martes, 6 de abril de 2010

Foto casera

(Por Hipotálamo)
Al subir por la escalera principal, frente a un restaurador de muñecas antiguas, un taller con instrumentos de aire. El músico enseña a tocarlos lunes, miércoles y sábados, de 10 a 16 horas. En su momento (ya no lo es) viajó a Génova, una ciudad de Italia, un país de Europa. Así lo cuenta el recorte de un reportaje de un periódico italiano. De hecho, el idioma del reportaje era italiano. El recorte cuelga de cuatro chinches. Sobre un corcho. El recorte funciona como publicidad.
Casi una página ocupaba el reportaje. ¡Y una foto lo ilustraba! El músico aparecía con tres músicos más. Un cuarteto, sin dudas. Vestían camisa y corbata. Negras y sedosas. Y pantalón de traje gris. Los zapatos no se veían. Los músicos sonreían a la lente del fotógrafo del periódico. Una mano sostenía el instrumento que cada uno tocaba. A la izquierda del recorte del periódico había una foto dedicada por Astor Piazzolla, un compositor de tangos. La firma no se entendía pero el bigote y el bandoneón eran de Piazzolla.
Debajo del recorte, había imágenes de músicos de jazz. Apenas se veían las retinas blancas por encima de negros cachetes inflados. De puño y tinta, un dibujo del músico a cargo de Sábat, un caricaturista de Clarín, un diario de Argentina, un país de Sudamérica La caricatura insinúa las amistades del músico con otros artistas. Conocidos del ambiente, en todo caso.
También había una foto casera, un retrato del músico en el living tocando con otras personas. No eran los del cuarteto. Una de las personas era joven, probablemente el hijo. El músico usa bermudas. El joven lleva musculosa. Alguien debe cumplir años en verano.
Se percibe cómo hacían música por hacerla, sin espectadores ni escenario. El músico les daba el gusto a unos amigos y pocos familiares, cuando viene una persona, probablemente la mujer, entonces la madre del joven, y saca la foto con el apuro del aficionado, tímida por la interrupción. Lógicamente resulta torcido el encuadre, en plano contra supino. Una foto totalmente casera, ajena a la del periódico.
Luego del adiós a unos amigos y pocos familiares, el músico recogió la mesa (si se chupó el dedo tuvo que ser torta, tuvo que ser cumpleaños), se ocupó de los platos y abrió la canilla del agua. Al día siguiente la mujer imprimió el recuerdo y se la llevó al taller. Según se observaba en la foto ya revelada, la mujer, la madre, la tomó con una cámara digital en hora y fecha desajustadas.
Se trata de la única imagen relativamente actual, rodeada de sepia y blanco y negro. Sobre un corcho. Algo similar sucede con peluqueros o tatuadores. Ilustran las vidrieras de sus locales comerciales con viejas fotos de famosos a los que atendieron. A ese conductor de tv le alteraron el flequillo. A ese futbolista le dibujaron un dragón. Fueron esto. Ya no lo son. Ahora son esto, una foto casera. Lástima el encuadre.

lunes, 15 de marzo de 2010

Humedad

(Por Hipotálamo)
El pene eyacula. Rápidamente tomamos aire, pensamos en referencias al pene. Como pene, tan doctor, tan bájese el pantalón; como pija, tan vulgar, tan papito; o como pito, tan infantil, tan a ver.
El pene eyaculó. El pene late. No así el cuerpo, tradicionalmente ajeno a pelvis y extensiones.
Eyaculado el pene, nace un río de hormigas. Crece sobre las aguas del músculo pensado para la cartera de la dama o, si cambia de canal, el bolsillo del caballero.
El pene orina.
Previo al orín, un breve manantial había emergido. La mano soltó el pene y abrió la canilla. Nadaron milímetros de orina por el canal púbico.
El pene orinó. Varias hormigas acompañaron la travesía. Algunas eran cobrizas, otras rojas, pocas negras. Todas fueron ahogadas en el inodoro, víctimas de un chorro tan potente que el papel higiénico secará la tabla.
El papel comparte el destino fatal de las hormigas. A medida que la orina se despide del pene, la mano que no sujeta el pene pulsa un botón y el papel acompaña el mareo, como si desconfiara de pasar a esa vida de alcantarillas, bajo tierra, recipiente de todas las descargas de todos los habitantes de una ciudad que es Buenos Aires, cercana a otras ciudades que no son Buenos Aires.
El papel ya mareado ha remoloneado hasta que débil, sin la pinta de la textura seca, se hizo humedad, desintegrándose, sin energía para el último grito, ya silenciado por la cadena, ya espectro. Adiós, papel. Gracias, papel.
Algunas hormigas sobreviven a semejante agonía. Como si se hubieran comprimido en otro formato (en un formato no hormiga, por ejemplo) regresan al nacimiento de aquel río. Palpan el alivio cuando un susto por el grito del calefón o una risa por la cosquilla del sacudón las revuelve, las agita hasta subirlas al pecho, dejándolas navegar sobre las costillas, ordenándoles el saludo a los riñones, qué se piensan.
Cansadas del viaje, las hormigas dejan sus pertenencias instalándose en la espalda del dueño del pene, una elección coherente con el trajín del dueño de un pene que, recordemos, eyaculó y orinó.
Fresco, el dueño del pene vuelve a la cama, se acuesta boca arriba, aplastando a las hormigas sin dañarlas. Pícaras hormigas, eligieron una zona confortable por tacto y temperatura, cómplice del colchón, en pleno roce con las sábanas limpias, como las de un sábado a la mañana de una ciudad hermosa que es Buenos Aires, cercana a otras ciudades hermosas que no son Buenos Aires.

jueves, 11 de marzo de 2010

(Por Hipotálamo)
Son palabras al azar, mientras el cigarro une boca, el humo ahoga nariz, entrecierra ojos mirones, tibios ante las teclas hundidas, imponderable bodrio sonoro, como si cada letra fuera igual y necesitara soplarse tres veces seguidas para reavivar la brasa cuando piensa si brasa es con ese o con zeta, apenas un detalle comparado a lo que viene detrás de la hoja en blanco, incierto mantel salpicado de manchas negras delgadas, círculos, colas, mástiles y tajos, porque se cuelan dos hombres metidos con la muerte de alguien, y lo que parece incomodidad en el público es la energía del aparato, toma aire, el humo se pierde por los pocos huecos libres desde que batería, pen-drive, cds y banda ancha son palabras, abreviaturas, sin necesidad de aclaración, como si pensaras en las palabras que usamos sin cuestionamiento y fueran aceptadas de la misma manera por quienes las leen, una pérdida del mensaje, una bifurcación del contenido de todas maneras comprendido por las fallas de ambos polos, como si naif o snob fueran lo mismo y cuando alguien las pronuncia, aunque se refiera a la otra, la cabeza aprobara con el típico meneo de arriba abajo, de arriba abajo y claro, claro.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Se anuncia el arribo

(Por Hipotálamo, o’clock)
Estoy sentado sobre el suelo de un parque redondo como un reloj de pared (redondo). Como acostumbro ocupo el centro, convirtiéndome en el eje del cual se sujetan las dos agujas que dan la hora. La aguja que responde al segundero está allá abajo, cerca de un árbol. Si alzo la vista con el cuello erguido miro las doce en punto. A partir de ahí basta que gire mi cabeza con sus ojos para identificar desde dónde me llegan los sonidos. Trato este tema porque mi atención se centra en la lectura de la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo hasta que a las tres y diez o a las dos y cuarto aparecen los acordes de la guitarra de Eugenia. No existe diferencia horaria entre el mundo Eugenia y el mundo Alfredo, sólo que no sé cuál aguja responde a la hora y cuál a los minutos. La proximidad física de Eugenia (unos trece centímetros) influye para que su do sostenido sea el primero del relato. El resto de los adeptos al aire fresco se encuentra a distintas distancias.
No poseo cualidades acústicas extraordinarias. Por eso me intriga cómo el murmullo del río que vive entre las nueve menos cuarto y las tres menos cuarto suena más que el grito de una niña de tres años cuando cayó por las rocas de la orilla (o sea más cerca que el río) a las once menos cinco. A mi izquierda, tres ciclistas suben desde las siete y media o seis y treinta y cinco hasta las diez menos diez, no encuentran sombra y se vuelven por donde vinieron. Otro niño de camisa azul amenaza tirar una piedra a las dos y veinte o cuatro y diez pero la deja bajo su pie cuando la madre lo reta desde las cinco y veinticinco. Hablando de arribos, un avión pasa por encima de todos sin hora fija: nace a eso de las ocho menos veinte y desaparece a las doce y cinco o una en punto. Entre los acordes de Eugenia, un momento Disney en vivo: a las cinco y media o seis y veinticinco, nene y padre anglosajones: “dad, look at the butterflies!”, “yes, son, they’re landing on the flowers”, “woooow!”.
Al rato (qué es un rato, cinco, tres minutos...) una beba aprende a caminar y lo anuncia a balbuceo limpio a las dos y cuarto o tres y diez, se cae, llora, y vuelve a empezar desde las dos en punto o doce y diez. Detrás del rasguido de Eugenia y un insulto por la cuerda y el puente que lo parió un tal William es llamado por una madre (no se me ofenda, señora) sin cara de saber qué es una butterfly. Las hijas la callan con mirada ay, mamá, a las tres y veinte o cuatro y cuarto. Qué pasa detrás del eje, a eso de las seis y media, es una buena pregunta: hay cinco bancos ocupados por siete personas, una duerme, cuatro toman sol y dos contemplan el río. Cuando un muchacho mete un gol y le grita a su novia si vio cómo pasó el arquero son las diez menos veinte u ocho menos diez. Hasta que por fin Eugenia canta y los sonidos empiezan a callarse. Uno a uno se acerca, pide permiso, salta el par de agujas y toma asiento. La música de la tarde se escucha desde las nueve menos diez o diez menos cuarto hasta las cinco y veinticinco, donde seguía la madre, explicando cómo con una piedra podés lastimar a alguien, mi amor.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La galletita de la mañana


(Por Hipotálamo, claro)
Usted despierta un buen día, un buen día porque despierta, de hecho el cuerpo es un hecho, bufa un poco porque acaba de bufar un poco, encima a la noche no acaba, y la mañana empieza con otro dolor, un inadvertido puntapié al inadvertido zócalo camino a la cocina. Pone el agua y como algo tiene que hacer el dedito tira la costra de almíbar del párpado, ojo dedito abuso, refregás como si no hubiera ojo. Silba la pava como silban los pavos amortiguando el chirrido por un dolor en aquel pie, un dolor de calor hasta el empeine, bienvenida de los sentidos, remolones hasta la hornalla, fuego y tuy la puta cuando el primer amargo le infla la lengua. Amortiguada la palabra usted piensa en el corte de cintas sobre ese puente que lleva lo exterior (agua, tanque de agua, caño, pava, mate) hasta su interior (boca, lengua, tráquea, tuy, panza). A simple vista usted chupó un mate caliente con un poco de polvo y esta bombilla que hay que cambiar pero no ahora que hurgó la alacena y desnudó un paquete de celofán, y encima anoche, así que cébese otro, pase la absurda galletita de la mañana, y ahora la miga se mete en el relato por lo que vamos a esperar que tosa, eso buen hombre, tosa porque la bombilla no es el único cambio del día y necesitará claridad fonética para la gran decisión gran seguida del gran insulto gran. Después del vasito de agua (gracias, querida) le quitará la percha a la camisa ni enterada del cambio de porte, frente al espejo acomódese el nudo, por favor, piense el desenlace, tirite, otro mate caliente, vamos.
El lunes de decisiones llega por otro puente a la altura de una calle donde ya no se gira tan fácilmente, así que aplausos. Usted sabía que debía estar a las ocho en Talcahuano y Lavalle pero calló cuando el taxista siguió hasta Córdoba y Suipacha. Quiso dejarse llevar pero le paró el entusiasmo por tanta radio y bocina, deténgase en la esquina, deje, camino. Pateó el cordón de la banquina y esas cinco cuadras de arrepentido. Saludó con las cejas al portero, el boludo de Omar, ningún boludo, claro, qué culpa tiene de San Lorenzo y de la sonrisa de cada mañana, anfitriona planta baja, preámbulo de lo siete pisos arriba. Las cuadras y el hermetismo del ascensor lo guían derecho al baño, antesala del gran discurso gran, coma, insulto. Antes sáquese el sudor con agua y jabón, reniegue de las toallas de papel, siempre tan distantes, siempre hilo húmedo en la quijada, toque la puerta, tome aire, permiso sin adelante y mire la mano del jefe, apurada sobre el mouse que no cierra esa ventanita y el quién se cree éste que pasa sin preguntar. Entonces todo se vuelve un qué querés, Heredia, un renuncio, hijo de puta, un qué decís, un lo que escuchaste, hijo…, tose, un hijo de… tose de nuevo. El jefe le acerca el vaso, se calma la garganta, recupera el aire, se seca el agua de los ojos, ajusta el nudo tironeado, y el desenlace es un haceme el favor y terminá lo que te pedí, vamos.
La camisa extraña la tensión de la percha, flota en su hombro arqueado mientras pasa al escritorio y usted abre el excel pensando en qué fallé si el espejo le había devuelto confianza. Habrá sido la respuesta del jefe, sobre todo la segunda, será un problema cuando lo tutea, cuando lo ningunea, ea, qué pasa acá, mejor abra un documento en blanco y hágame un breve repaso del día que empezó anoche, recuerde el bufido, anote el pie, el mate, la tos, la galletita de la mañana, eso, anote la galletita de la mañana.

viernes, 22 de enero de 2010

Tucumán


(Por Hipotálamo)
Tucumán, murmullo de pocillos; Tucumán, puñetazos a las mesas; Tucumán, camisas a cuadro; Tucumán, ausencia de eses; Tucumán, sobredosis de diminutivos; Tucumán, grandes blusas violetas; Tucumán, tinturas de vecina; Tucumán, bolsas de regalo con camisas a cuadro; Tucumán, mensajes de texto bajo naranjos; Tucumán, sobres de cuero, papeles en mano, las correas empapan; Tucumán, gaseosas de manzana, pequeñas; Tucumán, cruces a mitad de cuadra, trote hasta la vereda; Tucumán, mangas cortas, cuarto botón desprendido, pelo en pecho; Tucumán, bicicletas encadenadas a los árboles; Tucumán, panchuques y helados de máquina; Tucumán, Dyango en la radio; quieto, Tucumán, dos sorpresas: un oriental cincuentón y el hombre sin eses reta a su amigo porque te amo, culiao; Tucumán, camisetas de fútbol, pantalones de rugby; Tucumán, exceso del verbo remar, una luca, dos lucas, Luquitas; Tucumán, otra sorpresa, el chofer de la convy del ministerio de salud viste de negro, amas de casa se acercan a preguntar qué regalan, escuchan condiciones para una maratón a beneficio; Tucumán, detrás de mi ventana se cuela el amigo puma de Sandro; Tucumán, dos motos, tres cascos; Tucumán, otras mesas, otros diálogos, gaseosas grandes, sánguches de ternera en pan negro para ella, ya viene la playa; Tucumán, voyalale, no, falta una letra que convierta una palabra en una frase, voy a la Ale, ¿no?; Tucumán, bombos y tamboril, una pancarta, una mujer de dos parantes, rostro de tela amarilla, torso de sábanas; Tucumán, bajen las armas, clama el centenar; Tucumán, niñas de una murga cantan y saltan dentro de sus fracs azul lentejuela, cinco estudiantes de ciencias sociales, mozos de un bar cultural (?), acompañan la marcha en orden para que se lean sus cinco remeras, ba-jen-las-ar-mas; Tucumán, el tránsito se reanuda; Tucumán, banderines rojos y oro, coronas verdes disfrazan postes grises de luz; Tucumán, las camionetas vidrio oscuro; Tucumán, un ciclista espera qué hará el taxista, siguen por calle San Martín; Tucumán, las narices y las mandíbulas se secan con las mangas cortas de las camisas a cuadro; Tucumán, algunas caras se repiten por calles que se repiten; Tucumán, una empleada pública; Tucumán, lapicera bic; Tucumán, camiseta blanca; Tucumán, saco rosa; Tucumán, rodete de lapicera bic.

miércoles, 20 de enero de 2010

Ejercicio


(Por Hipotálamo)
La sombra de la mano sobre el papel se detiene cuando un estribillo me gusta aunque no me gusta escribir me gusta más allá de que esto es una escritura sin filtros de una mente sin mejores palabras en ese momento que me gusten. Evidentemente qué palabra larga es evidentemente. La pausa que generan los puntos seguidos insinúa que este atisbo de ejercicio puede estar llegando a su fin y el dolor en el arco de la mano derecha me acerca al punto final hasta que encuentro la manera de agarrar la lapicera. Tampoco me gusta decir agarrar y de repente construyo una pequeña frase con dos palabras que no me gustan y acá va otra más porque me gusta ver la pelota que tengo bajo mi camisa y cómo la luz y la redondez, por no decir circunferencia, amén de esas palabras que se callan para no repetir un concepto y se busca la forma creíble de generar el sinónimo de idea.
No tenía demasiadas intenciones con esta lapicera negra pero como seguí mi apuro por escribir las palabras, el pulso es distinto en cada una de ellas, por ejemplo con las que tienen m y que serán comentadas por el impulso y la confianza de que luego serán leídas y cortadas aunque no servirán como manuscrito en manos de un editor y eso cuestiona mis ambiciones y mejor pienso en las imágenes que cubren edificios sobre la principal avenida de Buenos Aires (¿por qué no decir 9 de Julio a secas?), imágenes que ocultan lo que pasa detrás de la fachada casualmente de un banco y, peor aún, levantan la mirada de los transeúntes así eviten las familias de indigentes que duermen y viven y duermen bajo esa gran fotografía que destaca los rituales de la ciudad como la picada y el vermut del domingo, la pelopincho de un Gardel de entrecasa, y el musculoso de la espuma, vecino de los acobijados bajo la lente de Marcos López, Marquitos, a quien vieron una noche y le pidieron una moneda, cara de circunstancia, sombra.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Todos los fuegos, el fuego


(Por Hipotálamo)
Si abrís la boca se te cae el cigarrillo. Un Commander, ¿verdad? ¿Por eso no hablás? Si lo pensás bien, serviría para pedirme fuego. No, no me vengás con que qué vas a hacer, que sos como tu vecina, una mujer de satén rojo llegada desde un museo de Madrid. Podés contarme sobre qué hablan cuando me duermo. ¿Le susurrás el capítulo siete? Algo te conozco así que entre los dos puse un mapa de Londres con letra de Nadia, encantada con la transcripción de tus viajes en ascensor hasta que olvides la hipoteca y la religión. “Oh, hazme una máscara”, citabas al inicio de aquel relato. ¿Eso es? En todo caso, necesitás una máscara de espejos así profundizás sobre Johnny. La que usás en blanco y negro no me convence. Apenas se destaca tu rostro gris cortado por el cigarrillo que sigue sin caerse (un Commander, ¿verdad?) Ahora que te miro bien, me gusta la arruga entre tus cejas, como un tajo de interrogantes. Algo parecido me pasa con tu mandíbula lampiña, tan París, tan no Nicaragua.
Dale, che, abrila. Mirá si perdés el gusto a fruta madura. ¿Te alcanzan tus ojos? Ya viste que los míos crecieron por el tiempo según Bioy. Cuando hablabas dijiste que querías ser Bioy. Lo hiciste con esa voz de audiolibro, la historia de siempre: gotas, escaleras, rounds y mañanitas. Si me apurás te digo que hace dos meses, en la terraza de la vieja galería de Defensa, tenías la raya del otro lado, a tu derecha, a mi izquierda. Si acerco las lupas que descansan bajo tuyo (cerca para que sigas el deterioro amarillo de las páginas de Poe) te contaría una, dos, más pecas de lo pensado. Será el sol de San Telmo por el que transpiraste como si te faltaran clavos y yerba. Nunca colocaría una cámara que siguiera tus movimientos cuando no estoy. Aunque me intriga cómo te quitaste el sudor de la frente sin que el ademán echara a volar tu nombre y el de la fotógrafa que tan juntos reposan sobre la solapa de tu lado derecho (izquierdo mío).
La pregunta en cuestión (¡redundante!) es qué hay más allá. El encuadre de la cámara y la guillotina de la imprenta no pueden cortarte los brazos. Tal vez la corbata, de nudo tan elegante, por cierto. ¿El resto del cuerpo? Vivimos en una casa de techos altos, tus piernas entran en las paredes, tus zapatos caben en las mesitas de luz. ¿Convenciste a tus amigos de disimularlo en pintura blanca? ¿Los cronopios salpicaron sin pincel y un esperanza compró aguarrás?
Te llamo a la reflexión. Se va haciendo tarde y cierra el bar de la esquina. La mesa del ventanal me espera con un café y, si no llega, un coñac. Mataré la espera pensando en lo de la otra noche, cuando apagué la luz para ahorrarte mi intimidad, ella se fue y yo me disponía a dormir. Antes, una tos. La radio hace rato que no funciona. El ruido venía de tu lado, que ahora es el mío, con la raya hacia la izquierda, preguntándome si te convido fuego, si el papel de la fotografía será de confianza.

martes, 3 de noviembre de 2009

Diario de viaje


(Por Hipotálamo)
Aquí estoy, echada como quien dice, asiento 30, ventanilla, todavía tibio, una pensionada, camisa rosa, 15 horas sin moverse. Pasamos los carteles de la panamericana, guardó las galletitas, la primera en bajarse. Después del último pasajero vino Rubén, me tiró un beso, alisó su delantal tan azul, tan él, se lamió el pulgar y sopló una frase: “hice 20 pesos, dale, aceptame una cerveza”. Este Rubén… se me tiraría encima si me viera así, con las piernas abiertas, el punto corrido de lycra, sin zapatos, la nube de talco. Es bueno Rubén, pero se piensa que una nació para mirarlo. Es maletero Rubén, bastante picaflor, o eso contó una compañera que se agarró con la de encomiendas. Tilingas. Héctor también es un divino, sobre todo cuando está sobrio. Si no maneja, me cabecea para que le acerque una medida de whisky; si está jodón, una copita de champán. El tema es que nunca es una medida ni una copita y a veces me manotea la falda. Lo dejo pasar y lo mando a dormir. Es compañero Héctor, una vez me defendió de los susurros de un guarango mayor, camisa crema, asiento 17, pasillo.
Cuando conseguí este trabajo (corrí a casa, qué felicidad) nunca imaginé un diario de viaje. Será que necesito salir de la rutina Retiro-Tucumán, Retiro-Salta o, dios me libre, Retiro-Jujuy. Si son los primeros días del mes, el coche se llena de comerciantes de ropa. Suben cansados, huelen a Once, cenan y roncan hasta mañana. Antes de arrancar, la bodega colapsa, Rubén se queda con la boca seca de propinas y alguna que otra prenda. Los fines de semana largos cambia la posición de los asientos: estudiantes santiagueños justo acá se despiertan y hablan sobre música de fm y se toman fotografías con el brazo extendido y se fijan inmediatamente si salieron bien y nunca salen bien y el que está sentado sobre el apoyabrazos vuelve a apretar el flash y hasta que la foto no sale bien, por favor, chicos, que necesito pasar. También están los de los miércoles, breve equipaje de mano (en la derecha), una foto (en la izquierda) y el sollozo porque era tan joven. Luego, por fin, vienen los que viajan sin que una sepa por qué, como él, um, a ver, quién sos, um, me acomodo las hebillas, repaso mi sonrisa, viene todo serio, despidió a la mamá, suegra, qué lindo el nene, voy a ofrecerle un caramelo, agito el bol, así me agarre uno de miel, quiero un beso de miel.
Con el tiempo aprendí que en un micro de larga distancia se potencia todo lo que pasa en un colectivo de Buenos Aires. Cuando corrí como sea que corro hasta la parada del 59, él me esperó que llegara y que subiera antes. Agitada, puse las monedas y oí cómo el chofer se burló de tanta caballerosidad. También pidió un boleto de 1,25, venía hacia mí, pero se sentó del otro lado del pasillo, una lástima.
Durante el viaje por Las Heras pensé en decirle gracias. Cuando doblamos tan fuerte por Santa Fe se me acercó como si tambaleara y yo me alejé como si tambaleara, volví a sentir su silueta cuando Suipacha se hizo Tacuarí y me aceleré del todo cuando bajamos en la esquina de Carlos Calvo. ¿Cuántas señales más hacían falta? Si yo no corría a contar la noticia se hubiera ido en esa ventana que me pasaba por delante. Nos subimos en el mismo lugar, él después del trabajo y el mail de último momento, yo después de la entrevista y un café con Mariano; el gesto tan amable, la cercanía de los asientos, el destino común; y el silencio cuando me agaché a limpiar la lengüeta limpia, se quedó a mi lado, lo miré, la luz se puso roja, y se me fue, chau, rumbo a la costanera.
Anoche, cuando dejó que le cortaran el pasaje, lo recibí bien peinada, sin sudor, de uniforme, ¿me habrá reconocido? Después del caramelo de bienvenida, confirmé que estaba al fondo del piso superior, butaca 26, individual. Con el tiempo también aprendí que quienes sacan un asiento individual son precavidos, solitarios, inseguros, soberbios y que, en una de esas, escriben por las noches sobre alguien que genere su atención. Antes de atenderlo, dejé que llamara a los amigos que ocuparon sus días o, dios me libre, balbucee las promesas de siempre a una ex futura ex.
El tonto de Héctor no sabe cómo funciona el dvd y tuve que sacarle el control remoto para callar al león que había empezado sin mi recepción. Como no quería que butaca 26 extrañara el avión, acomodé mi voz con un sopapo al caramelo de miel (quiero mi beso) y dije por micrófono: “buenas tardes, señores pasajeros (hola, butaca 26), este es el servicio suite premium de Transfer Line (es cama, cama, butaca 26), le damos la bienvenida a bordo del servicio con destino final a la ciudad de Buenos Aires (esperame ahí, otra vez), a sus costados tienen las salidas de emergencia (o rompé la ventana y saltemos). Mi nombre es Silvia (pero vos decime Sil) y soy su asistente de abordo, en un instante comenzaré el servicio (¿tres veces digo servicio?) de cena, recuerden que durante el mismo el baño permanecerá cerrado (pero tengo las llaves, bombón)”.
El celoso de Héctor no quiso mostrarme los datos del pasaje así que le diré señor. Tendremos la misma edad y el trato es ficticio. Si nos viéramos fuera de mi trabajo nos tutearíamos y no nos diríamos gracias cada vez que nos respondemos. Así que el señor se va a servir Sprite. Me gusta eso. Champagne en copa de plástico es champán, no combina. Elige una gaseosa que acompaña el gusto de las bandejas de comida. Se nota que tiene hambre (y pancita, pero apenas). De la entrada sólo dejó la lechuga y un dado de ciruela. Supongo que el plato caliente está vacío porque es tan considerado que después del último bocado puso la tapa de aluminio (como un techito, cree en el hogar, en la familia, qué hermoso), envolvió la bandeja en papel film y no se me derramó nada. Así que tanta amabilidad se lo merecía: me fui pisando los tacones, moviéndole mi cintura. Lo mismo hice en el desayuno, pero dormía, todo vestidito, sin las botas, cubierto por la frazada. Me gustó despertarlo, quiero hacerlo todas las mañanas, que sea lo primero que vea, ofreciéndole agua a esa boca sin beso, conmovida por el sueño, balbuceando a la señora de rosa si soy una continuidad onírica o qué.
Entrábamos a la panamericana, el viaje se terminaba. Algo debía hacer. No me importó que mi postura rígida, condición como imagen de la empresa, volviera a tambalear. A la hora del café, le ofrecí azúcar o edulcorante, me respondió café, café, se acaloró por la confusión, y me aclaró azúcar, azúcar. Su sonrisa nerviosa, el desvío de la mirada, todo me dio ganas de comerlo. Iba a tirármele encima pero sólo le pasé el perfume de mi escote con la excusa de retirar la frazada. Llegamos a Retiro y el señor, último pasajero en bajarse, buscó su equipaje. Iba a dejarle unas monedas a Rubén. El desubicado le reclamó un billete. El señor le preguntó para qué era. Rubén me señaló. Fue grande la decepción cuando diez pesos se arrugaron en la palma de Rubén, que venía para aquí, tirándome un beso, alisándose el delantal, tan azul, tan él.

viernes, 23 de octubre de 2009

La Negra

(Por Hipotálamo)
Mercedes no necesitaba más amigas. Apenas había tratado con dos vecinas recién mudada al barrio. Blanca y Esperanza le dieron la bienvenida con esa generosidad que nace de la rutina. En la cuadra no pasaban colectivos y los accidentes sólo llegaban por radio. Así resulta lógico que el arribo de Mercedes fuera el comentario común mientras se barrían las veredas de la mañana. Cuando la música de la escoba se apagaba, las vecinas cuchicheaban con nariz fruncida. No era bien visto que la vereda de Mercedes fuera un mar o un desierto de otoño según los humores del viento. De hecho, Blanca y Esperanza habían echado a correr el rumor de que la nueva fumaba tabaco negro y que una vez en la despensa su aliento se confundió con el del kerosene. Claro, al cabo de unas semanas, ya nadie las escuchaba y quedaron solas en la causa. Realmente habían sido gentiles desde el primer día, indicándole dónde conseguir telas de liquidación, cuándo afilar los cuchillos y qué botón de la camisa bastaba para un buen corte del carnicero. Mercedes agradeció la compañía pero cuando se ofrecieron a cuidar los niños, digo, por si necesitás ir al centro, querida, se metió puertas adentro, sin respuesta.
Pese a algunos incidentes vecinales, nadie podía afirmar que algo raro pasaba detrás de esa fachada. Si hubieran bajado el picaporte, sorteado el bargueño del comedor y doblado a la izquierda, sin pisar a Canela, hubieran entendido que Mercedes ya tenía una amiga, acostada sobre la repisa, entre frascos de legumbres. Era la Negra, una General Electric que le hacía compañía con la luz como única condición. Era la Negra, que comenzaba su día con los primeros mates y subía la voz hasta despertar a los niños con la misma copla de las siete. Ellos renegaban de las coplas, pero ni se les ocurría cuestionar a la Negra. Cama sin postre, bajar la ropa, pedicuría, quién sabe qué castigo les tocaría. En el fondo, sabían que su Mercedes vivía en esa cocina, rodeada de los aromas al oporto para el bizcochuelo, al vainillín para los barquitos de dulce de leche o al de la carne a punto si esa mañana había usado camisa. Pero era la música de la cocina la que confirmaba el aire de cada día. Después de las coplas, la Negra se movía hasta el informativo, donde el chico de la moto no había llevado casco, el precio de la leche generaba el escándalo, pero la inmediata chacarera cambiaba el humor y Mercedes silbaba el estribillo hasta ahogar el tintineo de la canilla abierta. Ese hilo de río inconstante siempre llamó la atención de los niños, quienes nunca sintieron las manos de Mercedes, vestidas en harina o lamidas por cebollas, abiertas de par en par como si esa madre que los recibía de la escuela fuera un mimo de jazz.
Esas manos ahora estaban entrecruzadas sobre el vientre de Mercedes. Ningún dial callaba el pésame de consuelo por una vida plena, con los niños ya grandes, él doctor, ella artista, unidos desde que las recetas y los turnos con el doctor Guerra fueron cosa de todos los días. Había resultado difícil reemplazar el vainillín por los barbitúricos o la canilla por el ascensor del geriátrico, pero lo complicado del adiós fue guardar en cajas los objetos que acompañaron a los niños hasta sus casamientos. Las botas de plástico con sorbete para el desayuno, los cuatro tomos del diccionario Códex, la bicicletita condenada a la mesa de luz, los vinilos de Yupanqui, la espátula del merengue, la Negra.
Hasta el momento, nada fuera de lo común había pasado. El aire cambió cuando el nieto de Mercedes viajó a despedirla. A la mañana siguiente del beso en la frente, comentó sus deseos de descubrir el mundo de la radio. Lejos de la familia, se sentía solo y los vecinos bien podrían ser los nietos de Blanca o Esperanza. Entonces no pareció una mala idea escuchar un poco de folklore los sábados a la mañana y otro tanto de fútbol los domingos a la tarde. Así fue que la Negra viajó en la misma caja junto a una pequeña biblioteca, un pullover, salames de Córdoba y quesos de cabra. Recién a la noche, volvió a encenderse. Como si el silencio hubiera guardado tanto, los primeros sonidos fueron ruidos. La antena no era el problema ni la rueda del dial, pese a que giraba como si volviera a aprenderse la ruta entre el 88 mhz y el 1600 khz.
Cuando la barra naranja del dial se clavó por la mitad empezaron las sospechas del nieto de Mercedes. El lamento que salía de la cantante se cortaba con la furia del bombo, se escuchaba el murmullo del público, una tos desde la tercera fila, y un silencio. Un silencio que no era de la grabación, simplemente la Negra que se apagaba antes de los aplausos. El nieto de Mercedes tomó la radio, subió el volumen, otra Mercedes ahora silbaba el estribillo, ahora otro silencio. La Negra fue sacudida como si fuera una cosa. Una lluvia de insectos mudos cayó a través del parlante. Según la intensidad del sacudón eran larvas como cabezas cobrizas de alfiler, cucarachas como semillas cubiertas en almíbar. El zócalo de pinotea comenzó a parecerse a un cementerio, sin cruces ni lápidas. El destornillador abrió a la Negra por primera vez desde su creación, hace siete décadas. Los tornillos se marearon por la salida a la luz. Cuando cayó el del cuarto vértice, se pobló el segundo zócalo. Al mirar dentro de la radio, el nieto de Mercedes descubrió la vida que se había formado ahí dentro. Todos descansaban con sus manos entrecruzadas, sobre el vientre. Los locutores de publicidad lo hacían en el compartimento de las pilas, los programadores entre los transistores, y los protagonistas del radioteatro en la ventana del dial, es decir, con la única vista de todo el aparato. El nieto de Mercedes desconocía algunas licencias de su abuela, tomó la escoba y disfrutó el barrido de esas voces que habían acompañado a su familia. Ese cementerio iba en pala hacia la bolsa de residuos cuando un caparazón se agitó con una voz conocida, era de una cantante que caía con las patas intactas, ágiles para bordear el plástico y huir de la cocina.
Luego de un baño largo, como los de un sábado a la mañana, el nieto de Mercedes probó la radio. Sonaba la última zamba, caía el telón, algunos ramos de violetas, pañuelos blancos, por fin los aplausos, el público de pie, excepto por esas dos mujeres en la tercera fila, sentadas, de nariz fruncida.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Me provoca un tilo


(Por Hipotálamo)
Lo confieso, tía: lo que usted encontró se conoce como lectura nocturna. Claro, tía, debajo de la cama, donde va lo que uno oculta. Tampoco exagere, tía, sólo es una colección de revistas. Herencia de Manuel, su viejo vecino, quien resultó un amante del otoño y de todo lo que oculte una hoja. Exótico nombre la publicación: Provocator tiliae, algo así como El tilo provocador. No, no hablo latín, tía, pero recuerdo algunas desinencias. Respecto de los cuerpos, qué quiere que le diga, tía, ilustran la idea, ojalá pudiera arrancarlos. Es más, algunas páginas están pegadas, pero baje el tono, tía, cuestiones del desuso. Qué sé yo si valen mucho. Ya se lo dije, me las pasó Manuel, preso del temblor de sus manos. Me contó que las conserva desde la cárcel, donde lo llamaban Jardinero. ¿Se acuerda de eso, tía? Al parecer, algunas fotos publicadas lo perjudicaron. El pobre conservaba cada ejemplar en su respectivo folio, mitad transparente, mitad amarillo. Vamos, tía, no se haga la tonta: contenido adulto, imágenes explícitas, polinización, una sección de servicios y esta lámina desplegable de Flora, la polen star de junio, sin saquito. Si no va a animarse a quitar el plástico, le cuento que aprendí mucho con esta nota sobre tallos, y mire qué producción sobre el río Tamur, el viento revuelto sobre Flora, y sus ocho bracitos salpicados de rocío.
En todo caso, antes de cuestionar tanto, tía, lleve la nariz hasta la cola del encuadernado. Ese aroma, perdón que se lo diga, me enseñó a romper el hervor. Ahora que me descubrió sabrá por qué rendí siete materias en diciembre, por qué dormía tanto, por qué Agosti anunció tiroides. Tía, si su regio doctor conociera a Manuel, hubiera cambiado mis costumbres. Después de cada tirón de lectura, con la yema húmeda y los párpados secos, soñaba con un colchón de hojas y no quería despertarme. Hasta que usted, tía querida, corrió a contratar una mucama, a Virginia, para que me quitara las legañas con té, mojando un pañuelo en el dedal de tilo que yo le dejaba la noche anterior. Pensar que la taza quedaba debajo de la cama, tan cerca de las revistas y yo, como un ciego, sin darme cuenta. Linda la misionera, con esa lengua de tierra colorada, generosa en los desayunos, habituada a mis gustos, a los del señor, pese al acné, con un poquito de limón, así, cómo toma todo, el señor. Y usted abajo, tía, en la confitería de la esquina, haciéndole una c al mozo, molesta porque no llegó su amiga, el cortadito de un sorbo, cóbreme, las escaleras a paso mudo, y la escena con Virginia, exprimiéndonos, sin bajar el tono, tía. Así que vamos, tía, no sea tan mala, ya que la dejó en la calle, le recomiendo que me devuelva las revistas. Y sáquese la idea de venderlas. No sea cosa que se entere Manuel, tía, y usted, grande ya para el desvelo en la cocina, no llegue a calentar el agua.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Juego de manos


(Por Hipotálamo; viejo y peludo, nomás)

Porque a mí me gustan las cosas claritas como el agua. Desde el ajedrez de parque Rivadavia hasta la pecera del living. Si el alfil no estaba ahí será asunto del rival. En esos casos me quito la suciedad de la trampa con un paño amarillo que remueva la explosión de la pomarola. Cuando las manos se blanquean de lavandina, abro la canilla. El ronroneo de la ducha empaña los primeros azulejos. Corrida la cortina de hule, la soberbia del torso centra el agua entre las tetillas. Se formó una cascada que olvidó los lengüetazos hacia las piernas, crispó la piel de los muslos y erizó la pelusa de las caderas. La ventana del calefón, como una jaula de gatos, parió azules. Basta mi vueltita de bailarina para que desaparezca la marca del jabón. Ya sin los relieves del estreno, esa extensión de la mano empieza a engordar de espuma sobre el pupo. El baño terminaría ahí si fuera como los de la mañana. Pero el vapor de la lluvia sin pausas prolonga la estadía en este cuarto de paso, donde surge la confusión por un cuerpo que no es el mío, por las pompas sobre pliegues olvidados, por las zonas sin nombre como sea que se llame detrás de las rodillas, o de otras desconocidas para el aseo como papada, codos, muñecas y dedos del pie.
Cuando terminó la sobremesa y se sorteó el lavado de platos, un chorro helado cortó el clímax del estribillo y aceleró los pasos para la mudanza en soledad. Se perdería el rumor familiar de la cena, pero la pluralidad del arroz permitiría el ahorro para los vinos que acepten las muchachas. Me gustaría que leyeran en los trenes, cargaran un discreto neceser y alabaran mi pulcritud. Ibamos bien con la compañera de trabajo, aunque sonó precoz al querer enjabonarme la espalda. Suspiré profundo al quitarle las botas. Había pocas luces, el libro abierto en el capítulo siete y un piano para confundir a los vecinos. La besé hasta ponerla en celo cuando agitó su nariz y estornudó. Frunció la cara, exploró mi cuerpo tibio aún y renegó del cuello de la camisa, de las uñas de las manos y de las aureolas. A mí, que me gustan las cosas claritas como el agua, me habían cambiado las costumbres de la higiene. Le expliqué que la boleta del agua me dejaba poco margen para perfumes, que ya bastante tiempo le había dedicado a la superficie en que se basa la primera vista, que hoy quería una novia para toda la vida, que en todo caso vuelva la semana que viene, en una de esas, quién le dice.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Cambio de nombre

(Por Hipotálamo)
Me llamo Alfredo Aráoz. ¿O me llamaba?
Unas noches atrás acomodé las copas de la mudanza, les quité el papel de diario y leí la noticia de pie de página: luego de 20 años echaban a la secretaria del Registro Civil de Tucumán, lugar donde yo nací. Las nuevas autoridades justificaban el séquese esas lágrimas, por favor, a través de un breve comunicado: reincidentes problemas en la salud de la señora Bazán, Blanca, habían afectado la recepción de datos en nacimientos y decesos.
Colgué los viejos sacos en el amplio placard, tiré las corbatas de los egresados, encimé las prendas de color marrón que seguiré sin usar, hasta que hice un llamado a la distancia. Mi abuela conocía a Blanquita, si es que se llamaba Blanquita, porque con esto quién te dice, Alfredito, que no haya sido genético, que además del cargo haya heredado la sordera tan disimulada por décadas, qué sabe una, Alfff, sí, claro, vos, Alfredo, Alfredito.
Durante el relato había vuelto a la cocina y terminé con toda la vajilla, pero bueno, abuela, qué sabe uno, viste cómo es el cambio de autoridades, está bien, calmate un poco, abuela, escuchame, no me escucha. Así que agarré el tubo por el auricular y le grité sobre el micrófono. Pero si yo no soy la sorda, alelí. Me curé de espanto desde que tu papá fue al Registro y se lo tragó la tierra. Pensamos que te había puesto su nombre como es costumbre. Pero ahora que esto sale a la luz, que recuerdo la carta del abandono…
Colgó mi abuela con besitos y promesas de dinero, que sí, me abrigo, que no, ni una me quiere, chau, chaucito. Adiós.
Abrí la última caja embalada, con papeles personales y los servicios del antiguo dos ambientes. Otras mudanzas se habían llevado la tapa a lunares del cuaderno de primer grado, se conservaban intactas las páginas del segundo trimestre, pero luego del hoy es lunes, día de sol, apenas distinguía las primeras letras del nombre y un garabato: Alf… Alf… Busqué hasta la paranoia los diplomas del bachiller en lenguas modernas y el de la tecnicatura en periodismo.
Salvo por el documento verde tapa dura, la ausencia de títulos de identidad y aquel silencio que terminó la conversación me llevaron de vuelta a la escuela. Mis compañeros se burlaban: hola, Alf; no hay problema, ¡Alf!; ¿sos tucumano, Alf? ¿no serás de Melmac, Alf? Por lo que respecta a los desconocidos mi nombre se perdía entre las fm de picnics y los valses de 15. Ellos nunca retenían mi instante de presentación, la única vez que abría la boca, y me bautizaban Alfonso.
El mejor amigo de mi padre se llamaba Alfonso. El doctor Alfonso Piedrabuena decidió la cesárea. ¿Por qué no figura mi domicilio en Palermo? ¿Quién aprendió a hablar en el barrio Don Bosco? Los servicios del antiguo dos ambientes figuraban a nombre del dueño. ¿Por qué no aceptaron el cambio de titularidad? Intenté crear una cuenta de mail seria y me resigné a aleli89@yahoo.com. Hubo ventajas como las intimaciones de pago. ¿Y si a la vecina que no le gustaba mi nombre le cuento todo?
Sea como sea, que el tiempo enfríe las cosas. Empiezo por poner a funcionar el calefón. Al firmar el contrato de alquiler obviaron cierta fuga de gas. Unas noches atrás acomodé las copas de la mudanza, les quité el papel de diario y leí la noticia de pie de página: joven de 20 años fallece por monóxido de carbono, en Palermo. El nombre me resultaba familiar. Llevaré rosas rojas, nunca están de más.

lunes, 27 de julio de 2009

A la cama con Fernando


(Por Hipotálamo)
A las seis y veinte de la tarde del tercer domingo del mes la cama extraña horrores a Fernando. Fue abandonada al mediodía, apenas reconstruida, con el apuro de quienes no salieron anoche y se visten y perfuman para que el fin de semana no sea tanto jogging, medias y diario, diario. La cama esperó que Fernando eligiera ese pantalón que luce cuando los amigos del golf se lo llevan a la Costanera, lejos, a una hora, para comenzar a chuparse como si el colchón tuviera un embudo y la goma espuma fuera de arena. La succión asustó a la almohada que saltó hasta quedar del lado frío, la sábana trepó desde abajo hasta la frazada y juntas generaron una comba en el cubrecama, un paréntesis tan logrado que daba la sensación de que la pierna derecha de Fernando descansaba en lugar de acompañar el swing contra el hoyo nueve.
Los sueños de la cama eran insoportables, sólo se hacían realidad cuando Fernando caía en mocos y sudor, con tres días de reposo y una pastilla cada ocho horas. Pero Fernando estaba tan contento con su golf que siguió de pie para preparar la merienda, se sentó para buscar departamentos, volvió a pararse para ir a comprar la cena y buscó el sillón para unas partidas de generala. Cuando se acordó de ser horizontal ya era de madrugada, giró la almohada (me vengaré, maldito), pateó el ángulo de la punta para quitarse las medias y, como si el colchón hubiera perdido peso, recién se durmió por un libro que esconde la fórmula del primer millón (secuela de Padre rico, padre pobre, Piedra roca, Podré ¿podré?) Luego de tres páginas, cerró los ojos con llave, apoyó la mano derecha sobre el pecho y dejó caer la mandíbula para dejarme oír de su boca los rumores del sueño, ronquidos pausados si pensaba en la novia o acelerados si se perdía otra vez en las liquidaciones de las tiendas San Juan. Cuando el locutor dio aviso de que aquel niño, Fernandito, cinco años, esperaba a su mamá en la administración y ella lo recuperaba en llanto, el pecho de este hombre, Fernando, veinticuatro, recuperó el zumbido.
Bajo el picaporte de la vigilia Fernando respira un mundo único que hierve desde debajo de su pelo hasta adentro de sus pies (ya sin medias). Si ahora lo miro es porque el insomnio me gobierna. No quiero asustarlo, pero cuando me acerco él cierra tanto sus ojos que la sien se le llena de pliegues y su boca se estira como si su remate hubiera besado el poste. Casi gol de San Lorenzo. Fernando desconoce que sólo yo veo esa imagen (y la de la pelota que pasó muy cerca). Hasta que camine con un espejo por delante, nunca sabrá cómo mira a una mujer, cuál pie pisa mejor, sol o sombra, tarareo o silbido, caca de perro o qué linda la mesita del balcón. Cuando esté dormido, tampoco será espectador de su cuerpo. Sólo basta que yo tome una navaja y le separe los párpados, despacito, con pañuelos de limón, para que no llores, hermano de mi alma.
A las ocho menos diez de la mañana del cuarto lunes del mes la cama volvió a sentir el abandono, Fernando sacó la llave, despegó la espalda y abrió el celular-alarma de música pop. Ya despierto, se lavaba los dientes y canturreaba el estribillo.

martes, 21 de julio de 2009

Flash


(Por Hipotálamo)
He decidido abrigarme sin ropa. Reniego de las pieles de la madre y de las corbatas del padre. Este viento siempre se cuela entre las mangas y altera el jopo de cenizas. La sesión de fotos está por empezar y cuando la vestuarista insiste si posaré así mis ojos le responden. La lente de la cámara irrita más mi mirada hasta pedir un cuarto intermedio para entrar a la óptica: no preciso más aumento, doctor, sólo engrose los marcos de carey.
Fiel a la copia masculina familiar, soy lampiño, lo cual es una ventaja con mujeres coquetas, pero una desgracia en estas decisiones de revista. Apenas un manojo de pelos cubre la quijada y otro tanto la mandíbula. Con el jopo revuelto queda bien, o al menos así me consuelan cuando pinto algo desalineado para el living. Mis problemas de pulso comenzaron cuando compré unos guantes de hule. El vendedor juró que el uso cotidiano los amoldaría al tamaño de mis nudillos, pero una vez llovió y los dejé cerca del horno.
Para probar mi valentía he decidido cambiar la bufanda de rombos escoceses por columnas de humo azul. Braman los pulmones, lo sé, doctor, pero cada pitada es calor. Ahora que lo pienso, nadie atiende a los fumadores sociales que giran en las esquinas, acostados bajo el baúl de los autos. Mientras cambiaban de rollo chocaron a un abogado y huyeron. Al juicio lo ganó desde la cama: bastó que comprobara las marcas del neumático. A mí, por lo pronto, no hay caucho que calme el crujir de los tobillos. Así que ando descalzo, despreocupado de los vidrios del fin de semana. En las pantorrillas la tinta negra de los tatuajes se convirtió en un cuero verdusco y la cara de mis padres quedó como la de mis abuelos.
Pasearse desnudo por las calles, por más que la medicina me ampare, no es tan cómodo como parece. Ni siquiera un amigo del Caribe me entiende. Por eso antes de completar mi decisión, les dediqué un tiempo a la zona de las caderas. ¿Hojas de parra? Confusiones bíblicas. ¿Polleras de cartón? Clases bajas. Pensé en cáscaras de alguna fruta. Será porque el recuerdo de una tía, acostada para que ceda el oxford, vuelve seguido con sus insultos a la celulitis o, como indica la tapa de la revista, a la piel de naranja. Claro que probé naranjas, algunas mandarinas, pocas veces un pomelo. Nada tienen que hacer contra un sorbo de coñac. Supe que faltaba un trago seco cuando me cubría ante cada disparo. Vencida la inhibición, llegó el policía. Simpático el hombre, escuchó mi historia. Comprendió quién era Luis Uzcategui, amigo de la familia, psiquiatra de profesión.