el fondo del colectivo, donde un ex amigo hablaba del motor. Durmió poco ese sábado para empezar el recorrido en punto. Siete pasajeros roncaban desde anoche. Iba a bajarlos Pereira pero mejor empiezo con un poco de público, dijo Pereira. Mucha mierda, le había dicho la mujer, y con ese tono. En marcha, algunos pasajeros se despertaron y tocaron timbre. ¡Todavía no debían sonar! ¡Los trombones van después!, dijo Pereira. Se calmó Pereira cuando dos hombres de la parada usaron el brazo como una barrera. Les abrió la puerta: ¡adelante, adelante! Los hombres subían mirando el techo y las ventanas. Saludaron a Pereira. Buen día, le dijeron. Y soltaron las monedas en la boca de la cajera. Se llama Irma, les dijo Pereira. Irma era azul, de lata. Tragaba las monedas con ruido y escupía un boleto. Es la entrada, les dijo Pereira. A todos los pasajeros les decía lo mismo. Los trataba como espectadores, incluso a una pareja de gorra y auriculares. No conocían a Pereira.
Los asientos estaban ocupados. El hall quedaba libre. Pereira no llevaba gente parada. Si se ponen de pie será porque les gusta, dijo Pereira, delante del semáforo en rojo. Pereira se acomodó el cuello de la camisa, estiró los puños y se alisó el pelo. Llegó a la parada del teatro. Mientras bajaba la velocidad se frunció el ceño de Pereira. Debía subir una bailarina, pero no ella. La bailarina mantenía el peinado recogido de siempre, tensándole las sienes. Una malla de natación le apretaba las costillas y ocultaba la comba del pecho. Pereira vio las manos callosas por los pasamanos. Y se indignó Pereira por el tul en caderas de tantos años. Pereira había sido delegado gremial de segundo orden. Me la mandaron, dijo Pereira. Sospechó de un viejo ajuste, o escuchas telefónicas. Cosas que pasan en las películas, diría la mujer, y con ese tono.
Pereira miró el público a través del retrovisor. Comparó la zapatilla de punta con las de la bailarina. La bailarina le mostró la credencial de jubilada. Esperó que le dejaran el asiento. Se miró las piernas sin calzas, con lo que se usan ahora las calzas. Tomó aire la bailarina y trató de avanzar. La pareja de gorra y auriculares fue la primera en bajar. Los timbres de nuevo, dijo Pereira. La bailarina vio los asientos libres. Estaban al fondo, cerca del ventanal y los timbales. El semáforo se puso en verde. Ahora van a ver, dijo Pereira. Tosió feo y simuló insultos a la calle, Pereira, todo para frenar dos veces, sacudiendo a la bailarina. Ofendida la bailarina le dijo: ¡Chofer, usted, chofer! Pereira tomó un lomo de burro y la bailarina saltó un par de escalones. Fue hermoso el salto y Pereira estuvo cerca de la compasión. Pero metió otro freno para arrojar a la bailarina hasta el hueco libre, los timbales sonaban cada vez más altos, se confundían con los trombones de los pasajeros que querían bajarse. Pereira logró un suspenso y la bailarina sintió el desplome final de espalda, la bailarina atajada por el respaldo.
Otro silencio se preguntaba si era el final. Despeinada la bailarina, logró erguirse sobre el asiento cuando una niña del pasillo aplaudió. La bailarina cerró las piernas. Algunos pasajeros jugaban con los celulares. Los más confundidos pensaron en los nietos de la bailarina. Acompañaron a la niña. Y dejaron monedas a la bailarina antes de bajarse. Pereira les abría la puerta. Había sido un viaje de domingo y no había sido peor que otros viajes de otros domingos.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tache un paréntesis (formará un dragón)

Abrí un paréntesis, dejé un espacio para una palabra de siete letras, podía ser una palabra larga o dos cortas o una muy corta y otra no tan larga. Cerré el paréntesis sin escribirla(s), y así quedaron: dos chuecos desocupados, apenas suspendidos sobre el papel. Cuesta pensar al paréntesis en plural, liberado del artículo, pero más lo es que el renglón sostenga al de apertura por el mismo pie que al de clausura (generalmente más breve). Este de recién, por ejemplo, salió ancho en el original de tinta, sin hombreras. Cosas de sindicatos, quiso mostrarse fuerte, jamás vencido, con la entereza necesaria para apretar palabras en un determinado espacio, dándoles ese tono distinto a las que las rodean, tan histéricas para decidir cuándo necesitan aclarar algo (o no).
Curioso debate sobre los espacios. Al empezar, el texto estaba muy cerca del título. Decía así: Tache un paréntesis (formará un dragón). Al empezar el texto (Abrí un…) sentí un quejido, venía de las palabras, estaban demasiado cerca, prácticamente unas encima de las otras cuando la convivencia en un lugar como una hoja requiere el mayor esfuerzo para respetar los espacios comunes, los gerundios de siempre y cierto queísmo que sigue sin saber qué quiere. Sirva esto a modo de presentación para lo inevitable: analizar lo que le pasó al dueño de algunas palabras similares a las escritas.
A continuación, lo sucedido.
Porque lo importante había sido llegar. Mientras hubiera despertado, el cómo no venía al caso. Era él, era la cama, era la casa. Típico de los sueños, plena confusión a medida que se incorporaba. La realidad tomaba forma sobre el siempre frío suelo del baño (¿algún arquitecto en la sala?). Recordaba cuando había llegado con hambre, puso dos hamburguesas en la sartén y pan a descongelar en el microondas. Ahora mismo lo recuerda. Lo que olvidó fue comer. Necesita comprobarlo y caminó a la cocina, donde un par de guantes carnosos, marrones en el centro, violáceos en el borde, seguían ahí. Dentro del microondas una esponja negra de migas se desarmaba en la mano, las láminas internas estaban derretidas, y el techo era nubes y las paredes sarpullidos.
El hermano menor, único testigo posible, dormía.
El hermano menor debe haber apagado la hornalla. ¿Y el microondas? ¿Cuánto tiempo puso a descongelar el pan? ¿Usó el botón con esa palabra (descongelar)? Lo más importante: ¿su hermano habrá notado el microondas? Rápido: el limpiador dos en uno. Antes: desenchufar todo, quitar las láminas fundidas y la chapa de lo que sea derretida. Ahora: buscar una virulana y actuar al minuto del limpiador dos en uno. Frotaba las superficies al pensar que pudo incendiar la cocina, para qué negarlo. Trataba de ser optimista. Pero el pecho comenzaba el repertorio de latigazos y sólo podría apagarlo con eso que provoca la limpieza. Si se hicieran encuestas interesantes, se probaría que el domingo es cuando más tiempo se le dedica a la higiene. La escoba, la esponja, el agua, el alicate, la palita, los aerosoles, el paño, los trapos, más agua, la canilla abierta, cerrada, otra vez abierta, el alcohol que se evapora con el sudor y la limpieza de la mente es la del cuerpo, dos en uno, como el multiuso que va terminándose y las nubes del techo sin salir y que el detergente lo ayude con los restos de virulana, unos pelitos dorados y filosos pellizcándole las manos y ya que tiene que secar el microondas para girarlo y trabajar el techo con mayor comodidad pasa el trapo por la repisa que lo sostenía y miren qué blanco queda así que también saca las latas, el porta sahumerios, la plancha, el perfume de la ropa, el cable del celular que siempre cuelga sin gracia y los dos estantes una pinturita así que abre otra vez la canilla, se despierta el hermano menor, feliz porque anoche besó a una alemana, aunque con la distancia necesaria para preguntar qué ha pasado y que no, que en ese tipo de comportamiento no cuente con la complicidad si la dueña del departamento y de algunos electrodomésticos (como el microondas, claro) se da cuenta, pero que no, que no se preocupe por ocultar nada, si hace falta paga el arreglo pero con qué plata si anoche todo fue a parar a la barra aunque debe haber dejado monedas para la vuelta porque de un taxi debiera acordarse a menos que no, porque ella no fue, lo dejó plantado en el bar, adonde empezó a pensar en la sartén mientras el colombiano de la barra se convertía en el consuelo porque son así, qué le vas a hacer, hermanu. Un hermanu cómplice que por cuarenta y nueve pesos más la propina del final llenó la pinta tres veces en una hora y así lo vio salir para el recital pensado con ella pegada y en su lugar arropaba una botella de litro bajo la axila, como si fuera el termo de mate que usa durante la semana para limpiar el cuerpo aunque a veces se entusiasme con llenarlo de nuevo a las seis de la tarde y el pecho saque otro repertorio así no se hace el pícaro porque la mente hace estragos pero la teína es un estimulante para las mentes que creen en los estragos hasta que el microondas va quedando como si nada hubiera pasado, algo mojado eso sí, pero nada que no pueda el secador sugerido por el hermano menor (acepta las órdenes como sugerencias, es la sumisión del vándalo) hasta que mira al microondas desenchufado, desconfiado, como si el colombiano le dijera que tiene una amiga para presentarle y puede pasar a buscarlo cuando cierre el bar, pero parece que el cargador del celular cuelga sin gracia hace rato y el aparato se apagó en el bolsillo así que el microondas también queda ahí, con ese silencio que tienen los productos que viven encendidos (¿acaso contemplaron lo maravilloso que es el televisor apagado? ¿El cuerpo que refleja si no lo encienden?) hasta que sale a tirar la bolsa de basura, todo transpirado, sucios los pies, y el gran baño olvidándose por completo del hermano menor: no almorzó y pondrá a descongelar carne que irá perdiendo la capa de hielo mientras el plato del microondas gire como siempre y el susto porque explote en cualquier momento lo acompañará hasta que la bañera se llene y cubierto de espuma como la sartén intente callar la voz que le recuerda el nombre del colombiano, avisándole sobre el cierre del bar, partes del recital y el paréntesis, qué fue el paréntesis.

jueves, 22 de julio de 2010

Cero a cero

(Por Hipkjslkñdjaslkdj)
Cuando la voz de loro dijo bicho por el altavoz del celular, los timbres de frecuencia modulada cortaron el silencio del ómnibus. El bicho abrió los ojos ante los pasajeros, excitados a esta altura del viaje porque el diálogo entre bicho y loro terminara con cambio y fuera. En cambio, el bicho masticó al chicle como si fuera una mosca. El chofer frenó de golpe y un alumno empezó a llorar. El bicho miraba la decepción popular a través de sus lentes de marco dorado. Los compró en 1998, antes de un partido del Mundial. Paraguay y Bulgaria habían empatado sin goles.

lunes, 19 de julio de 2010

Sentado (no parado)

(Por Hipotálamo)
Sentado (no parado) a la cabecera de la mesa, como el padre de familia que no era, el cumpleañero mecía la cara como indica el desasosiego. De frente tenía hombres preocupados por el pelo, unos viejos compañeros de escuela. Había sido fácil perderles el rastro para que ahora estuvieran ahí, burlándose de la ausencia, saludándolo como si hubieran recibido la invitación con la dirección y la hora.
El cumpleañero ignoraba sobre políticas de privacidad en redes sociales.
Los inesperados, con ese pelo, ya habían dañado los platos de cerámica con las cucharas de metal. Una astilla saltó al piso. Empezaron a cantar para incomodar a este hombre clásico para este tipo de reuniones. Usó la sonrisa tímida, el tarareo nervioso y los dedos como batuta de orquesta. No había torta pero a mano izquierda apareció un bizcochuelo con techo de azúcar impalpable.
Continuaba la canción sin titubeos hasta que llegó el eterno desacuerdo entre los intérpretes después del que los cumplas. Tenía un nombre de tres sílabas el cumpleañero cuando la métrica de la canción requiere uno de cuatro. Algunos utilizaron el diminutivo, otros estiraron la última sílaba del original.
Se sumó el malestar por la vela ya que se trataba de un ejemplar para cortes de luz, ajena al cotillón, con la mecha usada en las noches del último verano y columnas de cebo. El cumpleañero recordó la fachada de un edificio gótico al que había entrado. Los motivos no vienen al caso.
Tomó aire el cumpleañero, dejó de cuestionar la vela y pidió un encendedor. La piedra estaba mojada, incapaz de hacer fuego. Sobre la mesa había caído un poco de vino.
Los aplausos y los silbidos terminaron la interpretación del cumpleaños feliz cuando uno de pelo inexplicable ordenó los tres deseos pero el cumpleañero no quiso saber nada con cerrar los ojos porque no había soplado la vela correspondiente para dejar por un instante en el bar esa sensación de penumbras que los cumpleaños cedieron desde los tiempos en que una torta genuina se adueñaba del salón entre todas las luces artificiales apagadas rendidas al protagonismo del fuego que iluminaba la sonrisa de la portadora de la torta con los dedos pegajosos por toda la tarde con el merengue.
Tomó un trago. Si bien el momento resumía la edad celebrada, el cumpleañero logró calmarse cuando su madre le entregó un sobre abierto. Cheques y una breve dedicatoria del firmante alternaban con billetes chicos. Le sorprendió el valor de un cheque por la generosidad (unos 420 pesos) y por el nombre, un tal Vargas el colombiano, al que su madre tampoco conocía. De hecho el cumpleañero le preguntó quién era, ella levantó los hombros y pidió un cuchillo. El azúcar impalpable cedió sin resistencia.

jueves, 10 de junio de 2010

El anfitrión

Tú agradeces cada día decía la taza en inglés. La taza apoyada sobre el lienzo apoyado sobre la lata apoyada sobre el suelo, único en cumplir su función original, si es que estamos parados sobre el suelo. Sobre la taza conocemos su origen. Cuál será su edad. La cerámica no tiene vencimiento. Quien la regaló, ¿conoce al anfitrión? El anfitrión respeta la lengua materna y si agradece el día no lo saca de una taza. Cabe aclarar, nunca desayuna té, jamás cura el insomnio en leche. El anfitrión no dormirá mientras los vecinos lo hagan. Como trabaja en el aeropuerto usa el cambio horario de los pasajeros, robándoles el sueño. No recibe denuncias. Los pasajeros están ocupados en sus tarjetas de plástico, corren agitados en otras lenguas, amarrados por cinturones divisorios del fin del torso y el inicio de las piernas. El anfitrión está escupido por acá. La mano en un rincón, el pie en otro, las rodillas sobre esto que se parece cada vez más al suelo. Pareciera rendido por los fármacos, si no viéramos una boca abierta bajo la cara oculta. El anfitrión nos sonríe, la rendición engañó a los chalecos, como el óleo a las arrugas, arqueadas por libros como noches, por clavos como muletas. Porque no es la tarta de ricota la que espera sino la comodidad de quitarse el traje que juramos llevar y escondemos en el placard. Porque fuimos dos ojos y una boca, cuatro ojos, dos bocas. El anfitrión nos había empapado, manchándonos el color de ese insomnio, de este o aquel que lo quitara de lo que sea que es la cama, rodeada de peces pincel, colegas de ronda, un trago por acá, a ver si se calma la jaula de perros, a ver si llama a la escritora y le muerde los dedos. Dónde empezará el living room, cuál será el living room, se pregunta un regalador de tazas. Aquella debe ser la cama, este capuchón irá con esta birome, qué color será la paleta de colores. Miren cómo nos mira el espejo, cubierto por telas de araña y cuchillos de papá, enmarcado por espadas de látex rompe huecos de piel, salpicado de besos blancos antes del patio. Ah, el patio, donde hormigas de hierro nos guían, mansas y fundidas, abrigadas por plantas, tan ajenas a la cédula hecha polvo. El anfitrión fumaba sin fumar, nariz transpirada, tanto vapor en pocas ventanas, como nubes de ojos en celo, corriéndonos antes de la lluvia, después de los abrazos y el corran, corran antes que se cure el insomnio, ¡la leche!

miércoles, 9 de junio de 2010

Juicio a la mujer que se tiñe

(Por Hipotálamo)
Los integrantes de la Junta de la Ultima Fila denunciaron a la señora que se tiñe por abandono a quienes supieron contenerla y abrigarla como nadie lo hizo, sobre todo con estas temperaturas.
A fin de desacreditar a la acusada, la Junta desnudó que es blanca la base de la cabeza de la señora y no de otro color (caoba, por ejemplo) ya que la tintura cedió un centímetro al crecimiento de pelo, dejando al descubierto problemas de raíz.
“¡Pero de pelo que es mío, maleducados!”, retrucó la señora de la cabeza ante la prensa, cuando el caso trascendió las salas de Tribunales. Al respecto, la Junta reconoció que una superficie rojiza ocupaba espacio entre la frente y la nuca y entre la oreja y la oreja.
La opinión pública, confundida como costumbre, quiso conocer el trasfondo de la cuestión, rechazando de plano matices superficiales como quién se tiñe y quién no.
La Junta recibió con agrado la inquietud mediática y empezó por la esquina de Juncal y Suipacha, donde la señora de la cabeza había subido al ómnibus por la puerta delantera, cmo buen ciudadano.
¡Pero por qué una señora tan coqueta eligió un ómnibus!, interrumpió el periodista, confundido como costumbre.
La respuesta no se hizo esperar. La defensa de la señora de la cabeza adujo la elección de su cliente a la falta de cambio para el taxi y, amén de las pocas cuadras, al cosquilleo del transporte público. Pero, aclaró la defensa, si la cliente llegó a la última fila fue solamente porque los pasajeros de las primeras filas simularon lectura y no se movieron de sus asientos.
De acuerdo, convino la Junta, pero si la señora de la cabeza no comparte nuestra ideología y respeta la suya viajaría de pie. En lugar de integrarse al grupo de la última fila, se sentó sobre el borde del asiento, incómoda desde el principio, sin el tupé de disculparse cuando sus bolsas golpearon la rodilla de un padre de familia. Como atenuante, la defensa hizo notar que los ronquidos y la música móvil de la última fila alteraron a la cliente, es decir a la señora de la cabeza, como lo haría con cualquier otra señora de cualquier otra cabeza.
La Junta reconoció que las diez horas laborales y los grupos de género tropical caracterizan a la última fila, pero de ninguna manera se hace responsable de la conducta de los señores de adelante, golpistas contra los principios de gentileza y cordialidad.
Testigos a favor de la Junta declararon que la cabeza de la señora de la cabeza se meneaba con rezongues, en clara señal de desprecio, y que recién respiró aliviada cuando un estudiante bajó en Peña y Ayacucho para abandonar la última fila y ocupar el asiento libre, sumándose a la comodidad individual.
¡Hágannos el favor y dejen en paz a una señora grande, gente de cuarta!, reclamó la amiga de la acusada.
La Junta desoyó cuestiones de edad indicando que en la mudanza de asiento la señora de la cabeza fue tan ágil como en los tiempos sin tintura y brincó tres veces hasta sentarse.
Retocándose el pelo, feliz, muy feliz, la señora de la cabeza miraba a la calle con muecas de picardía por el qué dirán las nietas cuando les cuente el viaje en ómnibus. Claramente no imaginaba las acciones legales de turno.
Condenada a viajar en subterráneos a hora pico, la Junta de la Ultima Fila celebró el fallo con asado popular. Fue el viernes al mediodía, en una esquina emblemática del barrio de Balvanera.

viernes, 4 de junio de 2010

Viaje al centro de la lycra

(Por Hipotálamo)
Brama la nuca, ¡truenos! Con auriculares nadie calla al coro de niños, trompeta anuncia suspenso, hilo con aguja, pie patea bajo cama. Páginas como sábanas entre pelos y sangre. El gran jabón pura pompa será, tan burbuja, apertura de paréntesis, cuatro cifras, guión, cuatro cifras, cierre de paréntesis, ¡biografías de neón! Usted qué hacía a tal edad, yo recibí tanto amor y nunca fui coro de niños. Si el tren no está limpio, si los vidrios, si el vendedor voz de radio, si los albañiles qué colectivos conviene, si todo eso juego a las caras de esas voces. Si en colectivo, el chofer pisa el freno pero lo hace porque mal armada fue la frase y la pausa ordena el recorrido. Atención, chicos de compra, las mercerías son un secreto terrible, vidrieras de brazos cortados por el codo, piernas por la rodilla, torsos sin brazos ni piernas, cabezas sin torso, guantes de mano, medias de lycra, camisones, hasta cascos de alambre para el maniquí sonriente porque el semáforo verde. Ah, grandioso sería el fin del motor, bajarse de cerca a la vidriera, vos, pegamento estira sonrisas, ¡cejas pintadas arcoíris! Ojos tan abiertos sin señal, pestañas de hule, bocas diciéndonos algo, brazos y torsos y piernas, cosidos por una mano real, el resto de la media de lycra hecha moño, metida en el hueco de lo hueso y carne, gasa calma sangre, ¡calma, sangre, calma!

lunes, 31 de mayo de 2010

Caramelo

(Por Hipotálamo)
Este caramelo es color lengua y tiene forma de cuadrado, de cuadrado pequeño, unos dos centímetros cuadrados. Es color lengua saliva, si lo vemos envuelto en el celofán transparente. Hace ruido el celofán, sobre todo cuando se despega del caramelo. Por leyes del tacto, el celofán agoniza abollado mientras el caramelo abruma vida. Una cosa color lengua sobre una lengua, colegas coquetas, histéricas, húmedas e inquietas. Inquietas, desde el primer choque, cuando el caramelo reposa en la lengua hasta que se amortigua y una breve jalea los revuelve por la pista, los cuela contra el paladar, los empuja al reservado, apretados entre dientes y paredes de carne. Acá adentro todo tiene color. Afuera, el gato negro corre sobre el cubrefutón amarillo. Acá adentro hay negros y amarillos. Es necesario que la boca no se abra para mantener la oscuridad. Acá adentro todo está bien, nena. La música cae desde las orejas y tu banda deberá tener un repertorio amplio. Al menos hasta que el caramelo sea una pátina, apenas eso, tan irresistible para morderlo y las astillas se peguen a la comisura de los dientes. Otras astillas flotarán por el túnel de garganta, única escapatoria. La boca seguirá sin abrirse ni habrá menthol que obligue a la tos. Inútil, nena, buscar este caramelo en tu kiosco amigo. Lo receta una doctora. Con receta en mano autenticada por el sello autenticado por la facultad de Medicina autenticada por el subte línea D, dame la la mano, subamos por la escalera mecánica, sobremos al guardia, no miremos el locker. No robarás y lo sé, sólo veremos al farmacéutico alterado, soportaremos el agua de sus ojos, la lengua como humectante labial, y un caramelo cada seis horas, señor. Dijo señor. ¿Cuándo empezamos a elegir la escalera mecánica?

martes, 6 de abril de 2010

Foto casera

(Por Hipotálamo)
Al subir por la escalera principal, frente a un restaurador de muñecas antiguas, un taller con instrumentos de aire. El músico enseña a tocarlos lunes, miércoles y sábados, de 10 a 16 horas. En su momento (ya no lo es) viajó a Génova, una ciudad de Italia, un país de Europa. Así lo cuenta el recorte de un reportaje de un periódico italiano. De hecho, el idioma del reportaje era italiano. El recorte cuelga de cuatro chinches. Sobre un corcho. El recorte funciona como publicidad.
Casi una página ocupaba el reportaje. ¡Y una foto lo ilustraba! El músico aparecía con tres músicos más. Un cuarteto, sin dudas. Vestían camisa y corbata. Negras y sedosas. Y pantalón de traje gris. Los zapatos no se veían. Los músicos sonreían a la lente del fotógrafo del periódico. Una mano sostenía el instrumento que cada uno tocaba. A la izquierda del recorte del periódico había una foto dedicada por Astor Piazzolla, un compositor de tangos. La firma no se entendía pero el bigote y el bandoneón eran de Piazzolla.
Debajo del recorte, había imágenes de músicos de jazz. Apenas se veían las retinas blancas por encima de negros cachetes inflados. De puño y tinta, un dibujo del músico a cargo de Sábat, un caricaturista de Clarín, un diario de Argentina, un país de Sudamérica La caricatura insinúa las amistades del músico con otros artistas. Conocidos del ambiente, en todo caso.
También había una foto casera, un retrato del músico en el living tocando con otras personas. No eran los del cuarteto. Una de las personas era joven, probablemente el hijo. El músico usa bermudas. El joven lleva musculosa. Alguien debe cumplir años en verano.
Se percibe cómo hacían música por hacerla, sin espectadores ni escenario. El músico les daba el gusto a unos amigos y pocos familiares, cuando viene una persona, probablemente la mujer, entonces la madre del joven, y saca la foto con el apuro del aficionado, tímida por la interrupción. Lógicamente resulta torcido el encuadre, en plano contra supino. Una foto totalmente casera, ajena a la del periódico.
Luego del adiós a unos amigos y pocos familiares, el músico recogió la mesa (si se chupó el dedo tuvo que ser torta, tuvo que ser cumpleaños), se ocupó de los platos y abrió la canilla del agua. Al día siguiente la mujer imprimió el recuerdo y se la llevó al taller. Según se observaba en la foto ya revelada, la mujer, la madre, la tomó con una cámara digital en hora y fecha desajustadas.
Se trata de la única imagen relativamente actual, rodeada de sepia y blanco y negro. Sobre un corcho. Algo similar sucede con peluqueros o tatuadores. Ilustran las vidrieras de sus locales comerciales con viejas fotos de famosos a los que atendieron. A ese conductor de tv le alteraron el flequillo. A ese futbolista le dibujaron un dragón. Fueron esto. Ya no lo son. Ahora son esto, una foto casera. Lástima el encuadre.

lunes, 15 de marzo de 2010

Humedad

(Por Hipotálamo)
El pene eyacula. Rápidamente tomamos aire, pensamos en referencias al pene. Como pene, tan doctor, tan bájese el pantalón; como pija, tan vulgar, tan papito; o como pito, tan infantil, tan a ver.
El pene eyaculó. El pene late. No así el cuerpo, tradicionalmente ajeno a pelvis y extensiones.
Eyaculado el pene, nace un río de hormigas. Crece sobre las aguas del músculo pensado para la cartera de la dama o, si cambia de canal, el bolsillo del caballero.
El pene orina.
Previo al orín, un breve manantial había emergido. La mano soltó el pene y abrió la canilla. Nadaron milímetros de orina por el canal púbico.
El pene orinó. Varias hormigas acompañaron la travesía. Algunas eran cobrizas, otras rojas, pocas negras. Todas fueron ahogadas en el inodoro, víctimas de un chorro tan potente que el papel higiénico secará la tabla.
El papel comparte el destino fatal de las hormigas. A medida que la orina se despide del pene, la mano que no sujeta el pene pulsa un botón y el papel acompaña el mareo, como si desconfiara de pasar a esa vida de alcantarillas, bajo tierra, recipiente de todas las descargas de todos los habitantes de una ciudad que es Buenos Aires, cercana a otras ciudades que no son Buenos Aires.
El papel ya mareado ha remoloneado hasta que débil, sin la pinta de la textura seca, se hizo humedad, desintegrándose, sin energía para el último grito, ya silenciado por la cadena, ya espectro. Adiós, papel. Gracias, papel.
Algunas hormigas sobreviven a semejante agonía. Como si se hubieran comprimido en otro formato (en un formato no hormiga, por ejemplo) regresan al nacimiento de aquel río. Palpan el alivio cuando un susto por el grito del calefón o una risa por la cosquilla del sacudón las revuelve, las agita hasta subirlas al pecho, dejándolas navegar sobre las costillas, ordenándoles el saludo a los riñones, qué se piensan.
Cansadas del viaje, las hormigas dejan sus pertenencias instalándose en la espalda del dueño del pene, una elección coherente con el trajín del dueño de un pene que, recordemos, eyaculó y orinó.
Fresco, el dueño del pene vuelve a la cama, se acuesta boca arriba, aplastando a las hormigas sin dañarlas. Pícaras hormigas, eligieron una zona confortable por tacto y temperatura, cómplice del colchón, en pleno roce con las sábanas limpias, como las de un sábado a la mañana de una ciudad hermosa que es Buenos Aires, cercana a otras ciudades hermosas que no son Buenos Aires.

jueves, 11 de marzo de 2010

(Por Hipotálamo)
Son palabras al azar, mientras el cigarro une boca, el humo ahoga nariz, entrecierra ojos mirones, tibios ante las teclas hundidas, imponderable bodrio sonoro, como si cada letra fuera igual y necesitara soplarse tres veces seguidas para reavivar la brasa cuando piensa si brasa es con ese o con zeta, apenas un detalle comparado a lo que viene detrás de la hoja en blanco, incierto mantel salpicado de manchas negras delgadas, círculos, colas, mástiles y tajos, porque se cuelan dos hombres metidos con la muerte de alguien, y lo que parece incomodidad en el público es la energía del aparato, toma aire, el humo se pierde por los pocos huecos libres desde que batería, pen-drive, cds y banda ancha son palabras, abreviaturas, sin necesidad de aclaración, como si pensaras en las palabras que usamos sin cuestionamiento y fueran aceptadas de la misma manera por quienes las leen, una pérdida del mensaje, una bifurcación del contenido de todas maneras comprendido por las fallas de ambos polos, como si naif o snob fueran lo mismo y cuando alguien las pronuncia, aunque se refiera a la otra, la cabeza aprobara con el típico meneo de arriba abajo, de arriba abajo y claro, claro.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Se anuncia el arribo

(Por Hipotálamo, o’clock)
Estoy sentado sobre el suelo de un parque redondo como un reloj de pared (redondo). Como acostumbro ocupo el centro, convirtiéndome en el eje del cual se sujetan las dos agujas que dan la hora. La aguja que responde al segundero está allá abajo, cerca de un árbol. Si alzo la vista con el cuello erguido miro las doce en punto. A partir de ahí basta que gire mi cabeza con sus ojos para identificar desde dónde me llegan los sonidos. Trato este tema porque mi atención se centra en la lectura de la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo hasta que a las tres y diez o a las dos y cuarto aparecen los acordes de la guitarra de Eugenia. No existe diferencia horaria entre el mundo Eugenia y el mundo Alfredo, sólo que no sé cuál aguja responde a la hora y cuál a los minutos. La proximidad física de Eugenia (unos trece centímetros) influye para que su do sostenido sea el primero del relato. El resto de los adeptos al aire fresco se encuentra a distintas distancias.
No poseo cualidades acústicas extraordinarias. Por eso me intriga cómo el murmullo del río que vive entre las nueve menos cuarto y las tres menos cuarto suena más que el grito de una niña de tres años cuando cayó por las rocas de la orilla (o sea más cerca que el río) a las once menos cinco. A mi izquierda, tres ciclistas suben desde las siete y media o seis y treinta y cinco hasta las diez menos diez, no encuentran sombra y se vuelven por donde vinieron. Otro niño de camisa azul amenaza tirar una piedra a las dos y veinte o cuatro y diez pero la deja bajo su pie cuando la madre lo reta desde las cinco y veinticinco. Hablando de arribos, un avión pasa por encima de todos sin hora fija: nace a eso de las ocho menos veinte y desaparece a las doce y cinco o una en punto. Entre los acordes de Eugenia, un momento Disney en vivo: a las cinco y media o seis y veinticinco, nene y padre anglosajones: “dad, look at the butterflies!”, “yes, son, they’re landing on the flowers”, “woooow!”.
Al rato (qué es un rato, cinco, tres minutos...) una beba aprende a caminar y lo anuncia a balbuceo limpio a las dos y cuarto o tres y diez, se cae, llora, y vuelve a empezar desde las dos en punto o doce y diez. Detrás del rasguido de Eugenia y un insulto por la cuerda y el puente que lo parió un tal William es llamado por una madre (no se me ofenda, señora) sin cara de saber qué es una butterfly. Las hijas la callan con mirada ay, mamá, a las tres y veinte o cuatro y cuarto. Qué pasa detrás del eje, a eso de las seis y media, es una buena pregunta: hay cinco bancos ocupados por siete personas, una duerme, cuatro toman sol y dos contemplan el río. Cuando un muchacho mete un gol y le grita a su novia si vio cómo pasó el arquero son las diez menos veinte u ocho menos diez. Hasta que por fin Eugenia canta y los sonidos empiezan a callarse. Uno a uno se acerca, pide permiso, salta el par de agujas y toma asiento. La música de la tarde se escucha desde las nueve menos diez o diez menos cuarto hasta las cinco y veinticinco, donde seguía la madre, explicando cómo con una piedra podés lastimar a alguien, mi amor.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La galletita de la mañana


(Por Hipotálamo, claro)
Usted despierta un buen día, un buen día porque despierta, de hecho el cuerpo es un hecho, bufa un poco porque acaba de bufar un poco, encima a la noche no acaba, y la mañana empieza con otro dolor, un inadvertido puntapié al inadvertido zócalo camino a la cocina. Pone el agua y como algo tiene que hacer el dedito tira la costra de almíbar del párpado, ojo dedito abuso, refregás como si no hubiera ojo. Silba la pava como silban los pavos amortiguando el chirrido por un dolor en aquel pie, un dolor de calor hasta el empeine, bienvenida de los sentidos, remolones hasta la hornalla, fuego y tuy la puta cuando el primer amargo le infla la lengua. Amortiguada la palabra usted piensa en el corte de cintas sobre ese puente que lleva lo exterior (agua, tanque de agua, caño, pava, mate) hasta su interior (boca, lengua, tráquea, tuy, panza). A simple vista usted chupó un mate caliente con un poco de polvo y esta bombilla que hay que cambiar pero no ahora que hurgó la alacena y desnudó un paquete de celofán, y encima anoche, así que cébese otro, pase la absurda galletita de la mañana, y ahora la miga se mete en el relato por lo que vamos a esperar que tosa, eso buen hombre, tosa porque la bombilla no es el único cambio del día y necesitará claridad fonética para la gran decisión gran seguida del gran insulto gran. Después del vasito de agua (gracias, querida) le quitará la percha a la camisa ni enterada del cambio de porte, frente al espejo acomódese el nudo, por favor, piense el desenlace, tirite, otro mate caliente, vamos.
El lunes de decisiones llega por otro puente a la altura de una calle donde ya no se gira tan fácilmente, así que aplausos. Usted sabía que debía estar a las ocho en Talcahuano y Lavalle pero calló cuando el taxista siguió hasta Córdoba y Suipacha. Quiso dejarse llevar pero le paró el entusiasmo por tanta radio y bocina, deténgase en la esquina, deje, camino. Pateó el cordón de la banquina y esas cinco cuadras de arrepentido. Saludó con las cejas al portero, el boludo de Omar, ningún boludo, claro, qué culpa tiene de San Lorenzo y de la sonrisa de cada mañana, anfitriona planta baja, preámbulo de lo siete pisos arriba. Las cuadras y el hermetismo del ascensor lo guían derecho al baño, antesala del gran discurso gran, coma, insulto. Antes sáquese el sudor con agua y jabón, reniegue de las toallas de papel, siempre tan distantes, siempre hilo húmedo en la quijada, toque la puerta, tome aire, permiso sin adelante y mire la mano del jefe, apurada sobre el mouse que no cierra esa ventanita y el quién se cree éste que pasa sin preguntar. Entonces todo se vuelve un qué querés, Heredia, un renuncio, hijo de puta, un qué decís, un lo que escuchaste, hijo…, tose, un hijo de… tose de nuevo. El jefe le acerca el vaso, se calma la garganta, recupera el aire, se seca el agua de los ojos, ajusta el nudo tironeado, y el desenlace es un haceme el favor y terminá lo que te pedí, vamos.
La camisa extraña la tensión de la percha, flota en su hombro arqueado mientras pasa al escritorio y usted abre el excel pensando en qué fallé si el espejo le había devuelto confianza. Habrá sido la respuesta del jefe, sobre todo la segunda, será un problema cuando lo tutea, cuando lo ningunea, ea, qué pasa acá, mejor abra un documento en blanco y hágame un breve repaso del día que empezó anoche, recuerde el bufido, anote el pie, el mate, la tos, la galletita de la mañana, eso, anote la galletita de la mañana.

viernes, 22 de enero de 2010

Tucumán


(Por Hipotálamo)
Tucumán, murmullo de pocillos; Tucumán, puñetazos a las mesas; Tucumán, camisas a cuadro; Tucumán, ausencia de eses; Tucumán, sobredosis de diminutivos; Tucumán, grandes blusas violetas; Tucumán, tinturas de vecina; Tucumán, bolsas de regalo con camisas a cuadro; Tucumán, mensajes de texto bajo naranjos; Tucumán, sobres de cuero, papeles en mano, las correas empapan; Tucumán, gaseosas de manzana, pequeñas; Tucumán, cruces a mitad de cuadra, trote hasta la vereda; Tucumán, mangas cortas, cuarto botón desprendido, pelo en pecho; Tucumán, bicicletas encadenadas a los árboles; Tucumán, panchuques y helados de máquina; Tucumán, Dyango en la radio; quieto, Tucumán, dos sorpresas: un oriental cincuentón y el hombre sin eses reta a su amigo porque te amo, culiao; Tucumán, camisetas de fútbol, pantalones de rugby; Tucumán, exceso del verbo remar, una luca, dos lucas, Luquitas; Tucumán, otra sorpresa, el chofer de la convy del ministerio de salud viste de negro, amas de casa se acercan a preguntar qué regalan, escuchan condiciones para una maratón a beneficio; Tucumán, detrás de mi ventana se cuela el amigo puma de Sandro; Tucumán, dos motos, tres cascos; Tucumán, otras mesas, otros diálogos, gaseosas grandes, sánguches de ternera en pan negro para ella, ya viene la playa; Tucumán, voyalale, no, falta una letra que convierta una palabra en una frase, voy a la Ale, ¿no?; Tucumán, bombos y tamboril, una pancarta, una mujer de dos parantes, rostro de tela amarilla, torso de sábanas; Tucumán, bajen las armas, clama el centenar; Tucumán, niñas de una murga cantan y saltan dentro de sus fracs azul lentejuela, cinco estudiantes de ciencias sociales, mozos de un bar cultural (?), acompañan la marcha en orden para que se lean sus cinco remeras, ba-jen-las-ar-mas; Tucumán, el tránsito se reanuda; Tucumán, banderines rojos y oro, coronas verdes disfrazan postes grises de luz; Tucumán, las camionetas vidrio oscuro; Tucumán, un ciclista espera qué hará el taxista, siguen por calle San Martín; Tucumán, las narices y las mandíbulas se secan con las mangas cortas de las camisas a cuadro; Tucumán, algunas caras se repiten por calles que se repiten; Tucumán, una empleada pública; Tucumán, lapicera bic; Tucumán, camiseta blanca; Tucumán, saco rosa; Tucumán, rodete de lapicera bic.

miércoles, 20 de enero de 2010

Ejercicio


(Por Hipotálamo)
La sombra de la mano sobre el papel se detiene cuando un estribillo me gusta aunque no me gusta escribir me gusta más allá de que esto es una escritura sin filtros de una mente sin mejores palabras en ese momento que me gusten. Evidentemente qué palabra larga es evidentemente. La pausa que generan los puntos seguidos insinúa que este atisbo de ejercicio puede estar llegando a su fin y el dolor en el arco de la mano derecha me acerca al punto final hasta que encuentro la manera de agarrar la lapicera. Tampoco me gusta decir agarrar y de repente construyo una pequeña frase con dos palabras que no me gustan y acá va otra más porque me gusta ver la pelota que tengo bajo mi camisa y cómo la luz y la redondez, por no decir circunferencia, amén de esas palabras que se callan para no repetir un concepto y se busca la forma creíble de generar el sinónimo de idea.
No tenía demasiadas intenciones con esta lapicera negra pero como seguí mi apuro por escribir las palabras, el pulso es distinto en cada una de ellas, por ejemplo con las que tienen m y que serán comentadas por el impulso y la confianza de que luego serán leídas y cortadas aunque no servirán como manuscrito en manos de un editor y eso cuestiona mis ambiciones y mejor pienso en las imágenes que cubren edificios sobre la principal avenida de Buenos Aires (¿por qué no decir 9 de Julio a secas?), imágenes que ocultan lo que pasa detrás de la fachada casualmente de un banco y, peor aún, levantan la mirada de los transeúntes así eviten las familias de indigentes que duermen y viven y duermen bajo esa gran fotografía que destaca los rituales de la ciudad como la picada y el vermut del domingo, la pelopincho de un Gardel de entrecasa, y el musculoso de la espuma, vecino de los acobijados bajo la lente de Marcos López, Marquitos, a quien vieron una noche y le pidieron una moneda, cara de circunstancia, sombra.